domingo, 26 de julio de 2015

Volver

Recuerdo mi primer día de instituto. Recuerdo haber tenido miedo: miedo por no conocer a nadie (suena a cliché pero, en mi caso, era completamente cierto), miedo por estar en un sitio nuevo y, encima, ¡un sitio tan enorme!, miedo por encajar... Miedo, a fin de cuentas. Poco a poco, y pese a que los primeros meses fueron algo duros, fui haciéndome un hueco, nunca fui capaz de saltar el potro o de entender el por qué de una integral, pero allí viví momentos verdaderamente especiales.
Recuerdo también la graduación de Bachiller. Nuevamente, y pese a conocerlo ya en su total plenitud, el instituto me pareció enorme, lo que más el patio, como si no tuviese fin...

Es curioso cómo funciona la mente humana. Cuando uno llega a un sitio por primera vez, quizá por desconocimiento, quizá por temor, le parece algo inmenso, inabarcable incluso. Todo le sorprende, todo le llama la atención, de todo saca una enseñanza. Sin embargo, lo verdaderamente llamativo es lo que ocurre al volver.

Volví a mi instituto el 17 de abril. No como alumna, lógicamente, sino para dar una charla, pero el caso es que volví. Y fue muy extraño. Lo que en su momento me había parecido enorme, ahora se me antojaba minúsculo, como si alguien hubiese reducido todo el espacio al mínimo. Los pasillos, los edificios, las clases, parecían ahora mucho más pequeños que ayer... ¿Por qué? No lo sé, quizá era porque ya no los recorría como alumna, porque ya no eran un reto al que enfrentarse o porque ya formaban parte de mí.

Quizá es que en la vida cada momento es un pequeño laberinto, difícil de solventar al principio, pero fácil una vez tienes el ovillo adecuado...

martes, 14 de abril de 2015

Decisiones: El principio del fin.

Llegados a este punto, y antes de cerrar definitivamente esta etapa, resulta lógico hacer balance. Balance de todo. De las decisiones que se tomaron y de las que, en consecuencia, para bien o para mal, se dejaron de tomar; de las cosas que se dijeron y de las que no, de las que se deberían haber dicho y de las que nunca debieron decirse; de las cosas hechas, de las que nunca se hicieron y de las que te gustaría haber hecho.

Hace 6 años estaba terminando 2º de bachiller, me preparaba para el que, hasta ese momento, sería el estudio más intenso de mi vida y decidía qué quería hacer con ésta. En honor a la verdad, la decisión la tomé bastante antes de empezar bachillerato, pero supongo que en 2º es cuando se cierra el trato. En 6º de Primaria me volví loca por la Historia (todavía me gusta, de hecho), pero eso, por aquel entonces, no tenía demasiadas salidas, así que lo descarté. Hoy en día, el argumento habría tenido que ser otro, pues ese está bastante obsoleto, ya que nada tiene hoy salida, al menos no una segura. Durante los primeros años de la ESO, en especial en 3º, soñé con el Periodismo, con escribir en algún periódico, con contar la verdad... Supongo que eso formaba parte de mi por entonces perenne ingenuidad. En 4º de la ESO tuve el primer punto de inflexión en mi vida. Sabía que me gustaba escribir y, modestia aparte, sabía que no se me daba mal, sin embargo, "la llamada" vino de otra parte, de una que nadie imaginaba, las ciencias. No obstante, ya se sabe que la Medicina es la más humana de las ciencias y la más científica de las humanidades, así que digamos que fue la perfecta combinación.

Paralelamente, por aquel entonces yo estaba en 3º de Grado Medio de violín. Aquí en España la música no se considera ni una carrera ni una profesión pero, para que os hagáis una idea, es la carrera más larga, son 14 de años de formación y yo iba por el 7º. Me gustaba tocar, sabía que no podría ganarme la vida con ello (no porque aquí no sea algo importante, que también, sino porque no era excelente), pero me gustaba. De hecho, me gustaba mucho. Hasta el momento en que dejó de gustarme. 2º de bachiller (5º de Grado Medio) fue un curso duro, requirió por mi parte un gran esfuerzo puesto que necesitaba sacar una nota lo suficientemente alta como para tener un "colchón" para Selectividad, así que, necesariamente, tenía menos tiempo para tocar lo cual, obviamente, repercutió en mi técnica. Las discusiones con mi profesor eran diarias, hasta el punto en el que me di cuenta que, en aquellos meses, pisar el Conservatorio, se había convertido en un suplicio para mí, algo que había dejado de llenarme, así que lo dejé. Lo dejé en 5º, a un año de terminar el Grado Medio, grado que te permite enseñar música en colegios y academias.

