Recuerdo mi primer día de instituto. Recuerdo haber tenido miedo: miedo por no conocer a nadie (suena a cliché pero, en mi caso, era completamente cierto), miedo por estar en un sitio nuevo y, encima, ¡un sitio tan enorme!, miedo por encajar... Miedo, a fin de cuentas. Poco a poco, y pese a que los primeros meses fueron algo duros, fui haciéndome un hueco, nunca fui capaz de saltar el potro o de entender el por qué de una integral, pero allí viví momentos verdaderamente especiales.
Recuerdo también la graduación de Bachiller. Nuevamente, y pese a conocerlo ya en su total plenitud, el instituto me pareció enorme, lo que más el patio, como si no tuviese fin...
Es curioso cómo funciona la mente humana. Cuando uno llega a un sitio por primera vez, quizá por desconocimiento, quizá por temor, le parece algo inmenso, inabarcable incluso. Todo le sorprende, todo le llama la atención, de todo saca una enseñanza. Sin embargo, lo verdaderamente llamativo es lo que ocurre al volver.
Volví a mi instituto el 17 de abril. No como alumna, lógicamente, sino para dar una charla, pero el caso es que volví. Y fue muy extraño. Lo que en su momento me había parecido enorme, ahora se me antojaba minúsculo, como si alguien hubiese reducido todo el espacio al mínimo. Los pasillos, los edificios, las clases, parecían ahora mucho más pequeños que ayer... ¿Por qué? No lo sé, quizá era porque ya no los recorría como alumna, porque ya no eran un reto al que enfrentarse o porque ya formaban parte de mí.
Quizá es que en la vida cada momento es un pequeño laberinto, difícil de solventar al principio, pero fácil una vez tienes el ovillo adecuado...
Vivita y coleando
domingo, 26 de julio de 2015
martes, 14 de abril de 2015
Decisiones: El principio del fin.
Llegados a este punto, y antes de cerrar definitivamente esta etapa, resulta lógico hacer balance. Balance de todo. De las decisiones que se tomaron y de las que, en consecuencia, para bien o para mal, se dejaron de tomar; de las cosas que se dijeron y de las que no, de las que se deberían haber dicho y de las que nunca debieron decirse; de las cosas hechas, de las que nunca se hicieron y de las que te gustaría haber hecho.
Hace 6 años estaba terminando 2º de bachiller, me preparaba para el que, hasta ese momento, sería el estudio más intenso de mi vida y decidía qué quería hacer con ésta. En honor a la verdad, la decisión la tomé bastante antes de empezar bachillerato, pero supongo que en 2º es cuando se cierra el trato. En 6º de Primaria me volví loca por la Historia (todavía me gusta, de hecho), pero eso, por aquel entonces, no tenía demasiadas salidas, así que lo descarté. Hoy en día, el argumento habría tenido que ser otro, pues ese está bastante obsoleto, ya que nada tiene hoy salida, al menos no una segura. Durante los primeros años de la ESO, en especial en 3º, soñé con el Periodismo, con escribir en algún periódico, con contar la verdad... Supongo que eso formaba parte de mi por entonces perenne ingenuidad. En 4º de la ESO tuve el primer punto de inflexión en mi vida. Sabía que me gustaba escribir y, modestia aparte, sabía que no se me daba mal, sin embargo, "la llamada" vino de otra parte, de una que nadie imaginaba, las ciencias. No obstante, ya se sabe que la Medicina es la más humana de las ciencias y la más científica de las humanidades, así que digamos que fue la perfecta combinación.
Paralelamente, por aquel entonces yo estaba en 3º de Grado Medio de violín. Aquí en España la música no se considera ni una carrera ni una profesión pero, para que os hagáis una idea, es la carrera más larga, son 14 de años de formación y yo iba por el 7º. Me gustaba tocar, sabía que no podría ganarme la vida con ello (no porque aquí no sea algo importante, que también, sino porque no era excelente), pero me gustaba. De hecho, me gustaba mucho. Hasta el momento en que dejó de gustarme. 2º de bachiller (5º de Grado Medio) fue un curso duro, requirió por mi parte un gran esfuerzo puesto que necesitaba sacar una nota lo suficientemente alta como para tener un "colchón" para Selectividad, así que, necesariamente, tenía menos tiempo para tocar lo cual, obviamente, repercutió en mi técnica. Las discusiones con mi profesor eran diarias, hasta el punto en el que me di cuenta que, en aquellos meses, pisar el Conservatorio, se había convertido en un suplicio para mí, algo que había dejado de llenarme, así que lo dejé. Lo dejé en 5º, a un año de terminar el Grado Medio, grado que te permite enseñar música en colegios y academias.
Esta decisión, si bien drástica y dramática, fue la correcta. A pesar de seguir gustándome la música en general y el violín en particular, pude tener más tiempo, tiempo que destiné a tener la (buena) nota que me permitiera acceder a Medicina. Viéndolo con la perspectiva que dan los años, creo que podría haberlo hecho de otra forma, que podría haber terminado el Grado Medio, pero, como he dicho antes, las decisiones no son sólo los caminos que tomas sino los que dejas de tomar. Entrar en Medicina fue una de las decisiones más importantes de mi vida (al menos de momento), considero que no me equivoqué, es una carrera fantástica que me ha regalado grandes momentos. Saber que lo que estudias, en un futuro, servirá para ayudar a alguien puede sonar muy naive, pero también es muy motivador y, aunque es algo que puede hacer que te aumente notablemente el ego, la verdad es que aún estoy por descubrir una sensación más gratificante que la mirada de agradecimiento en los ojos de alguien.
En cualquier caso, si empezase hoy de nuevo la carrera, me la plantearía de una forma distinta, tanto en lo académico, como en lo personal. Sobre todo en esto último. Como yo ya suponía desde el instituto, la universidad no es esa maravilla que te pintan en clase, en la sociedad ni, por supuesto, en las películas. Ni siquiera es ese sitio donde "todo es más fácil porque ya sólo estudias lo que te gusta". No. La universidad es un sitio donde la mayoría de los profesores pasarán de ti y no se sabrán ni tu apellido, otros te amargarán bastante la vida y unos pocos, los menos, te enseñarán algo decente y productivo.
En cuanto a los compañeros de clase, esos con los que compartirás aire, horas y espacio, tampoco cumplen esa famosa premisa de ser los mejores amigos que harás en la vida; la gente sigue siendo igual de hipócrita, falsa y ruin que la que habías conocido previamente. Sí concedo, pero no a la universidad per sé, sino a la madurez que se supone que adquieres en ella (habitualmente, a base de tortas), que es el momento en el que te das cuenta de quiénes son tus amigos, suena a cliché, pero es así. Poco a poco, vas siendo consciente de pequeños y sutiles detalles que antes significan poco o, incluso, pasaban desapercibidos y que ahora te distancian irremediablemente de muchas personas; eso sí, también te acercan a otras y, aunque éstas sean bastante menos, sabes que son las necesarias. Recuerdo con qué facilidad y ligereza utilizaba antes la palabra amigo (sobre todo en la ESO) y con qué frecuencia utilizo ahora la de conocido o, en su defecto, compañero de clase. Supongo que todo es un aprendizaje.
En definitiva, y teniendo siempre en cuenta que el balance ha sido positivo puesto que no sólo estudié lo que elegí sino que, en unos meses, cuando realice el MIR, podré dedicarme a la especialidad que verdaderamente me gusta, una de las cosas que he aprendido en estos 6 años es que, en contra de lo que parecen inculcarnos desde el principio, la universidad no es la meta, sino el medio para lograr un fin. De hecho, ninguna de las cosas que hacemos en la vida deberían considerarse metas como tal, sino puentes que nos permitan, una y otra vez, alcanzar nuestro destino, uno que nos haga felices, uno que nos haga ser quienes somos. Por eso, esta entrada, este (atípico) balance no es el fin, sino El Principio del Fin.
domingo, 8 de marzo de 2015
Mujercitas.
Louisa May Alcott, nacida en noviembre de 1832, fue una prolífica escritora estadounidense conocida fundamentalmente por el éxito de su novela Mujercitas, publicada en 1868. En su momento, supuso una auténtica revolución, tanto en la literatura en general como en la norteamericana en particular, puesto que rompió con los cánones del comportamiento femenino de la época. Aún así, no hay que pensar que vamos a encontrarnos con unos personajes radicalmente distintos de lo esperado ya que, aunque algunas situaciones sí son novedosas, otras no consiguen escapar del tinte moralizador que toda obra (más si estaba protagonizada por mujeres) debía tener.
Alcott fue educada por naturalistas durante su infancia, algo que queda claramente reflejado no sólo en esta novela sino en el resto de su obra; sin embargo, el grueso de su formación se lo debemos a su padre, el trascendentalista Amos B. Alcott. Tanto es así que, durante su adolescencia, la autora compartió los ideales trascendentalistas de su familia.
La obra, sobre todo la primera parte, se desarrolla con la Guerra Secesión Americana como telón de fondo. En ella se enfrentaron los estados del Norte ("La Unión"), liderados por Abraham Lincoln, contra los Estados Confederados ("La Confederación"), integrados por once estados del Sur que proclamaron su independencia. En realidad, lo que se estaba produciendo era una lucha entre dos tipos de economías totalmente opuestas: una industrial-abolicionista (la del Norte) y otra agraria-esclavista (la del Sur). La contienda acabó en abril de 1865 con la victoria de La Unión, si bien Lincoln sería asesinado pocos días después.
Esta guerra es importante en el desarrollo de la novela en la medida que también lo fue para su autora, puesto que fue enfermera en el hospital unionista de Georgetown, Washington, durante varias semanas.
Mujercitas se divide en dos partes: Meg, Jo, Beth y Amy (Little Women en la versión original), relato autobiográfico de su niñez junto a sus hermanas en Concord, Massachusetts, y Aquellas mujercitas (Good wives), que transcurre cuatro años después, llevando a sus protagonistas a la vida adulta y a sus respectivos matrimonios.
Meg, Jo, Beth y Amy March, las cuatro hermanas protagonistas, viven con su madre (apodada cariñosamente Marmee) y con Hannah, la criada de la familia, en Concord, esperando la llegada de su padre de la Guerra, donde sirve como capellán en el Ejército de la Unión. Pese a ser bastante pobres y tener que trabajar de sol a sol para poder comer, son felices y siempre encuentran la forma de divertirse y entretenerse: Meg yendo a fiestas, Jo escribiendo, Beth tocando el piano, Amy pintando y, todas juntas, fingiendo ser caballeros en el exclusivo Club Pickwick.
