Septiembre del 2005. Por aquel entonces yo tenía 14 años y comenzaba 3º ESO. La verdad es que, en general, estaba muy contenta. Los alumnos habíamos sido recolocados y en mi clase estaban prácticamente todos mis amigos y los que, por desconocimiento, aún no lo eran no tardaron en serlo, convirtiéndose muchos de ellos en grandes pilares en el futuro. Sin embargo, no es eso por lo que recuerdo con cariño ese año. Para todo estudiante, cada año tiene un significado especial por algo, por alguien o, a veces, por ambos. En mi caso, fue por lo segundo. Recuerdo muchos profesores a lo largo de mi vida (en honor a la verdad, no puedo quejarme demasiado de los que he tenido) pero hay una que marcó un antes y un después: Feli, mi profesora de Lengua y Literatura.
Supongo que ahora estaréis pensando que yo era de esas que en clase se ponía en la primera fila y siempre, siempre, tenía la mano levantada dispuesta a responder cualquier pregunta que se le pusiera por delante. Pues no. Aquel año, mi sitio fue la tercera fila de la tercera columna, es decir, la más cercana a la puerta (no me preguntéis cómo lo recuerdo porque no lo sé, pero así fue) y, aunque ciertamente siempre he sido buena estudiante, no era tan enfermiza como Hermione Granger (o al menos yo no me veía así).
Pero bien, vamos al lío, ¿por qué marcó un antes y un después? En primer lugar porque de ahí surgió una amistad que todavía hoy, muchos años y muchas experiencias después, sigue completamente vigente. En segundo, porque fue la primera vez (o de las primeras) que llegue a amar una asignatura, entendiendo por amar el hecho de que estudiarla no resultaba una obligación, sino más bien todo lo contrario. En tercer lugar porque, complementando las bases y principios que yo ya recibía en casa, fue una profesora que me enseñó a pensar y a ser crítica con lo que me rodeaba, ¡ojo! no crítica en el sentido de "todo me parece mal", sino a saber filtrar cualquier tipo de información, viniese ésta de dónde o de quién viniese. En cuarto y último lugar porque, aunque hoy esté en 5º de Medicina (con todas las luces y todas las sombras que eso pueda conllevar), durante mucho tiempo, años incluso, consideré muy seriamente la idea de ser periodista, y de eso la única culpable es Feli. Culpable por mandarnos hacer una redacción al mes durante todo el curso (recuerdo que en la primera teníamos que hablar sobre 'Héroes', yo hablé de Bush hijo, como antihéroe, claro está, no os vayáis a pensar), por sembrar en mí la sed de la cultura y del arte, de la gramática y de la dialéctica, grandes olvidadas hoy en día. Por todo esto y mucho más, puedo decir también que ella es una de las culpables de que yo sea, hoy por hoy, tal y como soy.
Pero volvamos al presente. Al finalizar mi etapa en el instituto, la relación profesora-alumna se tornó en amistad, amistad que nosotras cuidamos, escribiéndonos periódicamente y viéndonos cuando nos es posible. Así pues, siguiendo con nuestro ritual, el otro día recibí un correo suyo. Contenía una invitación para la presentación de un libro, Las cien mejores poesías de amor de la lengua castellana de Juan Francisco Peña, así que allí que me he ido.
Los más suspicaces puede que os hayáis dado cuenta de un detalle: si la presentación ha sido hace 5 horas... ¿cómo es posible que te hayas leído ya el libro? ¡Bravo, avispado lector, bravo! Sí, vale, bien, estoy haciendo un poco de trampa pero, de los 100, os aseguro que he leído más de 2 y más de 3, y estoy segura de que vosotros también. Además, la poesía no es como la novela. Podríamos hablar de Jane Eyre, de La ladrona de libros o de Anna Karénina y todos contaríamos más o menos lo mismo, matiz arriba, matiz abajo, porque la narración (sustento fundamental de una novela), es objetiva. La poesía, no. No tendría sentido que me pusiera a desgranar cada poema, verso por verso, palabra por palabra, porque lo que para mí puede ser desgarrador, sensual o erótico para otra persona puede tener un significado completamente diferente y, por consiguiente, hacerle sentir algo totalmente distinto.
No, hoy no voy a hablaros del libro, ni de los sonetos que lo componen, ni de por qué el estilo de Garcilaso es radicalmente opuesto al de Gil de Biedma. No, todas esas cosas es mejor descubrirlas por uno mismo. Sí puedo hablaros, en cambio, del tema del que versa el libro: el amor.
No os penséis que voy a hacer una disertación empalagosa sobre el tema, en absoluto. Mi opinión sobre el amor es la misma que Nietzsche tenía sobre Dios (supongo que sabéis lo que él pensaba de Él, pero si no buscadlo, es interesante). El otro día una amiga, a la que quiero y aprecio muchísimo y que sin duda se reconocerá en estas palabras, me dijo que el único amor que seguía existiendo es el amor a tu descendencia, frase dura donde las haya.
Reconozco que todo esto puede sonar algo cínico, pero la vida te enseña a serlo, es un mecanismo de supervivencia como otro cualquiera (¿veis?, más cinismo).
Como estudiante de medicina podría hablaros del amor desde una vertiente puramente científica y explicaros cómo cuando vemos a la persona amada la adrenalina se desata, aumentando nuestra frecuencia cardíaca, nuestra tensión arterial y, en general, todo nuestro metabolismo. Pero no haré eso porque eso sería simplificar demasiado y muy fríamente las cosas y, en realidad, contra todo pronóstico, soy toda una romántica. No una romántica empedernida, entendámonos, ciertamente me he moderado, no se ve igual el amor con 15 que con 20, como imagino que no se ve igual con 30 que con 50, pero la verdad es que lo soy.
Me parece importante aclarar que cuando digo romántica no me refiero a ver el mundo bajo un manto imperturbable de color rosa, a vomitar arco iris o a buscar día a día a un pitufo montado a caballo, fundamentalmente porque esa idea (tristemente arraigada en nuestra memoria colectiva) de que la mujer necesita ser salvada también me aumenta la adrenalina, pero por motivos bien distintos. No. Creo en el amor sincero, en uno que no necesita palabrería para ser real, en uno que nos complemente y madure con el tiempo, en uno que nos haga libres.
Algunos estaréis pensando que más que romántica, lo que soy es ingenua y puede que tengáis razón pero, de momento, dejadme que os conteste con esta frase que Juan Francisco Peña me ha escrito como dedicatoria en su libro:
"Es vida perdida vivir sin amor"
Buenas noches y, con suerte, hasta dentro de unos días cuando quizá haya podido leer de verdad algún libro.

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