Esta decisión, si bien drástica y dramática, fue la correcta. A pesar de seguir gustándome la música en general y el violín en particular, pude tener más tiempo, tiempo que destiné a tener la (buena) nota que me permitiera acceder a Medicina. Viéndolo con la perspectiva que dan los años, creo que podría haberlo hecho de otra forma, que podría haber terminado el Grado Medio, pero, como he dicho antes, las decisiones no son sólo los caminos que tomas sino los que dejas de tomar. Entrar en Medicina fue una de las decisiones más importantes de mi vida (al menos de momento), considero que no me equivoqué, es una carrera fantástica que me ha regalado grandes momentos. Saber que lo que estudias, en un futuro, servirá para ayudar a alguien puede sonar muy naive, pero también es muy motivador y, aunque es algo que puede hacer que te aumente notablemente el ego, la verdad es que aún estoy por descubrir una sensación más gratificante que la mirada de agradecimiento en los ojos de alguien.

En cualquier caso, si empezase hoy de nuevo la carrera, me la plantearía de una forma distinta, tanto en lo académico, como en lo personal. Sobre todo en esto último. Como yo ya suponía desde el instituto, la universidad no es esa maravilla que te pintan en clase, en la sociedad ni, por supuesto, en las películas. Ni siquiera es ese sitio donde "todo es más fácil porque ya sólo estudias lo que te gusta". No. La universidad es un sitio donde la mayoría de los profesores pasarán de ti y no se sabrán ni tu apellido, otros te amargarán bastante la vida y unos pocos, los menos, te enseñarán algo decente y productivo. 
En cuanto a los compañeros de clase, esos con los que compartirás aire, horas y espacio, tampoco cumplen esa famosa premisa de ser los mejores amigos que harás en la vida; la gente sigue siendo igual de hipócrita, falsa y ruin que la que habías conocido previamente. Sí concedo, pero no a la universidad per sé, sino a la madurez que se supone que adquieres en ella (habitualmente, a base de tortas), que es el momento en el que te das cuenta de quiénes son tus amigos, suena a cliché, pero es así. Poco a poco, vas siendo consciente de pequeños y sutiles detalles que antes significan poco o, incluso, pasaban desapercibidos y que ahora te distancian irremediablemente de muchas personas; eso sí, también te acercan a otras y, aunque éstas sean bastante menos, sabes que son las necesarias. Recuerdo con qué facilidad y ligereza utilizaba antes la palabra amigo (sobre todo en la ESO) y con qué frecuencia utilizo ahora la de conocido o, en su defecto, compañero de clase. Supongo que todo es un aprendizaje.

En definitiva, y teniendo siempre en cuenta que el balance ha sido positivo puesto que no sólo estudié lo que elegí sino que, en unos meses, cuando realice el MIR, podré dedicarme a la especialidad que verdaderamente me gusta, una de las cosas que he aprendido en estos 6 años es que, en contra de lo que parecen inculcarnos desde el principio, la universidad no es la meta, sino el medio para lograr un fin. De hecho, ninguna de las cosas que hacemos en la vida deberían considerarse metas como tal, sino puentes que nos permitan, una y otra vez, alcanzar nuestro destino, uno que nos haga felices, uno que nos haga ser quienes somos. Por eso, esta entrada, este (atípico) balance no es el fin, sino El Principio del Fin.

domingo, 8 de marzo de 2015

Mujercitas.