En una casa cercana, casi una mansión, viven el señor Laurence y su apuesto nieto Laurie. Desde que se conozcan, entre los Laurence y los March surgirá una amistad y unión indestructible que será la base para muchos de los acontecimientos narrados en la novela.
Cuando el señor March enferma, Marmee no duda en trasladarse a Washington para cuidar de él, repartiendo entre sus hijas distintas tareas. Así, Beth será la encargada de visitar a los Hummell, una familia alemana muy pobre, cuyo bebé acabará muriendo de escarlatina. A consecuencia de esto, Beth contraerá también la enfermedad.
Es importante mencionar también al señor Brooke, tutor del joven Laurence, por la relevancia que irá adquiriendo según avance la trama, y a la tía March, hermana del señor March y protectora de Amy.
Cuatro años después, finalizada la Guerra, con el señor March ya en casa y Beth recuperada, tendrá lugar la boda de Meg y John Brooke, algo que entristecerá mucho a Jo, no sólo por "perder" a una hermana, sino por su inconformismo con las convenciones sociales. Aun sabiendo esto, Laurie (enamorado de ella desde prácticamente su primer encuentro) no tardará en declararse y proponerle matrimonio. La negativa de Jo será un punto de inflexión, puesto que supondrá su marcha a Nueva York. Allí, trabajando en una casa de huéspedes como institutriz, conocerá a Friedrich Bhaer, un profesor universitario berlinés que sobrevive como puede dando clases de alemán. Pese a la diferencia de edad, pronto se harán buenos amigos. El profesor Bhaer supondrá un apoyo muy importante para Jo, no sólo en lo personal, sino también en lo profesional puesto que, gracias a él, dejará de escribir folletines absurdos para convertirse en una escritora seria. Al llegar el verano, Jo vuelve a casa, encontrando a una muy desmejorada Beth que, desgraciadamente, no tardará en morir a causa de las secuelas de la escarlatina.
Mientras tanto, Meg y John se han convertido en padres de dos mellizos, Daisy y Demi, y Amy se ha ido a Europa a perfeccionar su pintura. Durante su estancia en Niza coincidirá con Laurie; la alegría inicial del reencuentro se verá empañada cuando Amy compruebe que Laurie, a consecuencia del dolor por el rechazo, se ha convertido en un auténtico holgazán. Con un discurso mordaz, fuerte y maduro, conseguirá enderezarle, haciendo no sólo que vuelva a ser el de antes sino que se enamore perdidamente de ella. Finalmente, Laurie y Amy contraerán matrimonio en París.
Reunidos todos de nuevo en Concord, hará su aparición el profesor Bhaer quien, como toda la familia sospecha, ha ido hasta allí para pedirle a Jo que se case con él. Por supuesto, ella acepta, convirtiéndose así en Jo Bhaer.
El capítulo final, escrito a modo de pseudoepílogo, nos traslada a la vida de los personajes cinco años después de la boda de Jo. Ella y Friedrich son padres de dos niños, Rob y Teddy, y han creado el Jardín de Infancia Bhaer, donde acogen y dan clase a todos los niños cuyos padres no puedan costear su educación; Amy y Laurie han tenido una niña, Beth, tan guapa como su madre, pero tan débil como su tía; Meg y John siguen viendo crecer a sus mellizos; y el señor y la señora March se han convertido en dos orgullosos padres y abuelos.
Antes de pasar a desgranar la personalidad y el estilo de las cuatro hermanas, es importante comentar que Mujercitas cita de manera casi constante la novela El progreso del peregrino de John Bunyan. En ella, su protagonista, Cristiano, irá recorriendo un camino que le llevará desde la Ciudad de la Destrucción hasta la Ciudad Celestial. Dicho camino servirá para que Cristiano mejore como persona y supere sus defectos. Esta novela es citada en tanto en cuanto la señora March desea que sus hijas dejen atrás sus tachas (vanidad, rebeldía, timidez y egoísmo, respectivamente) para convertirse en mejores personas.
- Margaret: Meg es la mayor de las cuatro. Con 16 años, es guapa, educada y responsable, todo lo que una mujer de la época debería ser, parece perfecta. Sin embargo, también es vanidosa y frívola, de hecho, no sabría decir cuál de los dos adjetivos la define mejor. Meg recuerda cómo cuando ella era pequeña los March eran todavía una de las mejores familias de Concord, y es incapaz de dejar de envidiar a sus amigas, por ejemplo, las hermanas Belle y Sally Gardiner, por los fabulosos vestidos, bordados y tocados que lucen en comparación con los que lleva ella.
En varias ocasiones, Meg trata de librarse de su soberbia pero lo cierto es que hasta bien pasada la segunda parte, no vemos un verdadero cambio. Al casarse con Brooke, alguien casi tan pobre como ella, suponemos que ya ha dejado atrás esa vena vanidosa, no obstante, en sus primeros meses de casada, aun sin tener demasiado dinero como para despilfarrar, antepone sus caprichos a sus necesidades. No será hasta el nacimiento de sus hijos cuando, de verdad, llegue a su Ciudad Celestial.
- Josephine: Jo, el personaje por el cual tantas mujeres, desde Simone de Beauvoir hasta Joyce Carol Oates, se han convertido en escritoras. Pues bien, habiendo leído la obra me ha decepcionado que no sea tan rebelde como yo había imaginado. Decidí leer esta novela porque la versión cinematográfica de 1994, pese a lo ligeramente melodramático de la cinta, es una de mis películas favoritas, de esas de sofá, manta y palomitas, de esas cuyos diálogos te sabes casi de memoria. Pensé que si en la adaptación Jo era tan fuerte, valiente, aventurera y decidida, en la novela tenía que serlo mucho más. Pues no, al menos no tanto como yo deseaba. Evidentemente, de las cuatro es la más inconformista, claro, pero porque como suele decirse "en el país de los ciegos, el tuerto es el rey".
Durante toda la primera parte de la novela, Jo ve su rebeldía con los ojos de los demás, como un defecto, casi como una mancha, y trata por todos los medios de convertirse en una señorita, en el peor de los sentidos. Aprende a cocinar, pese a que los resultados no sean nada satisfactorios, a coser, a bordar, a ser una buena ama de casa y a morderse la lengua y no decir necesariamente lo que opina. En resumidas cuentas, trata de no ser quien realmente es.
En la segunda parte, pese a comportarse más como quien sí es, escribiendo y viviendo la vida que quiere vivir, sigue patente ese didactismo (rancio) que rezuma en toda la novela, por el cual una mujer sólo puede ser feliz si cumple las normas, es decir, si se casa ("[...] tal vez si [Laurie] hubiese insistido le habría aceptado, no porque le ame, sino porque ahora valoro más el ser amada").
- Elizabeth: Beth, la dulce y abnegada Beth. Durante toda la novela nos taladran con la idea de que es tímida, lo cual no sólo es visto como un defecto, sino en sí mismo como algo que está mal. La realidad es que ni es tan tímida como nos hacen creer, ni la timidez es algo tan indeseable. Es verdad que Beth tarda bastante en tener la suficiente confianza con alguien como para interaccionar con él, sin embargo, no es menos cierto que "su defecto" se ve enmascarado por su bondad ya que, en los momentos de necesidad (por ejemplo, cuando el bebé de los Hummell enferma), ni siquiera su intensa timidez la impiden ayudar a todo el mundo.
Además, trasladándonos ahora a nuestra época, ser muy extrovertido está sobrevalorado. Todos conocemos a una persona (o quizá más) que siempre tienen que ser el centro de atención, estar en todas las salsas y, por qué no, ser trendic topic. Por eso, desde aquí, rompo una lanza en favor de la timidez que, a veces, es simplemente prudencia mal entendida.
- Amy: es la menor de las cuatro hermanas, la más guapa y la que, en contra de lo que uno pueda pensar a priori, más y hacia mejor cambia. Al principio, Amy es una niña bastante simple, egoísta y pedante. La impertinencia que aprende de las niñas de su colegio unida a los mimos con los que todos la tratan, hacen de ella un personaje bastante irrisorio. Afortunadamente, poco a poco irá transformándose en alguien de provecho, en alguien que merece la pena, incluso hasta el punto de ayudar y ser buena con personas que no lo han sido con ella.
Gracias al mecenazgo de la tía March, irá a Europa a aprender pintura y mejorar su técnica artística. Una vez allí, observando el genio de Miguel Ángel, se da cuenta de que, aunque le guste pintar, jamás podrá llegar a tener ese talento, por lo que decide dedicar su vida a otras tareas.
Al casarse con Laurie, se convierte en una mujer rica; sin embargo, sabiendo que tienen más dinero del que necesitan para vivir, deciden utilizarlo para que las jóvenes con talento artístico pero sin fortuna puedan desarrollarlo.
Como siempre, paso a comentar brevemente las versiones cinematográficas más conocidas:
- 1933: película dirigida por George Cukor y protagonizada por Katharine Hepburn en el papel de Jo, se llevó el Oscar al Mejor Guión Adaptado.
- 1949: película dirigida por Mervyn LeRoy y protagonizada por June Allyson, Janet Leigh, Elizabeth Taylor, Margaret O'Brien, Mary Astor y Peter Lawford. Pese a que hay escenas que, literalmente, están copiadas palabra por palabra, es una versión bastante edulcorada y muy poco creíble. Mención aparte (por lo mala) merece la interpretación de Rossano Brazzi como profesor Bhaer.
- 1994: película dirigida por Gillian Armstrong y protagonizada por Winona Ryder, Trini Alvarado, Kirsten Dunst, Samantha Mathis, Claire Danes, Susan Sarandon, Christian Bale y Gabriel Byrne. Como ya he dicho antes, es una de mis películas favoritas y, pese a no ser completamente fiel, me parece, con mucho, la mejor versión.
Alcott fue educada por naturalistas durante su infancia, algo que queda claramente reflejado no sólo en esta novela sino en el resto de su obra; sin embargo, el grueso de su formación se lo debemos a su padre, el trascendentalista Amos B. Alcott. Tanto es así que, durante su adolescencia, la autora compartió los ideales trascendentalistas de su familia.
La obra, sobre todo la primera parte, se desarrolla con la Guerra Secesión Americana como telón de fondo. En ella se enfrentaron los estados del Norte ("La Unión"), liderados por Abraham Lincoln, contra los Estados Confederados ("La Confederación"), integrados por once estados del Sur que proclamaron su independencia. En realidad, lo que se estaba produciendo era una lucha entre dos tipos de economías totalmente opuestas: una industrial-abolicionista (la del Norte) y otra agraria-esclavista (la del Sur). La contienda acabó en abril de 1865 con la victoria de La Unión, si bien Lincoln sería asesinado pocos días después.
