Me encantan los puzzles. Siempre me han gustado. Tengo dos empezados: Las Meninas (un regalo para mi madre, forofa de este cuadro) y La última cena, de Leonardo. Este último es un regalo para mí, para la casa, para los ojos en definitiva.
Siempre que hago uno me sorprende la perfecta armonía que, finalmente, logras ver al unir toda esa marabunta de piezas. En cierto modo es como la vida, pequeños fragmentos de color, de luz, de sombra, de sonrisas y lágrimas que acaban convergiendo en una única imagen: TÚ.
Recuerdo como de pequeña (cuando hacía puzzles de La Cenicienta o Blancanieves, mal que le pese a Bibiana Aído) mi madre se extrañaba cuando yo decía esta pieza va aquí. Recuerdo también como ella preguntaba ¿cómo lo sabes? A lo que yo - perdonad la presunción - le respondía no lo sé, pero va ahí...
Pensándolo desde una perspectiva adulta, me parece evidente (por mucho que muchas personas lo consideren motivo de burla) que la memoria visual jugaba un papel muy determinante en mi respuesta.
Pero ahora, en este mismo instante, me ha venido a la mente una explicación mucho más matemática, aunque no por ello menos artística. La verdad es que tengo que reconocer (aún a riesgo de parecer cateta) que no me gustan excesivamente los números, me parece un mundo completamente abstracto para el cual mi mente no está aún preparada. Sin embargo, desde hace años hay un número que ronda mi cabeza: 1,61803398874989484820458683..., el número aureo.
La primera vez que oí hablar de este número no fue en una clase de números irracionales del instituto, como cabría esperar, sino en el Conservatorio.
Las clases de armonía me resultaban amenas, no tanto por la materia impartida sino por los compañeros que tenía (unos máquinas en casi todos los sentidos).
Ese día nos tocó analizar una sonata de Mozart (siento no poder decir con exactitud cuál, sería muy ilustrativo). Recuerdo como Sonia nos pidió que cada uno intentase averiguar el punto culminante de la obra. No era algo excesivamente difícil: tres páginas de sonata; tónica, dominante, tónica.
Como sin duda ella había previsto de antemano, todos acertamos. La sorpresa vino después, cuando observamos como esa nota (puede que fuera un Sol), la nota culminante de la sonata, se regía por las leyes del número aureo. Recuerdo mi cara. Me pareció asombroso.
Sin embargo, aún quedaba otra sorpresa más (ahora los que nos anticipamos fuimos nosotros): Mozart fue un adelantado en muchas cosas pero parecía evidente que no era casualidad que ese Sol estuviese donde estaba, por lo que lo lógico era pensar que no había sido el único compositor que había realizado tal hazaña. Beethoven, Chopin, Haendel, Haydn, todos los Grandes Maestros habían sucumbido a las matemáticas...
Yo adoro la música y más la clásica pero si hay alguien en la historia que merezca ser reconocido como (permitidme la osadía) "Gran Maestre", ese es Leonardo. ¿Qué decir de su Hombre de Vitruvio? Es algo que no puede explicarse, simplemente se ve, se palpa, se disfruta...
Esto nos lleva de nuevo y a modo de conclusión a mi primera divagación: el por qué de mi respuesta.
Quizá sea esa: quizá los puzzles sean pequeñas imágenes en las que, como en la vida en la que todo (la cara, el fémur respecto al cuerpo, el tamaño del corazón respecto al mediastino), todo, se base en proporciones perfectas representadas por el perfecto y misterioso número aureo.
Pd: Anónimo, gracias por tus palabras =)