Louisa May Alcott, nacida en noviembre de 1832, fue una prolífica escritora estadounidense conocida fundamentalmente por el éxito de su novela Mujercitas, publicada en 1868. En su momento, supuso una auténtica revolución, tanto en la literatura en general como en la norteamericana en particular, puesto que rompió con los cánones del comportamiento femenino de la época. Aún así, no hay que pensar que vamos a encontrarnos con unos personajes radicalmente distintos de lo esperado ya que, aunque algunas situaciones sí son novedosas, otras no consiguen escapar del tinte moralizador que toda obra (más si estaba protagonizada por mujeres) debía tener.

Alcott fue educada por naturalistas durante su infancia, algo que queda claramente reflejado no sólo en esta novela sino en el resto de su obra; sin embargo, el grueso de su formación se lo debemos a su padre, el trascendentalista Amos B. Alcott. Tanto es así que, durante su adolescencia, la autora compartió los ideales trascendentalistas de su familia.

La obra, sobre todo la primera parte, se desarrolla con la Guerra Secesión Americana como telón de fondo. En ella se enfrentaron los estados del Norte ("La Unión"), liderados por Abraham Lincoln, contra los Estados Confederados ("La Confederación"), integrados por once estados del Sur que proclamaron su independencia. En realidad, lo que se estaba produciendo era una lucha entre dos tipos de economías totalmente opuestas: una industrial-abolicionista (la del Norte) y otra agraria-esclavista (la del Sur). La contienda acabó en abril de 1865 con la victoria de La Unión, si bien Lincoln sería asesinado pocos días después.

Esta guerra es importante en el desarrollo de la novela en la medida que también lo fue para su autora, puesto que fue enfermera en el hospital unionista de Georgetown, Washington, durante varias semanas.


Mujercitas se divide en dos partes: Meg, Jo, Beth y Amy (Little Women en la versión original), relato autobiográfico de su niñez junto a sus hermanas en Concord, Massachusetts, y Aquellas mujercitas (Good wives), que transcurre cuatro años después, llevando a sus protagonistas a la vida adulta y a sus respectivos matrimonios.

Meg, Jo, Beth y Amy March, las cuatro hermanas protagonistas, viven con su madre (apodada cariñosamente Marmee) y con Hannah, la criada de la familia, en Concord, esperando la llegada de su padre de la Guerra, donde sirve como capellán en el Ejército de la Unión. Pese a ser bastante pobres y tener que trabajar de sol a sol para poder comer, son felices y siempre encuentran la forma de divertirse y entretenerse: Meg yendo a fiestas, Jo escribiendo, Beth tocando el piano, Amy pintando y, todas juntas, fingiendo ser caballeros en el exclusivo Club Pickwick.
En una casa cercana, casi una mansión, viven el señor Laurence y su apuesto nieto Laurie. Desde que se conozcan, entre los Laurence y los March surgirá una amistad y unión indestructible que será la base para muchos de los acontecimientos narrados en la novela.
Cuando el señor March enferma, Marmee no duda en trasladarse a Washington para cuidar de él, repartiendo entre sus hijas distintas tareas. Así, Beth será la encargada de visitar a los Hummell, una familia alemana muy pobre, cuyo bebé acabará muriendo de escarlatina. A consecuencia de esto, Beth contraerá también la enfermedad.
Es importante mencionar también al señor Brooke, tutor del joven Laurence, por la relevancia que irá adquiriendo según avance la trama, y a la tía March, hermana del señor March y protectora de Amy.