Esta guerra es importante en el desarrollo de la novela en la medida que también lo fue para su autora, puesto que fue enfermera en el hospital unionista de Georgetown, Washington, durante varias semanas.
Mujercitas se divide en dos partes: Meg, Jo, Beth y Amy (Little Women en la versión original), relato autobiográfico de su niñez junto a sus hermanas en Concord, Massachusetts, y Aquellas mujercitas (Good wives), que transcurre cuatro años después, llevando a sus protagonistas a la vida adulta y a sus respectivos matrimonios.
Meg, Jo, Beth y Amy March, las cuatro hermanas protagonistas, viven con su madre (apodada cariñosamente Marmee) y con Hannah, la criada de la familia, en Concord, esperando la llegada de su padre de la Guerra, donde sirve como capellán en el Ejército de la Unión. Pese a ser bastante pobres y tener que trabajar de sol a sol para poder comer, son felices y siempre encuentran la forma de divertirse y entretenerse: Meg yendo a fiestas, Jo escribiendo, Beth tocando el piano, Amy pintando y, todas juntas, fingiendo ser caballeros en el exclusivo Club Pickwick.
En una casa cercana, casi una mansión, viven el señor Laurence y su apuesto nieto Laurie. Desde que se conozcan, entre los Laurence y los March surgirá una amistad y unión indestructible que será la base para muchos de los acontecimientos narrados en la novela.
Cuando el señor March enferma, Marmee no duda en trasladarse a Washington para cuidar de él, repartiendo entre sus hijas distintas tareas. Así, Beth será la encargada de visitar a los Hummell, una familia alemana muy pobre, cuyo bebé acabará muriendo de escarlatina. A consecuencia de esto, Beth contraerá también la enfermedad.
Es importante mencionar también al señor Brooke, tutor del joven Laurence, por la relevancia que irá adquiriendo según avance la trama, y a la tía March, hermana del señor March y protectora de Amy.
Cuatro años después, finalizada la Guerra, con el señor March ya en casa y Beth recuperada, tendrá lugar la boda de Meg y John Brooke, algo que entristecerá mucho a Jo, no sólo por "perder" a una hermana, sino por su inconformismo con las convenciones sociales. Aun sabiendo esto, Laurie (enamorado de ella desde prácticamente su primer encuentro) no tardará en declararse y proponerle matrimonio. La negativa de Jo será un punto de inflexión, puesto que supondrá su marcha a Nueva York. Allí, trabajando en una casa de huéspedes como institutriz, conocerá a Friedrich Bhaer, un profesor universitario berlinés que sobrevive como puede dando clases de alemán. Pese a la diferencia de edad, pronto se harán buenos amigos. El profesor Bhaer supondrá un apoyo muy importante para Jo, no sólo en lo personal, sino también en lo profesional puesto que, gracias a él, dejará de escribir folletines absurdos para convertirse en una escritora seria. Al llegar el verano, Jo vuelve a casa, encontrando a una muy desmejorada Beth que, desgraciadamente, no tardará en morir a causa de las secuelas de la escarlatina.
Mientras tanto, Meg y John se han convertido en padres de dos mellizos, Daisy y Demi, y Amy se ha ido a Europa a perfeccionar su pintura. Durante su estancia en Niza coincidirá con Laurie; la alegría inicial del reencuentro se verá empañada cuando Amy compruebe que Laurie, a consecuencia del dolor por el rechazo, se ha convertido en un auténtico holgazán. Con un discurso mordaz, fuerte y maduro, conseguirá enderezarle, haciendo no sólo que vuelva a ser el de antes sino que se enamore perdidamente de ella. Finalmente, Laurie y Amy contraerán matrimonio en París.
Reunidos todos de nuevo en Concord, hará su aparición el profesor Bhaer quien, como toda la familia sospecha, ha ido hasta allí para pedirle a Jo que se case con él. Por supuesto, ella acepta, convirtiéndose así en Jo Bhaer.
El capítulo final, escrito a modo de pseudoepílogo, nos traslada a la vida de los personajes cinco años después de la boda de Jo. Ella y Friedrich son padres de dos niños, Rob y Teddy, y han creado el Jardín de Infancia Bhaer, donde acogen y dan clase a todos los niños cuyos padres no puedan costear su educación; Amy y Laurie han tenido una niña, Beth, tan guapa como su madre, pero tan débil como su tía; Meg y John siguen viendo crecer a sus mellizos; y el señor y la señora March se han convertido en dos orgullosos padres y abuelos.
Antes de pasar a desgranar la personalidad y el estilo de las cuatro hermanas, es importante comentar que Mujercitas cita de manera casi constante la novela El progreso del peregrino de John Bunyan. En ella, su protagonista, Cristiano, irá recorriendo un camino que le llevará desde la Ciudad de la Destrucción hasta la Ciudad Celestial. Dicho camino servirá para que Cristiano mejore como persona y supere sus defectos. Esta novela es citada en tanto en cuanto la señora March desea que sus hijas dejen atrás sus tachas (vanidad, rebeldía, timidez y egoísmo, respectivamente) para convertirse en mejores personas.
- Margaret: Meg es la mayor de las cuatro. Con 16 años, es guapa, educada y responsable, todo lo que una mujer de la época debería ser, parece perfecta. Sin embargo, también es vanidosa y frívola, de hecho, no sabría decir cuál de los dos adjetivos la define mejor. Meg recuerda cómo cuando ella era pequeña los March eran todavía una de las mejores familias de Concord, y es incapaz de dejar de envidiar a sus amigas, por ejemplo, las hermanas Belle y Sally Gardiner, por los fabulosos vestidos, bordados y tocados que lucen en comparación con los que lleva ella.
En varias ocasiones, Meg trata de librarse de su soberbia pero lo cierto es que hasta bien pasada la segunda parte, no vemos un verdadero cambio. Al casarse con Brooke, alguien casi tan pobre como ella, suponemos que ya ha dejado atrás esa vena vanidosa, no obstante, en sus primeros meses de casada, aun sin tener demasiado dinero como para despilfarrar, antepone sus caprichos a sus necesidades. No será hasta el nacimiento de sus hijos cuando, de verdad, llegue a su Ciudad Celestial.
- Josephine: Jo, el personaje por el cual tantas mujeres, desde Simone de Beauvoir hasta Joyce Carol Oates, se han convertido en escritoras. Pues bien, habiendo leído la obra me ha decepcionado que no sea tan rebelde como yo había imaginado. Decidí leer esta novela porque la versión cinematográfica de 1994, pese a lo ligeramente melodramático de la cinta, es una de mis películas favoritas, de esas de sofá, manta y palomitas, de esas cuyos diálogos te sabes casi de memoria. Pensé que si en la adaptación Jo era tan fuerte, valiente, aventurera y decidida, en la novela tenía que serlo mucho más. Pues no, al menos no tanto como yo deseaba. Evidentemente, de las cuatro es la más inconformista, claro, pero porque como suele decirse "en el país de los ciegos, el tuerto es el rey".
Durante toda la primera parte de la novela, Jo ve su rebeldía con los ojos de los demás, como un defecto, casi como una mancha, y trata por todos los medios de convertirse en una señorita, en el peor de los sentidos. Aprende a cocinar, pese a que los resultados no sean nada satisfactorios, a coser, a bordar, a ser una buena ama de casa y a morderse la lengua y no decir necesariamente lo que opina. En resumidas cuentas, trata de no ser quien realmente es.
En la segunda parte, pese a comportarse más como quien sí es, escribiendo y viviendo la vida que quiere vivir, sigue patente ese didactismo (rancio) que rezuma en toda la novela, por el cual una mujer sólo puede ser feliz si cumple las normas, es decir, si se casa ("[...] tal vez si [Laurie] hubiese insistido le habría aceptado, no porque le ame, sino porque ahora valoro más el ser amada").
- Elizabeth: Beth, la dulce y abnegada Beth. Durante toda la novela nos taladran con la idea de que es tímida, lo cual no sólo es visto como un defecto, sino en sí mismo como algo que está mal. La realidad es que ni es tan tímida como nos hacen creer, ni la timidez es algo tan indeseable. Es verdad que Beth tarda bastante en tener la suficiente confianza con alguien como para interaccionar con él, sin embargo, no es menos cierto que "su defecto" se ve enmascarado por su bondad ya que, en los momentos de necesidad (por ejemplo, cuando el bebé de los Hummell enferma), ni siquiera su intensa timidez la impiden ayudar a todo el mundo.
Además, trasladándonos ahora a nuestra época, ser muy extrovertido está sobrevalorado. Todos conocemos a una persona (o quizá más) que siempre tienen que ser el centro de atención, estar en todas las salsas y, por qué no, ser trendic topic. Por eso, desde aquí, rompo una lanza en favor de la timidez que, a veces, es simplemente prudencia mal entendida.
- Amy: es la menor de las cuatro hermanas, la más guapa y la que, en contra de lo que uno pueda pensar a priori, más y hacia mejor cambia. Al principio, Amy es una niña bastante simple, egoísta y pedante. La impertinencia que aprende de las niñas de su colegio unida a los mimos con los que todos la tratan, hacen de ella un personaje bastante irrisorio. Afortunadamente, poco a poco irá transformándose en alguien de provecho, en alguien que merece la pena, incluso hasta el punto de ayudar y ser buena con personas que no lo han sido con ella.
Gracias al mecenazgo de la tía March, irá a Europa a aprender pintura y mejorar su técnica artística. Una vez allí, observando el genio de Miguel Ángel, se da cuenta de que, aunque le guste pintar, jamás podrá llegar a tener ese talento, por lo que decide dedicar su vida a otras tareas.
Al casarse con Laurie, se convierte en una mujer rica; sin embargo, sabiendo que tienen más dinero del que necesitan para vivir, deciden utilizarlo para que las jóvenes con talento artístico pero sin fortuna puedan desarrollarlo.
Como siempre, paso a comentar brevemente las versiones cinematográficas más conocidas:
- 1933: película dirigida por George Cukor y protagonizada por Katharine Hepburn en el papel de Jo, se llevó el Oscar al Mejor Guión Adaptado.
- 1949: película dirigida por Mervyn LeRoy y protagonizada por June Allyson, Janet Leigh, Elizabeth Taylor, Margaret O'Brien, Mary Astor y Peter Lawford. Pese a que hay escenas que, literalmente, están copiadas palabra por palabra, es una versión bastante edulcorada y muy poco creíble. Mención aparte (por lo mala) merece la interpretación de Rossano Brazzi como profesor Bhaer.
