El lunes por la noche vi una película titulada "
Mi mejor amigo" (esta imagen es un fotograma de dicha película). Por si acaso alguno ha reconocido a los actores protagonistas, sí, es una película francesa. Desde aquí, por cierto, quiero defender el cine francés ya que cuenta con una sensibilidad, sencillez y ternura que pocas veces se ven en el cine actual.
Pero vayamos a lo que vamos. Esta película habla, en un tono tragicómico, de un asunto increíblemente importante: la
amistad.
François, un marchante de arte, busca (con bastante desesperación) a alguien que, de la noche a la mañana, se convierta en su mejor amigo para así ganar una apuesta que ha hecho con su socia,
Catherine. Durante el proceso conoce a un simpático taxista llamado
Bruno, quien le ayudará a parecer más simpático y agradable ante los demás para conseguir así hacer amigos fácilmente.
Curiosamente, en el desarrollo de la película el espectador observa cómo François y Bruno se van haciendo buenos amigos.
Como en toda historia, claro, debe haber un nudo y en el film éste está representado por una traición que François acomete contra Bruno.
Sin querer revelar qué y cómo se llega al desenlace de la película, sí diré que el final resulta simpático, agradable, feliz.
Al terminar de verla, además de recordar una de las últimas entradas de
Carlos, tuve un momento de reflexión: Las películas, claro, siempre pretenden sacarnos una sonrisa cuanto más ancha mejor y consiguen hacernos creer y soñar con cosas que, en la vida real, serían bastante difíciles de lograr (Titanic es una de mis películas favoritas pero, ¿realmente en abril de 1912 el mundo era ya tan liberal como para que una diferencia de clase tan acusada no fuese barrera para el amor de Jack y Rose? Lo dudo mucho.).
Al ver la película, la traición de François a Bruno te duele en lo más profundo del alma porque el personaje de Bruno se hace querer desde las primeras escenas.
Entonces desperté de mi reflexión, volví a la vida real y me sentí como Bruno (creo que no hace falta escribir la palabra traicionada, ya saben, suena muy fuerte), con la diferencia, claro, de que yo no soy actriz, ni protagonizo ninguna película (por más que, como ya relaté en su día, viviese un momento "Trumaniano").
Y, de repente, en la oscuridad de mi habitación, tumbada en mi cama, empecé a reírme: acababa de recordar a los buitres de El Libro de la Selva (¡qué gran película!) y su canción.
"Amistaaaaaaad, amistaaaaad, amistad es lo principaaaaal"