Cuatro años después, finalizada la Guerra, con el señor March ya en casa y Beth recuperada, tendrá lugar la boda de Meg y John Brooke, algo que entristecerá mucho a Jo, no sólo por "perder" a una hermana, sino por su inconformismo con las convenciones sociales. Aun sabiendo esto, Laurie (enamorado de ella desde prácticamente su primer encuentro) no tardará en declararse y proponerle matrimonio. La negativa de Jo será un punto de inflexión, puesto que supondrá su marcha a Nueva York. Allí, trabajando en una casa de huéspedes como institutriz, conocerá a Friedrich Bhaer, un profesor universitario berlinés que sobrevive como puede dando clases de alemán. Pese a la diferencia de edad, pronto se harán buenos amigos. El profesor Bhaer supondrá un apoyo muy importante para Jo, no sólo en lo personal, sino también en lo profesional puesto que, gracias a él, dejará de escribir folletines absurdos para convertirse en una escritora seria. Al llegar el verano, Jo vuelve a casa, encontrando a una muy desmejorada Beth que, desgraciadamente, no tardará en morir a causa de las secuelas de la escarlatina.
Mientras tanto, Meg y John se han convertido en padres de dos mellizos, Daisy y Demi, y Amy se ha ido a Europa a perfeccionar su pintura. Durante su estancia en Niza coincidirá con Laurie; la alegría inicial del reencuentro se verá empañada cuando Amy compruebe que Laurie, a consecuencia del dolor por el rechazo, se ha convertido en un auténtico holgazán. Con un discurso mordaz, fuerte y maduro, conseguirá enderezarle, haciendo no sólo que vuelva a ser el de antes sino que se enamore perdidamente de ella. Finalmente, Laurie y Amy contraerán matrimonio en París.
Reunidos todos de nuevo en Concord, hará su aparición el profesor Bhaer quien, como toda la familia sospecha, ha ido hasta allí para pedirle a Jo que se case con él. Por supuesto, ella acepta, convirtiéndose así en Jo Bhaer.

El capítulo final, escrito a modo de pseudoepílogo, nos traslada a la vida de los personajes cinco años después de la boda de Jo. Ella y Friedrich son padres de dos niños, Rob y Teddy, y han creado el Jardín de Infancia Bhaer, donde acogen y dan clase a todos los niños cuyos padres no puedan costear su educación; Amy y Laurie han tenido una niña, Beth, tan guapa como su madre, pero tan débil como su tía; Meg y John siguen viendo crecer a sus mellizos; y el señor y la señora March se han convertido en dos orgullosos padres y abuelos.


Antes de pasar a desgranar la personalidad y el estilo de las cuatro hermanas, es importante comentar que Mujercitas cita de manera casi constante la novela El progreso del peregrino de John Bunyan. En ella, su protagonista, Cristiano, irá recorriendo un camino que le llevará desde la Ciudad de la Destrucción hasta la Ciudad Celestial. Dicho camino servirá para que Cristiano mejore como persona y supere sus defectos. Esta novela es citada en tanto en cuanto la señora March desea que sus hijas dejen atrás sus tachas (vanidad, rebeldía, timidez y egoísmo, respectivamente) para convertirse en mejores personas.

- Margaret: Meg es la mayor de las cuatro. Con 16 años, es guapa, educada y responsable, todo lo que una mujer de la época debería ser, parece perfecta. Sin embargo, también es vanidosa y frívola, de hecho, no sabría decir cuál de los dos adjetivos la define mejor. Meg recuerda cómo cuando ella era pequeña los March eran todavía una de las mejores familias de Concord, y es incapaz de dejar de envidiar a sus amigas, por ejemplo, las hermanas Belle y Sally Gardiner, por los fabulosos vestidos, bordados y tocados que lucen en comparación con los que lleva ella.
En varias ocasiones, Meg trata de librarse de su soberbia pero lo cierto es que hasta bien pasada la segunda parte, no vemos un verdadero cambio. Al casarse con Brooke, alguien casi tan pobre como ella, suponemos que ya ha dejado atrás esa vena vanidosa, no obstante, en sus primeros meses de casada, aun sin tener demasiado dinero como para despilfarrar, antepone sus caprichos a sus necesidades. No será hasta el nacimiento de sus hijos cuando, de verdad, llegue a su Ciudad Celestial.