- 1994: película dirigida por Gillian Armstrong y protagonizada por Winona Ryder, Trini Alvarado, Kirsten Dunst, Samantha Mathis, Claire Danes, Susan Sarandon, Christian Bale y Gabriel Byrne. Como ya he dicho antes, es una de mis películas favoritas y, pese a no ser completamente fiel, me parece, con mucho, la mejor versión.
jueves, 31 de julio de 2014
Julio 2014. Orgullo y prejuicio.
"Es una verdad universalmente aceptada que un hombre soltero en posesión de una notable fortuna necesita una esposa" es el conocido comienzo de una de las más célebres obras de la Literatura, convertida hoy en todo un clásico: Orgullo y Prejuicio, de Jane Austen.
De entrada, si no se conoce el contenido de la novela, reconozco que la frase puede inducir a error por desprender cierto grado de frivolidad, pero es justo aquí donde radica su mayor acierto: criticar la frivolidad usando ésta como vehículo de la crítica. Pero no adelantemos acontecimientos.
Volviendo a mi costumbre (abandonada en las dos últimas ocasiones), voy a hablaros un poco sobre la autora y su vida. Jane Austen nació en 1775 en Hampshire, Reino Unido, en el seno de una familia burguesa siendo la séptima de ocho hermanos. La estrecha relación con su hermana Cassandra explica (sobre todo en esta novela) la importancia narrativa que le concede a las mujeres en general y a las hermanas de sus heroínas en particular en todas sus obras. El primer borrador de Orgullo y Prejuicio (titulado entonces First Impressions) fue redactado en torno a 1796, cuando Austen apenas contaba con 21 años, identificándose así con Elizabeth Bennet (protagonista y álter ego de la autora) tanto en edad como en pensamiento. No obstante, no fue hasta 1813 cuando finalmente fue publicada.
Es posible que hayáis notado algunas similitudes entre la vida y obra de Jane Austen y la de Charlotte Brontë (de quien hablé en mi entrada de enero). Siendo muchas sus semejanzas, permitidme hablar brevemente de sus diferencias. Charlote Brontë publica Jane Eyre en 1847, lo que supone una diferencia de 50 años respecto al momento en el que Jane Austen comienza a escribir Orgullo y Prejuicio. En una época como la de entonces 50 años no parecen demasiados, sin embargo hay varios hechos que confieren distintos matices tanto a sus novelas como a ellas mismas:
- En primer lugar, a finales del siglo XVIII el Romanticismo, pese a estar empezando a hacer furor en Europa, aun no ha conseguido desbancar completamente ni al Neoclasicismo, ni al racionalismo y carácter didáctico que de éste se derivaba. Lejos de adoptar ese (entiéndase bien) "didacticismo rancio" imperante, Austen propone un nuevo modelo educativo en el que la mujer es dueña y señora de su propio destino, decidiendo ella, y solamente ella, qué y a quién quiere en su vida. Por el contrario Brontë, pese a estar ya completamente inmersa en el Romanticismo cuando escribe y publica su obra, encontrando en ésta figuras clave del movimiento (la importancia del paisaje, el anhelo de libertad o el rechazo de la realidad, entre otros), recuperará esa naturaleza pedagógica de antaño dotando a Jane Eyre de unas férreas y casi inamovibles creencias. No pretendo criticarlo (de hecho, me encantó Jane Eyre), pero sí es destacable y diferenciador el modo a partir del cual las protagonistas de sus respectivas novelas van a hallar la felicidad y el amor. Mientras que en Elizabeth será fundamentalmente fruto de sus profundas y constantes reflexiones así como de su continuo duelo con Darcy (siendo ambos desde el principio identificados como iguales), en Jane es fruto de la más tierna y secreta devoción por Mr. Rochester, para quien ella trabaja, no siendo hasta prácticamente el final de la novela cuando ella se considere igual a él y, por tanto, digna de recibir su amor.
- En segundo, y por anecdótico que pueda parecer, resulta notorio el hecho de que Jane Austen, y por tanto Elizabeth Bennet, vive en un reino regido por un Rey (Jorge III), mientras que Charlote Brontë lo hace en uno regido por una Reina (Victoria). Si bien es cierto que las dos tuvieron que sufrir el menosprecio de una sociedad que consideraba a la mujer un mero objeto decorativo, no es menos cierto que Elizabeth, por vivir medio siglo antes que su "descendiente", probablemente lo tuvo algo más difícil lo cual, sin duda, ensalza aun más su rebelde personalidad.
Con todo, no deseo en absoluto postularme en pro de una o en contra de otra, ambas son únicas y forman parte de una notable lista de heroínas que permitieron, poco a poco, cada una a su manera, que la mujer sea lo que es hoy.
Orgullo y prejuicio cuenta la historia de las cinco hermanas Bennet, educadas por su madre con el único y firme propósito de hacer un buen matrimonio. Cuando el señor Bingley y su amigo el señor Darcy se instalen en la vecindad, Elizabeth (la más juiciosa y sensata de todas las hermanas) tendrá que lidiar con sus sentimientos y principios para averiguar quién y cómo es ella en realidad.
Elizabeth es una joven que vive en Longbourn, Hertfordshire, con su peculiar y bucólica familia. Su tranquila vida, así como la de sus hermanas Jane, Mary, Kitty y Lydia, se verá profundamente alterada cuando un apuesto y codiciado soltero, el señor Bingley, adquiera la propiedad de Netherfield Park, próxima a Longbourn. Acompañando a Bingley llegarán también sus hermanas y su buen amigo el señor Darcy.
Nada más conocerse, Bingley y Jane (la hermana mayor de Lizzy) quedarán completamente prendados el uno del otro; por el contrario, Elizabeth y Darcy, a consecuencia de un desafortunado comentario de él y una más que mordaz réplica de ella, se repelerán desde el principio.
Notando la evidente preferencia de Bingley por Jane, la familia Bennet (sobre todo la señora Bennet) espera impaciente la proposición, la cual no se producirá (al menos de momento) puesto que Bingley y sus invitados se trasladarán a vivir a Londres, sumiendo a Jane en la más profunda tristeza.
A partir de este momento, la obra se centra casi exclusivamente en Elizabeth y en Darcy y en el constante enfrentamiento que se produce en cada uno de sus (des)encuentros. Gracias a esto seremos testigo de la enorme crisis de identidad que sufrirán ambos personajes. Ella, tozuda y obstinada, deberá plantearse si todas sus ideas sobre la vida (la suya y la de los demás) se fundamentan en algo sólido y real, o en meros prejuicios que, poco a poco, ha ido alimentando; él, orgulloso y arrogante, tendrá que reflexionar sobre sus arraigadas prioridades y descubrir si éstas le satisfacen o si, por el contrario, le alejan de la felicidad.
El final, como en la mayoría de las novelas de Jane Austen (probablemente por la infelicidad que a ella le tocó vivir), es un final feliz, podría decirse que incluso predecible. No obstante, lo importante del caso no es el desenlace en sí mismo sino cómo llegamos a él.
Pese a la gran cantidad de personajes (a cada cual más interesante que el anterior) que desfilan en esta novela, debido a que casi todo el peso narrativo se sustenta sobre los dos protagonistas principales voy a centrarme fundamentalmente en ellos:
- Elizabeth Bennet: como ya he comentado, es presentada como el álter ego de la autora. Es todo lo que una heroína debe ser y más, un personaje que llena toda y cada una de las páginas en las que aparece, con su luz, su palabra, su personalidad en definitiva. Demasiado independiente para su época, a menudo es tachada de extraña, vulgar y rebelde, sobre todo por los personajes más convencionales de la novela (su madre o las hermanas de Bingley, por ejemplo). Por el contrario, los personajes más cultivados (Darcy, Lady Catherine o los tíos de Elizabeth) la ven como una mujer fuerte, libre y apasionada, algo completamente insólito en aquella sociedad. Aún así, la influencia de Darcy, primero de forma negativa, después todo lo contrario, nos irá mostrando poco a poco a una nueva Elizabeth, quizá no tan perfecta como al principio pero, desde luego, mucho más cercana. Dado que a estas alturas lo más seguro es que ya sepáis cómo acaba la novela, puedo deciros sin miedo a fastidiaros la lectura que, si bien a priori cualquiera puede llegar a pensar que no hay nadie más antagónico a Elizabeth Bennet que Fitzwilliam Darcy, al final descubrimos como no son, ni de lejos, tan distintos de lo que habíamos imaginado.
- Fitzwilliam Darcy: me complace decir que Darcy es un personaje que está totalmente a la altura de su partenaire. No es del todo inusual que en este tipo de novelas uno de los protagonistas supere moral o dialécticamente al otro, haciéndonos ver una relación ligeramente desigual. No es el caso de esta novela así que, si me lo permitís, y dado que casi siempre tiendo a posicionarme en pro de las heroínas, esta vez (sin que necesariamente sirva de precedente) voy a decantarme por él, el héroe.
Os seré sincera, en un primer momento Darcy no cae bien, no es el prototipo de caballero que una esperaría encontrar en este tipo de novela. Dice las cosas tal y como las piensa, sin edulcorar (cualidad que comparte con Elizabeth), lo cual no sienta excesivamente bien en los círculos de sociedad en los que se mueve, en los cuales la hipocresía y el saber estar son el segundo y tercer corsé con los que hay que salir vestido de casa. Sin embargo, a medida que le vayamos conociendo mejor y sepamos cómo y por qué hace las cosas en realidad, no sólo empezamos a comprenderle sino que, de repente, toda la animadversión creada se torna en admiración. Los sentimientos que Elizabeth despierta en él, harán que sufra una transformación que, si bien no le convierte en otra persona distinta (básicamente porque Darcy es bueno desde el principio), sí que le permitirán mostrar al mundo, y sobre todo a su Elizabeth, esa bondad y dulzura que, en realidad, siempre ha llevado dentro.
Por citar algún otro personaje, merecen especial atención la señora Bennet (la madre de Elizabeth, una mujer histriónica y ridícula en grado sumo), Lady Catherine de Bourgh (tía materna de Darcy que encarna las férreas y asentadas costumbres y prioridades de la clase alta de la época), Lydia Bennet y George Wickham (hermana pequeña de Elizabeth y protegido del padre de Darcy, respectivamente, resultarán esenciales en el transcurso de la obra) o Georgiana Darcy (la hermana pequeña de Darcy).
Como siempre, paso a comentaros brevemente las versiones cinematográficas que existen de la novela:
- 1940: película dirigida por Robert Z. Leonard y protagonizada por Lawrence Olivier y Greer Garson. No he visto más que algunos fragmentos seleccionados pero, a decir verdad, me ha parecido bastante sobreactuada.
