Hace 6 años estaba terminando 2º de bachiller, me preparaba para el que, hasta ese momento, sería el estudio más intenso de mi vida y decidía qué quería hacer con ésta. En honor a la verdad, la decisión la tomé bastante antes de empezar bachillerato, pero supongo que en 2º es cuando se cierra el trato. En 6º de Primaria me volví loca por la Historia (todavía me gusta, de hecho), pero eso, por aquel entonces, no tenía demasiadas salidas, así que lo descarté. Hoy en día, el argumento habría tenido que ser otro, pues ese está bastante obsoleto, ya que nada tiene hoy salida, al menos no una segura. Durante los primeros años de la ESO, en especial en 3º, soñé con el Periodismo, con escribir en algún periódico, con contar la verdad... Supongo que eso formaba parte de mi por entonces perenne ingenuidad. En 4º de la ESO tuve el primer punto de inflexión en mi vida. Sabía que me gustaba escribir y, modestia aparte, sabía que no se me daba mal, sin embargo, "la llamada" vino de otra parte, de una que nadie imaginaba, las ciencias. No obstante, ya se sabe que la Medicina es la más humana de las ciencias y la más científica de las humanidades, así que digamos que fue la perfecta combinación.
Paralelamente, por aquel entonces yo estaba en 3º de Grado Medio de violín. Aquí en España la música no se considera ni una carrera ni una profesión pero, para que os hagáis una idea, es la carrera más larga, son 14 de años de formación y yo iba por el 7º. Me gustaba tocar, sabía que no podría ganarme la vida con ello (no porque aquí no sea algo importante, que también, sino porque no era excelente), pero me gustaba. De hecho, me gustaba mucho. Hasta el momento en que dejó de gustarme. 2º de bachiller (5º de Grado Medio) fue un curso duro, requirió por mi parte un gran esfuerzo puesto que necesitaba sacar una nota lo suficientemente alta como para tener un "colchón" para Selectividad, así que, necesariamente, tenía menos tiempo para tocar lo cual, obviamente, repercutió en mi técnica. Las discusiones con mi profesor eran diarias, hasta el punto en el que me di cuenta que, en aquellos meses, pisar el Conservatorio, se había convertido en un suplicio para mí, algo que había dejado de llenarme, así que lo dejé. Lo dejé en 5º, a un año de terminar el Grado Medio, grado que te permite enseñar música en colegios y academias.
Esta decisión, si bien drástica y dramática, fue la correcta. A pesar de seguir gustándome la música en general y el violín en particular, pude tener más tiempo, tiempo que destiné a tener la (buena) nota que me permitiera acceder a Medicina. Viéndolo con la perspectiva que dan los años, creo que podría haberlo hecho de otra forma, que podría haber terminado el Grado Medio, pero, como he dicho antes, las decisiones no son sólo los caminos que tomas sino los que dejas de tomar. Entrar en Medicina fue una de las decisiones más importantes de mi vida (al menos de momento), considero que no me equivoqué, es una carrera fantástica que me ha regalado grandes momentos. Saber que lo que estudias, en un futuro, servirá para ayudar a alguien puede sonar muy naive, pero también es muy motivador y, aunque es algo que puede hacer que te aumente notablemente el ego, la verdad es que aún estoy por descubrir una sensación más gratificante que la mirada de agradecimiento en los ojos de alguien.
En cualquier caso, si empezase hoy de nuevo la carrera, me la plantearía de una forma distinta, tanto en lo académico, como en lo personal. Sobre todo en esto último. Como yo ya suponía desde el instituto, la universidad no es esa maravilla que te pintan en clase, en la sociedad ni, por supuesto, en las películas. Ni siquiera es ese sitio donde "todo es más fácil porque ya sólo estudias lo que te gusta". No. La universidad es un sitio donde la mayoría de los profesores pasarán de ti y no se sabrán ni tu apellido, otros te amargarán bastante la vida y unos pocos, los menos, te enseñarán algo decente y productivo.
En cuanto a los compañeros de clase, esos con los que compartirás aire, horas y espacio, tampoco cumplen esa famosa premisa de ser los mejores amigos que harás en la vida; la gente sigue siendo igual de hipócrita, falsa y ruin que la que habías conocido previamente. Sí concedo, pero no a la universidad per sé, sino a la madurez que se supone que adquieres en ella (habitualmente, a base de tortas), que es el momento en el que te das cuenta de quiénes son tus amigos, suena a cliché, pero es así. Poco a poco, vas siendo consciente de pequeños y sutiles detalles que antes significan poco o, incluso, pasaban desapercibidos y que ahora te distancian irremediablemente de muchas personas; eso sí, también te acercan a otras y, aunque éstas sean bastante menos, sabes que son las necesarias. Recuerdo con qué facilidad y ligereza utilizaba antes la palabra amigo (sobre todo en la ESO) y con qué frecuencia utilizo ahora la de conocido o, en su defecto, compañero de clase. Supongo que todo es un aprendizaje.
En definitiva, y teniendo siempre en cuenta que el balance ha sido positivo puesto que no sólo estudié lo que elegí sino que, en unos meses, cuando realice el MIR, podré dedicarme a la especialidad que verdaderamente me gusta, una de las cosas que he aprendido en estos 6 años es que, en contra de lo que parecen inculcarnos desde el principio, la universidad no es la meta, sino el medio para lograr un fin. De hecho, ninguna de las cosas que hacemos en la vida deberían considerarse metas como tal, sino puentes que nos permitan, una y otra vez, alcanzar nuestro destino, uno que nos haga felices, uno que nos haga ser quienes somos. Por eso, esta entrada, este (atípico) balance no es el fin, sino El Principio del Fin.