- Josephine: Jo, el personaje por el cual tantas mujeres, desde Simone de Beauvoir hasta Joyce Carol Oates, se han convertido en escritoras. Pues bien, habiendo leído la obra me ha decepcionado que no sea tan rebelde como yo había imaginado. Decidí leer esta novela porque la versión cinematográfica de 1994, pese a lo ligeramente melodramático de la cinta, es una de mis películas favoritas, de esas de sofá, manta y palomitas, de esas cuyos diálogos te sabes casi de memoria. Pensé que si en la adaptación Jo era tan fuerte, valiente, aventurera y decidida, en la novela tenía que serlo mucho más. Pues no, al menos no tanto como yo deseaba. Evidentemente, de las cuatro es la más inconformista, claro, pero porque como suele decirse "en el país de los ciegos, el tuerto es el rey".
Durante toda la primera parte de la novela, Jo ve su rebeldía con los ojos de los demás, como un defecto, casi como una mancha, y trata por todos los medios de convertirse en una señorita, en el peor de los sentidos. Aprende a cocinar, pese a que los resultados no sean nada satisfactorios, a coser, a bordar, a ser una buena ama de casa y a morderse la lengua y no decir necesariamente lo que opina. En resumidas cuentas, trata de no ser quien realmente es.
En la segunda parte, pese a comportarse más como quien sí es, escribiendo y viviendo la vida que quiere vivir, sigue patente ese didactismo (rancio) que rezuma en toda la novela, por el cual una mujer sólo puede ser feliz si cumple las normas, es decir, si se casa ("[...] tal vez si [Laurie] hubiese insistido le habría aceptado, no porque le ame, sino porque ahora valoro más el ser amada").

- Elizabeth: Beth, la dulce y abnegada Beth. Durante toda la novela nos taladran con la idea de que es tímida, lo cual no sólo es visto como un defecto, sino en sí mismo como algo que está mal. La realidad es que ni es tan tímida como nos hacen creer, ni la timidez es algo tan indeseable. Es verdad que Beth tarda bastante en tener la suficiente confianza con alguien como para interaccionar con él, sin embargo, no es menos cierto que "su defecto" se ve enmascarado por su bondad ya que, en los momentos de necesidad (por ejemplo, cuando el bebé de los Hummell enferma), ni siquiera su intensa timidez la impiden ayudar a todo el mundo.
Además, trasladándonos ahora a nuestra época, ser muy extrovertido está sobrevalorado. Todos conocemos a una persona (o quizá más) que siempre tienen que ser el centro de atención, estar en todas las salsas y, por qué no, ser trendic topic. Por eso, desde aquí, rompo una lanza en favor de la timidez que, a veces, es simplemente prudencia mal entendida.

- Amy: es la menor de las cuatro hermanas, la más guapa y la que, en contra de lo que uno pueda pensar a priori, más y hacia mejor cambia. Al principio, Amy es una niña bastante simple, egoísta y pedante. La impertinencia que aprende de las niñas de su colegio unida a los mimos con los que todos la tratan, hacen de ella un personaje bastante irrisorio. Afortunadamente, poco a poco irá transformándose en alguien de provecho, en alguien que merece la pena, incluso hasta el punto de ayudar y ser buena con personas que no lo han sido con ella.
Gracias al mecenazgo de la tía March, irá a Europa a aprender pintura y mejorar su técnica artística. Una vez allí, observando el genio de Miguel Ángel, se da cuenta de que, aunque le guste pintar, jamás podrá llegar a tener ese talento, por lo que decide dedicar su vida a otras tareas.
Al casarse con Laurie, se convierte en una mujer rica; sin embargo, sabiendo que tienen más dinero del que necesitan para vivir, deciden utilizarlo para que las jóvenes con talento artístico pero sin fortuna puedan desarrollarlo.


Como siempre, paso a comentar brevemente las versiones cinematográficas más conocidas:

- 1933: película dirigida por George Cukor y protagonizada por Katharine Hepburn en el papel de Jo, se llevó el Oscar al Mejor Guión Adaptado.
- 1949: película dirigida por Mervyn LeRoy y protagonizada por June Allyson, Janet Leigh, Elizabeth Taylor, Margaret O'Brien, Mary Astor y Peter Lawford. Pese a que hay escenas que, literalmente, están copiadas palabra por palabra, es una versión bastante edulcorada y muy poco creíble. Mención aparte (por lo mala) merece la interpretación de Rossano Brazzi como profesor Bhaer.
- 1994: película dirigida por Gillian Armstrong y protagonizada por Winona Ryder, Trini Alvarado, Kirsten Dunst, Samantha Mathis, Claire Danes, Susan Sarandon, Christian Bale y Gabriel Byrne. Como ya he dicho antes, es una de mis películas favoritas y, pese a no ser completamente fiel, me parece, con mucho, la mejor versión.