- 1995: miniserie de 6 capítulos protagonizada por Jennifer Ehle y Colin Firth y producida por la BBC. Para quien no disfrute demasiado con la lectura, es la opción más adecuada: impecable, fiel y muy cuidada adaptación (considerada la mejor hasta la fecha) que fue nominada y premiada con varios BAFTA y Emmy en el año 1996. Ehle y Firth, sin desestimar a algunos secundarios que están realmente acertados en sus papeles, sobresalen muy por encima de todos los demás, llevando sin despeinarse todo el peso de la novela a sus espaldas y saliendo notablemente bien parados de ello. Sin duda, el mejor Darcy del cine.
- 2005: película dirigida por Joe Wright y protagonizada por Keira Knightley (sublime en su papel, por cierto) y Matthew Macfadyen (muy correcto, aunque sin llegar al nivel de Colin Firth). Con una buena banda sonora y un gran vestuario, debido a su distribución mundial, es probablemente la versión más conocida.
Además de estas tres (basadas directamente en la novela), existen otras que merecen ser mencionadas:
- El diario de Bridget Jones (2001): sin ser un calco, sí tiene abundantes guiños al relato de Jane Austen. La protagonista, una joven londinense con una histriónica madre totalmente obsesionada con verla casada, deberá elegir entre Daniel Cleaver, un hombre encantador pero poco recomendable, y Mark Darcy, antiguo amigo de la familia que, al principio, le resulta del todo insoportable.
- Becoming Jane (2007): la historia nos sitúa en la Navidad de 1795, momento en el que una joven Jane Austen (interpretada por Anne Hathaway) conoce al arrogante Thomas Lefroy (interpretado por James McAvoy), un irlandés estudiante de Derecho. Aunque históricamente no está del todo claro que fuese así, numerosos autores afirman que su relación y posterior romance (truncado por la escasa fortuna de ambos) fueron la fuente de inspiración para que Austen escribiese Orgullo y Prejuicio.
- La muerte llega a Pemberley (2013): recientemente, la BBC ha producido esta miniserie de 2 capítulos basada en la novela homónima de P.D. James que se centra en la vida de los protagonistas 6 años después de los acontecimientos relatados en Orgullo y Prejuicio.
Hasta aquí el análisis. Habréis observado que esta vez, a diferencia de las demás, he dejado mis asuntos personales para el final, ya que me parecía que empezar con la frase más recordada de toda la novela tenía más gancho. Debo disculparme por publicar esta entrada el último día, pero la verdad es que no he tenido demasiado tiempo para sentarme a escribir.
Mi vida sin grandes novedades, procurando disfrutar de este verano, el último según dicen (entiéndase bien, el último como estudiante, de esos que duran 3 meses o, al menos, 2 y medio). Las prácticas están siendo mucho mejor de lo que esperaba, descubriendo y aprendiendo cosas que raramente se explican en los libros pero que luego, en la práctica, son las que más funcionan. Pacientes que, incluso estando tan mal, te dejan grandes huellas, llegando a veces a cambiarte, a hacerte mejor persona. La gran satisfacción de la Medicina, vaya.
En el horizonte próximo, varios viajes, uno a la playa y otro por Centro Europa, concretamente por Praga, Viena y Budapest, más desde luego no se puede pedir.
Me despido ya hasta el mes que viene. Hasta la vuelta, ¡feliz verano!
De entrada, si no se conoce el contenido de la novela, reconozco que la frase puede inducir a error por desprender cierto grado de frivolidad, pero es justo aquí donde radica su mayor acierto: criticar la frivolidad usando ésta como vehículo de la crítica. Pero no adelantemos acontecimientos.
Volviendo a mi costumbre (abandonada en las dos últimas ocasiones), voy a hablaros un poco sobre la autora y su vida. Jane Austen nació en 1775 en Hampshire, Reino Unido, en el seno de una familia burguesa siendo la séptima de ocho hermanos. La estrecha relación con su hermana Cassandra explica (sobre todo en esta novela) la importancia narrativa que le concede a las mujeres en general y a las hermanas de sus heroínas en particular en todas sus obras. El primer borrador de Orgullo y Prejuicio (titulado entonces First Impressions) fue redactado en torno a 1796, cuando Austen apenas contaba con 21 años, identificándose así con Elizabeth Bennet (protagonista y álter ego de la autora) tanto en edad como en pensamiento. No obstante, no fue hasta 1813 cuando finalmente fue publicada.
Es posible que hayáis notado algunas similitudes entre la vida y obra de Jane Austen y la de Charlotte Brontë (de quien hablé en mi entrada de enero). Siendo muchas sus semejanzas, permitidme hablar brevemente de sus diferencias. Charlote Brontë publica Jane Eyre en 1847, lo que supone una diferencia de 50 años respecto al momento en el que Jane Austen comienza a escribir Orgullo y Prejuicio. En una época como la de entonces 50 años no parecen demasiados, sin embargo hay varios hechos que confieren distintos matices tanto a sus novelas como a ellas mismas:
- En primer lugar, a finales del siglo XVIII el Romanticismo, pese a estar empezando a hacer furor en Europa, aun no ha conseguido desbancar completamente ni al Neoclasicismo, ni al racionalismo y carácter didáctico que de éste se derivaba. Lejos de adoptar ese (entiéndase bien) "didacticismo rancio" imperante, Austen propone un nuevo modelo educativo en el que la mujer es dueña y señora de su propio destino, decidiendo ella, y solamente ella, qué y a quién quiere en su vida. Por el contrario Brontë, pese a estar ya completamente inmersa en el Romanticismo cuando escribe y publica su obra, encontrando en ésta figuras clave del movimiento (la importancia del paisaje, el anhelo de libertad o el rechazo de la realidad, entre otros), recuperará esa naturaleza pedagógica de antaño dotando a Jane Eyre de unas férreas y casi inamovibles creencias. No pretendo criticarlo (de hecho, me encantó Jane Eyre), pero sí es destacable y diferenciador el modo a partir del cual las protagonistas de sus respectivas novelas van a hallar la felicidad y el amor. Mientras que en Elizabeth será fundamentalmente fruto de sus profundas y constantes reflexiones así como de su continuo duelo con Darcy (siendo ambos desde el principio identificados como iguales), en Jane es fruto de la más tierna y secreta devoción por Mr. Rochester, para quien ella trabaja, no siendo hasta prácticamente el final de la novela cuando ella se considere igual a él y, por tanto, digna de recibir su amor.
- En segundo, y por anecdótico que pueda parecer, resulta notorio el hecho de que Jane Austen, y por tanto Elizabeth Bennet, vive en un reino regido por un Rey (Jorge III), mientras que Charlote Brontë lo hace en uno regido por una Reina (Victoria). Si bien es cierto que las dos tuvieron que sufrir el menosprecio de una sociedad que consideraba a la mujer un mero objeto decorativo, no es menos cierto que Elizabeth, por vivir medio siglo antes que su "descendiente", probablemente lo tuvo algo más difícil lo cual, sin duda, ensalza aun más su rebelde personalidad.
Con todo, no deseo en absoluto postularme en pro de una o en contra de otra, ambas son únicas y forman parte de una notable lista de heroínas que permitieron, poco a poco, cada una a su manera, que la mujer sea lo que es hoy.
Orgullo y prejuicio cuenta la historia de las cinco hermanas Bennet, educadas por su madre con el único y firme propósito de hacer un buen matrimonio. Cuando el señor Bingley y su amigo el señor Darcy se instalen en la vecindad, Elizabeth (la más juiciosa y sensata de todas las hermanas) tendrá que lidiar con sus sentimientos y principios para averiguar quién y cómo es ella en realidad.
Elizabeth es una joven que vive en Longbourn, Hertfordshire, con su peculiar y bucólica familia. Su tranquila vida, así como la de sus hermanas Jane, Mary, Kitty y Lydia, se verá profundamente alterada cuando un apuesto y codiciado soltero, el señor Bingley, adquiera la propiedad de Netherfield Park, próxima a Longbourn. Acompañando a Bingley llegarán también sus hermanas y su buen amigo el señor Darcy.
Nada más conocerse, Bingley y Jane (la hermana mayor de Lizzy) quedarán completamente prendados el uno del otro; por el contrario, Elizabeth y Darcy, a consecuencia de un desafortunado comentario de él y una más que mordaz réplica de ella, se repelerán desde el principio.
Notando la evidente preferencia de Bingley por Jane, la familia Bennet (sobre todo la señora Bennet) espera impaciente la proposición, la cual no se producirá (al menos de momento) puesto que Bingley y sus invitados se trasladarán a vivir a Londres, sumiendo a Jane en la más profunda tristeza.
A partir de este momento, la obra se centra casi exclusivamente en Elizabeth y en Darcy y en el constante enfrentamiento que se produce en cada uno de sus (des)encuentros. Gracias a esto seremos testigo de la enorme crisis de identidad que sufrirán ambos personajes. Ella, tozuda y obstinada, deberá plantearse si todas sus ideas sobre la vida (la suya y la de los demás) se fundamentan en algo sólido y real, o en meros prejuicios que, poco a poco, ha ido alimentando; él, orgulloso y arrogante, tendrá que reflexionar sobre sus arraigadas prioridades y descubrir si éstas le satisfacen o si, por el contrario, le alejan de la felicidad.
El final, como en la mayoría de las novelas de Jane Austen (probablemente por la infelicidad que a ella le tocó vivir), es un final feliz, podría decirse que incluso predecible. No obstante, lo importante del caso no es el desenlace en sí mismo sino cómo llegamos a él.
Pese a la gran cantidad de personajes (a cada cual más interesante que el anterior) que desfilan en esta novela, debido a que casi todo el peso narrativo se sustenta sobre los dos protagonistas principales voy a centrarme fundamentalmente en ellos:
- Elizabeth Bennet: como ya he comentado, es presentada como el álter ego de la autora. Es todo lo que una heroína debe ser y más, un personaje que llena toda y cada una de las páginas en las que aparece, con su luz, su palabra, su personalidad en definitiva. Demasiado independiente para su época, a menudo es tachada de extraña, vulgar y rebelde, sobre todo por los personajes más convencionales de la novela (su madre o las hermanas de Bingley, por ejemplo). Por el contrario, los personajes más cultivados (Darcy, Lady Catherine o los tíos de Elizabeth) la ven como una mujer fuerte, libre y apasionada, algo completamente insólito en aquella sociedad. Aún así, la influencia de Darcy, primero de forma negativa, después todo lo contrario, nos irá mostrando poco a poco a una nueva Elizabeth, quizá no tan perfecta como al principio pero, desde luego, mucho más cercana. Dado que a estas alturas lo más seguro es que ya sepáis cómo acaba la novela, puedo deciros sin miedo a fastidiaros la lectura que, si bien a priori cualquiera puede llegar a pensar que no hay nadie más antagónico a Elizabeth Bennet que Fitzwilliam Darcy, al final descubrimos como no son, ni de lejos, tan distintos de lo que habíamos imaginado.
- Fitzwilliam Darcy: me complace decir que Darcy es un personaje que está totalmente a la altura de su partenaire. No es del todo inusual que en este tipo de novelas uno de los protagonistas supere moral o dialécticamente al otro, haciéndonos ver una relación ligeramente desigual. No es el caso de esta novela así que, si me lo permitís, y dado que casi siempre tiendo a posicionarme en pro de las heroínas, esta vez (sin que necesariamente sirva de precedente) voy a decantarme por él, el héroe.
Os seré sincera, en un primer momento Darcy no cae bien, no es el prototipo de caballero que una esperaría encontrar en este tipo de novela. Dice las cosas tal y como las piensa, sin edulcorar (cualidad que comparte con Elizabeth), lo cual no sienta excesivamente bien en los círculos de sociedad en los que se mueve, en los cuales la hipocresía y el saber estar son el segundo y tercer corsé con los que hay que salir vestido de casa. Sin embargo, a medida que le vayamos conociendo mejor y sepamos cómo y por qué hace las cosas en realidad, no sólo empezamos a comprenderle sino que, de repente, toda la animadversión creada se torna en admiración. Los sentimientos que Elizabeth despierta en él, harán que sufra una transformación que, si bien no le convierte en otra persona distinta (básicamente porque Darcy es bueno desde el principio), sí que le permitirán mostrar al mundo, y sobre todo a su Elizabeth, esa bondad y dulzura que, en realidad, siempre ha llevado dentro.
Por citar algún otro personaje, merecen especial atención la señora Bennet (la madre de Elizabeth, una mujer histriónica y ridícula en grado sumo), Lady Catherine de Bourgh (tía materna de Darcy que encarna las férreas y asentadas costumbres y prioridades de la clase alta de la época), Lydia Bennet y George Wickham (hermana pequeña de Elizabeth y protegido del padre de Darcy, respectivamente, resultarán esenciales en el transcurso de la obra) o Georgiana Darcy (la hermana pequeña de Darcy).
Como siempre, paso a comentaros brevemente las versiones cinematográficas que existen de la novela:
- 1940: película dirigida por Robert Z. Leonard y protagonizada por Lawrence Olivier y Greer Garson. No he visto más que algunos fragmentos seleccionados pero, a decir verdad, me ha parecido bastante sobreactuada.
- 1995: miniserie de 6 capítulos protagonizada por Jennifer Ehle y Colin Firth y producida por la BBC. Para quien no disfrute demasiado con la lectura, es la opción más adecuada: impecable, fiel y muy cuidada adaptación (considerada la mejor hasta la fecha) que fue nominada y premiada con varios BAFTA y Emmy en el año 1996. Ehle y Firth, sin desestimar a algunos secundarios que están realmente acertados en sus papeles, sobresalen muy por encima de todos los demás, llevando sin despeinarse todo el peso de la novela a sus espaldas y saliendo notablemente bien parados de ello. Sin duda, el mejor Darcy del cine.
- 2005: película dirigida por Joe Wright y protagonizada por Keira Knightley (sublime en su papel, por cierto) y Matthew Macfadyen (muy correcto, aunque sin llegar al nivel de Colin Firth). Con una buena banda sonora y un gran vestuario, debido a su distribución mundial, es probablemente la versión más conocida.
- El diario de Bridget Jones (2001): sin ser un calco, sí tiene abundantes guiños al relato de Jane Austen. La protagonista, una joven londinense con una histriónica madre totalmente obsesionada con verla casada, deberá elegir entre Daniel Cleaver, un hombre encantador pero poco recomendable, y Mark Darcy, antiguo amigo de la familia que, al principio, le resulta del todo insoportable.
- Becoming Jane (2007): la historia nos sitúa en la Navidad de 1795, momento en el que una joven Jane Austen (interpretada por Anne Hathaway) conoce al arrogante Thomas Lefroy (interpretado por James McAvoy), un irlandés estudiante de Derecho. Aunque históricamente no está del todo claro que fuese así, numerosos autores afirman que su relación y posterior romance (truncado por la escasa fortuna de ambos) fueron la fuente de inspiración para que Austen escribiese Orgullo y Prejuicio.
- La muerte llega a Pemberley (2013): recientemente, la BBC ha producido esta miniserie de 2 capítulos basada en la novela homónima de P.D. James que se centra en la vida de los protagonistas 6 años después de los acontecimientos relatados en Orgullo y Prejuicio.
Hasta aquí el análisis. Habréis observado que esta vez, a diferencia de las demás, he dejado mis asuntos personales para el final, ya que me parecía que empezar con la frase más recordada de toda la novela tenía más gancho. Debo disculparme por publicar esta entrada el último día, pero la verdad es que no he tenido demasiado tiempo para sentarme a escribir.
Mi vida sin grandes novedades, procurando disfrutar de este verano, el último según dicen (entiéndase bien, el último como estudiante, de esos que duran 3 meses o, al menos, 2 y medio). Las prácticas están siendo mucho mejor de lo que esperaba, descubriendo y aprendiendo cosas que raramente se explican en los libros pero que luego, en la práctica, son las que más funcionan. Pacientes que, incluso estando tan mal, te dejan grandes huellas, llegando a veces a cambiarte, a hacerte mejor persona. La gran satisfacción de la Medicina, vaya.
En el horizonte próximo, varios viajes, uno a la playa y otro por Centro Europa, concretamente por Praga, Viena y Budapest, más desde luego no se puede pedir.
Me despido ya hasta el mes que viene. Hasta la vuelta, ¡feliz verano!
sábado, 14 de junio de 2014
Junio 2014. Los renglones torcidos de Dios.
Hola a todos, otra vez. Probablemente os sorprenda la rapidez con la que vuelvo a escribir, sin embargo hace ya días que tenía empezado un nuevo libro y ayer, durante esa histeria que desata el fútbol, decidí que, al menos para mí, la mejor opción era calzarme unos tapones y entregarme a la lectura. Espero no pareceros demasiado altiva al renegar así del "deporte nacional" pero, como ya he manifestado a lo largo de la mañana en Twitter, otro gallo nos cantaría si nuestras preocupaciones como país fuesen otras. Me refiero, por supuesto, a cuestiones tan banales y superfluas como el 26% de paro que nos asola, a la imparable pérdida de nuestra educación y sanidad pública (la cual, no os confundáis, no sólo sufren/sufrimos los profesores y los estudiantes o los profesionales sanitarios, sino absolutamente toda la población) o los bochornosos recortes en dependencia, por citar algunos de los ejemplos más sonados. Sí, amigos, supongo que hoy me siento reivindicativa, reivindicativa y frustrada (por no decir algo peor) de que en una sociedad como la nuestra, en la que las cosas van muy de mal en peor, algo tan simple como el fútbol tenga, se gane o se pierda, ese potentísimo efecto sedante y amnésico, sumiéndonos en una no poco peligrosa desrealización colectiva.
En cualquier caso, y dado que librar esta guerra en solitario tiene el mismo sentido que enfrentarme a una horda de molinos de viento, centrémonos en el tema que nos ocupa. He de decir, además, que este mes el libro que os traigo me produce especial satisfacción: Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena.
La novela fue publicada en 1979, recién estrenada la democracia, como quien dice, convirtiéndose en el libro más vendido de 1980. Pese a la ideología de Luca de Tena y a lo teológico del título, nada tiene que ver este libro con la religión, con Jesús de Nazaret o con Dios, si bien se alude a éste en algunos momentos puntuales de la narración. No, los renglones torcidos son la metáfora de la que Luca de Tena se vale (en boca de uno de sus personajes) para denominar a los enfermos mentales, protagonistas de su obra: "No te preocupes por ellos, porque todos son equivocaciones tuyas. Son los renglones torcidos, de cuando aprendiste a escribir. ¡Los pobres locos son tus faltas de ortografía!"
Llegados a este punto, creo que es obligado informaros de que el autor ingresó durante 18 días en un (antiguamente llamado) manicomio de provincias, simulando una psicosis depresiva para conocer desde dentro la realidad de la que pretendía escribir. No es de extrañar, por tanto, que a la protagonista principal de la novela, Alice Gould, la haga ingresar de la misma manera que él lo hizo, de incógnito y fingiéndose enferma.
Antes de adentrarnos en las personalidades de cada personaje, y por si acaso alguno después de leer esto decide hacer lo propio con el libro, permitidme aportar algunos datos que os permitirán, en tal caso, entender mejor algunos de los tratamientos mencionados en la novela:
- En 1927 el neurólogo austro-húngaro Manfred Sakel introduce el coma insulínico como tratamiento para la esquizofrenia (terapia por la cual en 1938 recibiría el Premio Nobel en Fisiología y Medicina) al descubrir que, las convulsiones generadas por el coma insulínico, permitían al enfermo mantener los delirios a raya durante más tiempo.
- En 1935, muy en la línea lo anterior, el neurólogo y neuropatólogo Ladislas Maduna (quien posteriormente se convertiría en enemigo acérrimo de Sakel) instaura la inducción química de las convulsiones.
- En 1938, gracias al neurólogo italiano Ugo Cerletti, se descubre por fin la Terapia Electroconvulsiva (TEC), hoy considerada una de las mejores terapias en Salud Mental, dado que no tiene efectos secundarios (actualmente las convulsiones sólo se realizan mediante la previa anestesia general del paciente) más allá del olvido del episodio electroconvulsivo (lo cual, tampoco es excesivamente grave) y que puede utilizarse en embarazadas, siendo en éstas tratamiento de elección en la mayoría de los casos por sus nulos efectos sobre el feto.
Los renglones torcidos de Dios relata la historia de Alice Gould, una detective privado que acude al Hospital Psiquiátrico de Nuestra Señora de la Fuentecilla, próximo a Zamora, con la intención de investigar un crimen sucedido en Madrid y que podría tener relación con uno de los 800 internos. Para hacerlo de manera más eficiente, sin levantar sospechas ni entre los enfermos ni entre el personal, decide ingresar en el hospital fingiendo padecer paranoia pura (lo que hoy llamaríamos trastorno delirante crónico) y averiguar desde dentro la identidad del homicida.
A priori puede parecer un argumento sencillo, un típico thriller policíaco, pero no, la trama se irá complicando y enredando hasta un punto en el que ni el lector ni la propia Alicia sabrán cuál es la verdadera misión de la detective en la Fuentecilla. Los detalles de la trama me los guardo para mí (como suele ser habitual, es condición indispensable desconocer cuáles son éstos para disfrutar completamente de la lectura), sin embargo sí os desgranaré algunas personalidades que, bien por el peso que tienen en la novela, bien por mis conocimientos de la carrera, me han parecido más interesantes:
- Alice Gould: también llamada Alicia de Almenara, por ser éste su nombre de casada, es la heroína indiscutible de la novela. Se nos presenta como un ser perfecto (otro personaje llega a afirmar de ella "es raro ver ángeles en el infierno" después de conocerla): culta, bella, inteligente, dulce, tierna, apasionada... y, en efecto, es lo que el lector está desde el minuto uno predispuesto a ver en ella, incluso cuando descubrimos los oscuros matices de Alicia, presentimos que hay una razón para que éstos existan, una explicación que nos será revelada en el momento oportuno. Como os he dicho, es la heroína e irremediablemente uno se postula en su bando.
La paranoia que finge tener está siempre bien tratada, tanto en forma como en fondo pues la paranoia, como bien se encargan de explicar no pocos personajes, es un cuadro psicopatológico caracterizado por un delirio de autorreferencia de contenido no extraño, en el que no existen alucinaciones, no se produce deterioro funcional grave y, por ende, el individuo mantiene intacta su personalidad. Para entendernos, la persona puede estar completamente obsesionada con su delirio y creer firmemente en él pero éste no genera ni malestar en el resto de las áreas ni la ruptura biográfica en el individuo (hecho diferencial con la esquizofrenia).
- Dr. César Arellano: jefe de los Servicios Clínicos, se convertirá en uno de los apoyos fundamentales para Alicia, tanto profesional como personalmente. Sus charlas (primero médicas, después no tanto) pronto pasarán a ser cuasi necesarias para ambos. La relación que surgirá entre ellos no dejará a ninguno de los dos indiferente y, por supuesto, les cambiará si no radicalmente, sí muy notablemente.
Me parece prácticamente imprescindible abordar aquí los conceptos de transferencia y contratransferencia: el primero, hace referencia al proceso por el que el paciente experimenta su relación con el terapeuta en los términos de su problema, actuando con respecto a él según estos términos; el segundo, al proceso por el cual el terapeuta experimenta su relación con el paciente en términos de sus propias pautas idiosincrásicas, sintiéndose impulsado a responder en términos de las mismas y no en consideración de su papel como psicoterapeuta.
Recuerdo haber preguntado en la clase en la que nos explicaron esto si cuando se preveía la aparición de una transferencia no era más conveniente que el paciente cambiase de terapeuta. Nuestro profesor contestó (y cito): "la transferencia no hay que evitarla, sino trabajarla". Arellano y Alicia son el perfecto ejemplo de transferencia y contratransferencia no evitada, pero tampoco debidamente trabajada (entenderéis el por qué, pero no, no va por ahí).
- Montserrat Castell: psicóloga, asistente social y monitora de gimnasia será el otro pilar de Alicia en el hospital, amén de convertirse en su mejor amiga. La Castell, como a menudo es denominada, representa junto con el Dr. Alvar, los aires de renovación que empezaban a empapar la psiquiatría de finales de los 70. El autor (muy hábil, por cierto) hace que la Castell encarne la forma correcta de llevar a cabo esa necesaria transición, mientras que a Alvar le concede una no tan correcta. El final de Montserrat es del todo inesperado, aunque congruente con su forma de actuar durante el desarrollo de la trama.
- Ignacio Urquieta: topógrafo de profesión e interno del hospital desde hace varios años, será el primer amigo que Alicia haga en la institución. Sin embargo, no es este el principal motivo por el que resulta importante, si no vital en la historia. Ignacio tiene fobia al agua.
El estudiante tipo de medicina está acostumbrado a ver en sus apuntes (no necesariamente en los de psiquiatría) el término "potómano" para referirse a alguien que consume agua de manera compulsiva, generalmente asociado a otros trastornos de la conducta alimentaria, llegando a orinar 10-12 litros diarios. No obstante, no es tan usual (repito, para el estudiante tipo) encontrarse con una fobia al agua. Las fobias son temores irracionales y exagerados hacia objetos, situaciones o funciones corporales que, en condiciones normales, no son fuentes objetivas de miedo. De forma característica son temores desproporcionados, irracionales (algo que Ignacio menciona en varias ocasiones a lo largo de la novela), que están fuera del control voluntario del enfermo y que, por tanto, le llevan a realizar conductas de evitación hacia el objeto de la fobia (en el caso de Ignacio, esto condiciona no sólo su vida sino, en muchas ocasiones, por ejemplo a la hora de las comidas, la de los demás). Excuso deciros cuál es la génesis de esa fobia tan específica que sufre el topógrafo porque, como todo, es mejor descubrirlo en el momento adecuado.
- Dr. Samuel Alvar: director del centro, representa la total y absoluta antítesis de Alicia. Como ya os he comentado, Alvar también es visionario y defensor de esa nueva corriente a la que despectivamente se llamó "antipsiquiatra" y que consistía en la hoy afortunadamente afianzada creencia de que los enfermos de salud mental debían ser considerados como cualquier otro enfermo y, por ende, gozar de los mismos privilegios (paseos o terapia ocupacional, por ejemplo). No obstante, el autor le concede a Alvar otra serie de características que hacen que no sólo "su visión" se empañe sino que el lector sienta escasa o nula empatía por el personaje. Con todo, al final tiene un momento de semi-gloria, pese a no estar presente para verlo.
- La Niña Oscilante: aunque es un personaje muy recurrente durante toda la trama, poco se nos explica de ella más allá de sus notables problemas de relación con la mayoría de los allí presentes (como excepciones cabe mencionar a Rómulo, del que os hablaré en un instante, y a la propia Alicia) y del visual apodo con el que se le bautiza.
Al denominarla "oscilante" cabe pensar que la Almenara se está refiriendo a lo que se conoce con el nombre de estereotipias (movimientos carentes de sentido y utilidad real pero que ayudan a la persona a mantener cierta tranquilidad). Dado que dichas estereotipias son muy típicas del denominado autismo es muy probable que la Niña presentase este cuadro o algún otro englobado dentro del amplio grupo de los trastornos generalizados del desarrollo (TGD) del que ya os hablé hace unos días con El curioso incidente del perro a medianoche.
- Rómulo: apodado el Niño Mimético, su nombre no es casualidad, puesto que en el hospital también está su hermano gemelo (Remo), al que no sólo no reconoce como su gemelo sino que afirma desconocer. Por contra, toma como hermana verdadera a la Niña Oscilante, a la que cuida y protege con todas las consecuencias, que no serán pocas. Importante es señalar el vínculo que se establecerá entre la Niña, Rómulo y Alicia, y si bien éste es esperado, no por ello deja de ser sumamente tierno.
El mote de Rómulo tampoco es casual, viene dado por sus continuas imitaciones de los movimientos de los demás. Esto, por sí mismo, es conocido como ecomimia. Si bien la ecomimia suele ir ligada al resto de ecosíntomas (ecomimia, ecolalia y ecopraxia), en Rómulo sólo encontramos el primero. Varias veces a lo largo de la novela se menciona que su edad mental es de aproximadamente 3 años, por lo que no sería del todo raro que presentase dicha conducta.
- El Hortelano: de nombre Cosme, es el encargado de cuidar el jardín y los huertos pertenecientes al hospital. En su día él también fue paciente, consiguiendo superar su enfermedad. Al haber sido abandonado por su familia, al recibir el alta médica deberá vivir y arreglárselas solo. Sin embargo, al marcharse del hospital Cosme descubrirá que presenta lo que los médicos del centro coinciden en llamar fobia de alejamiento, es decir, aparición súbita de síntomas generales (fiebre, náuseas, vómitos, etc) con la partida del hospital y mejoría no menos súbita de todos ellos al volver a éste. Consciente (y feliz) de que su hogar es la Fuentecilla, decide quedarse allí hasta el final de sus días cuidando los terrenos.
Como conclusión, decir que este es un libro fundamental, necesario, único, para cualquier persona, pertenezca o no al sector sanitario, dado que todos pertenecemos y vivimos en sociedad y esta sociedad, la nuestra, necesita borrar bastante sus prejuicios y mirarse mucho en ese gran espejo que es la vida. ¡Hasta la próxima!
En cualquier caso, y dado que librar esta guerra en solitario tiene el mismo sentido que enfrentarme a una horda de molinos de viento, centrémonos en el tema que nos ocupa. He de decir, además, que este mes el libro que os traigo me produce especial satisfacción: Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena.
La novela fue publicada en 1979, recién estrenada la democracia, como quien dice, convirtiéndose en el libro más vendido de 1980. Pese a la ideología de Luca de Tena y a lo teológico del título, nada tiene que ver este libro con la religión, con Jesús de Nazaret o con Dios, si bien se alude a éste en algunos momentos puntuales de la narración. No, los renglones torcidos son la metáfora de la que Luca de Tena se vale (en boca de uno de sus personajes) para denominar a los enfermos mentales, protagonistas de su obra: "No te preocupes por ellos, porque todos son equivocaciones tuyas. Son los renglones torcidos, de cuando aprendiste a escribir. ¡Los pobres locos son tus faltas de ortografía!"
Llegados a este punto, creo que es obligado informaros de que el autor ingresó durante 18 días en un (antiguamente llamado) manicomio de provincias, simulando una psicosis depresiva para conocer desde dentro la realidad de la que pretendía escribir. No es de extrañar, por tanto, que a la protagonista principal de la novela, Alice Gould, la haga ingresar de la misma manera que él lo hizo, de incógnito y fingiéndose enferma.
Antes de adentrarnos en las personalidades de cada personaje, y por si acaso alguno después de leer esto decide hacer lo propio con el libro, permitidme aportar algunos datos que os permitirán, en tal caso, entender mejor algunos de los tratamientos mencionados en la novela:
- En 1927 el neurólogo austro-húngaro Manfred Sakel introduce el coma insulínico como tratamiento para la esquizofrenia (terapia por la cual en 1938 recibiría el Premio Nobel en Fisiología y Medicina) al descubrir que, las convulsiones generadas por el coma insulínico, permitían al enfermo mantener los delirios a raya durante más tiempo.
- En 1935, muy en la línea lo anterior, el neurólogo y neuropatólogo Ladislas Maduna (quien posteriormente se convertiría en enemigo acérrimo de Sakel) instaura la inducción química de las convulsiones.
- En 1938, gracias al neurólogo italiano Ugo Cerletti, se descubre por fin la Terapia Electroconvulsiva (TEC), hoy considerada una de las mejores terapias en Salud Mental, dado que no tiene efectos secundarios (actualmente las convulsiones sólo se realizan mediante la previa anestesia general del paciente) más allá del olvido del episodio electroconvulsivo (lo cual, tampoco es excesivamente grave) y que puede utilizarse en embarazadas, siendo en éstas tratamiento de elección en la mayoría de los casos por sus nulos efectos sobre el feto.
Los renglones torcidos de Dios relata la historia de Alice Gould, una detective privado que acude al Hospital Psiquiátrico de Nuestra Señora de la Fuentecilla, próximo a Zamora, con la intención de investigar un crimen sucedido en Madrid y que podría tener relación con uno de los 800 internos. Para hacerlo de manera más eficiente, sin levantar sospechas ni entre los enfermos ni entre el personal, decide ingresar en el hospital fingiendo padecer paranoia pura (lo que hoy llamaríamos trastorno delirante crónico) y averiguar desde dentro la identidad del homicida.
A priori puede parecer un argumento sencillo, un típico thriller policíaco, pero no, la trama se irá complicando y enredando hasta un punto en el que ni el lector ni la propia Alicia sabrán cuál es la verdadera misión de la detective en la Fuentecilla. Los detalles de la trama me los guardo para mí (como suele ser habitual, es condición indispensable desconocer cuáles son éstos para disfrutar completamente de la lectura), sin embargo sí os desgranaré algunas personalidades que, bien por el peso que tienen en la novela, bien por mis conocimientos de la carrera, me han parecido más interesantes:
- Alice Gould: también llamada Alicia de Almenara, por ser éste su nombre de casada, es la heroína indiscutible de la novela. Se nos presenta como un ser perfecto (otro personaje llega a afirmar de ella "es raro ver ángeles en el infierno" después de conocerla): culta, bella, inteligente, dulce, tierna, apasionada... y, en efecto, es lo que el lector está desde el minuto uno predispuesto a ver en ella, incluso cuando descubrimos los oscuros matices de Alicia, presentimos que hay una razón para que éstos existan, una explicación que nos será revelada en el momento oportuno. Como os he dicho, es la heroína e irremediablemente uno se postula en su bando.
La paranoia que finge tener está siempre bien tratada, tanto en forma como en fondo pues la paranoia, como bien se encargan de explicar no pocos personajes, es un cuadro psicopatológico caracterizado por un delirio de autorreferencia de contenido no extraño, en el que no existen alucinaciones, no se produce deterioro funcional grave y, por ende, el individuo mantiene intacta su personalidad. Para entendernos, la persona puede estar completamente obsesionada con su delirio y creer firmemente en él pero éste no genera ni malestar en el resto de las áreas ni la ruptura biográfica en el individuo (hecho diferencial con la esquizofrenia).
- Dr. César Arellano: jefe de los Servicios Clínicos, se convertirá en uno de los apoyos fundamentales para Alicia, tanto profesional como personalmente. Sus charlas (primero médicas, después no tanto) pronto pasarán a ser cuasi necesarias para ambos. La relación que surgirá entre ellos no dejará a ninguno de los dos indiferente y, por supuesto, les cambiará si no radicalmente, sí muy notablemente.
Me parece prácticamente imprescindible abordar aquí los conceptos de transferencia y contratransferencia: el primero, hace referencia al proceso por el que el paciente experimenta su relación con el terapeuta en los términos de su problema, actuando con respecto a él según estos términos; el segundo, al proceso por el cual el terapeuta experimenta su relación con el paciente en términos de sus propias pautas idiosincrásicas, sintiéndose impulsado a responder en términos de las mismas y no en consideración de su papel como psicoterapeuta.
Recuerdo haber preguntado en la clase en la que nos explicaron esto si cuando se preveía la aparición de una transferencia no era más conveniente que el paciente cambiase de terapeuta. Nuestro profesor contestó (y cito): "la transferencia no hay que evitarla, sino trabajarla". Arellano y Alicia son el perfecto ejemplo de transferencia y contratransferencia no evitada, pero tampoco debidamente trabajada (entenderéis el por qué, pero no, no va por ahí).
- Montserrat Castell: psicóloga, asistente social y monitora de gimnasia será el otro pilar de Alicia en el hospital, amén de convertirse en su mejor amiga. La Castell, como a menudo es denominada, representa junto con el Dr. Alvar, los aires de renovación que empezaban a empapar la psiquiatría de finales de los 70. El autor (muy hábil, por cierto) hace que la Castell encarne la forma correcta de llevar a cabo esa necesaria transición, mientras que a Alvar le concede una no tan correcta. El final de Montserrat es del todo inesperado, aunque congruente con su forma de actuar durante el desarrollo de la trama.
- Ignacio Urquieta: topógrafo de profesión e interno del hospital desde hace varios años, será el primer amigo que Alicia haga en la institución. Sin embargo, no es este el principal motivo por el que resulta importante, si no vital en la historia. Ignacio tiene fobia al agua.
El estudiante tipo de medicina está acostumbrado a ver en sus apuntes (no necesariamente en los de psiquiatría) el término "potómano" para referirse a alguien que consume agua de manera compulsiva, generalmente asociado a otros trastornos de la conducta alimentaria, llegando a orinar 10-12 litros diarios. No obstante, no es tan usual (repito, para el estudiante tipo) encontrarse con una fobia al agua. Las fobias son temores irracionales y exagerados hacia objetos, situaciones o funciones corporales que, en condiciones normales, no son fuentes objetivas de miedo. De forma característica son temores desproporcionados, irracionales (algo que Ignacio menciona en varias ocasiones a lo largo de la novela), que están fuera del control voluntario del enfermo y que, por tanto, le llevan a realizar conductas de evitación hacia el objeto de la fobia (en el caso de Ignacio, esto condiciona no sólo su vida sino, en muchas ocasiones, por ejemplo a la hora de las comidas, la de los demás). Excuso deciros cuál es la génesis de esa fobia tan específica que sufre el topógrafo porque, como todo, es mejor descubrirlo en el momento adecuado.
- Dr. Samuel Alvar: director del centro, representa la total y absoluta antítesis de Alicia. Como ya os he comentado, Alvar también es visionario y defensor de esa nueva corriente a la que despectivamente se llamó "antipsiquiatra" y que consistía en la hoy afortunadamente afianzada creencia de que los enfermos de salud mental debían ser considerados como cualquier otro enfermo y, por ende, gozar de los mismos privilegios (paseos o terapia ocupacional, por ejemplo). No obstante, el autor le concede a Alvar otra serie de características que hacen que no sólo "su visión" se empañe sino que el lector sienta escasa o nula empatía por el personaje. Con todo, al final tiene un momento de semi-gloria, pese a no estar presente para verlo.
- La Niña Oscilante: aunque es un personaje muy recurrente durante toda la trama, poco se nos explica de ella más allá de sus notables problemas de relación con la mayoría de los allí presentes (como excepciones cabe mencionar a Rómulo, del que os hablaré en un instante, y a la propia Alicia) y del visual apodo con el que se le bautiza.
Al denominarla "oscilante" cabe pensar que la Almenara se está refiriendo a lo que se conoce con el nombre de estereotipias (movimientos carentes de sentido y utilidad real pero que ayudan a la persona a mantener cierta tranquilidad). Dado que dichas estereotipias son muy típicas del denominado autismo es muy probable que la Niña presentase este cuadro o algún otro englobado dentro del amplio grupo de los trastornos generalizados del desarrollo (TGD) del que ya os hablé hace unos días con El curioso incidente del perro a medianoche.
- Rómulo: apodado el Niño Mimético, su nombre no es casualidad, puesto que en el hospital también está su hermano gemelo (Remo), al que no sólo no reconoce como su gemelo sino que afirma desconocer. Por contra, toma como hermana verdadera a la Niña Oscilante, a la que cuida y protege con todas las consecuencias, que no serán pocas. Importante es señalar el vínculo que se establecerá entre la Niña, Rómulo y Alicia, y si bien éste es esperado, no por ello deja de ser sumamente tierno.
El mote de Rómulo tampoco es casual, viene dado por sus continuas imitaciones de los movimientos de los demás. Esto, por sí mismo, es conocido como ecomimia. Si bien la ecomimia suele ir ligada al resto de ecosíntomas (ecomimia, ecolalia y ecopraxia), en Rómulo sólo encontramos el primero. Varias veces a lo largo de la novela se menciona que su edad mental es de aproximadamente 3 años, por lo que no sería del todo raro que presentase dicha conducta.
- El Hortelano: de nombre Cosme, es el encargado de cuidar el jardín y los huertos pertenecientes al hospital. En su día él también fue paciente, consiguiendo superar su enfermedad. Al haber sido abandonado por su familia, al recibir el alta médica deberá vivir y arreglárselas solo. Sin embargo, al marcharse del hospital Cosme descubrirá que presenta lo que los médicos del centro coinciden en llamar fobia de alejamiento, es decir, aparición súbita de síntomas generales (fiebre, náuseas, vómitos, etc) con la partida del hospital y mejoría no menos súbita de todos ellos al volver a éste. Consciente (y feliz) de que su hogar es la Fuentecilla, decide quedarse allí hasta el final de sus días cuidando los terrenos.
Como conclusión, decir que este es un libro fundamental, necesario, único, para cualquier persona, pertenezca o no al sector sanitario, dado que todos pertenecemos y vivimos en sociedad y esta sociedad, la nuestra, necesita borrar bastante sus prejuicios y mirarse mucho en ese gran espejo que es la vida. ¡Hasta la próxima!
"La verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca."
(Enrique Heine)
sábado, 7 de junio de 2014
Mayo 2014. El curioso incidente del perro a medianoche.
Buenas tardes a todos. Tengo que pediros perdón por el inexcusable parón literario que ha sufrido este blog últimamente, sin embargo, parafraseando a un extraordinario personaje, acontecimientos recientes deben ser tenidos en cuenta.
En primer lugar, a principios de mayo asistí a la boda de mi gran amiga Inés con su no menos grande novio, César. Imagino que estaréis pensando que la celebración de una boda no le impide a una leer y, por supuesto, estáis en lo cierto. De hecho, creedme cuando os digo que no dejé de hacerlo. Tuve el impagable honor de dar un discurso durante la ceremonia, para lo cual me preparé leyendo y releyendo algunos clásicos de la Literatura, por ejemplo Don Juan Tenorio o Romeo y Julieta (si alguno no los ha leído, nunca está de más).
En segundo lugar (y para los que me conocéis, sabéis cómo de importante es para mí este motivo) mis gatas han estado algo pachuchas. En su último celo, decidimos que había llegado el momento de esterilizarlas ya que las pobres lo pasaban realmente mal. Siendo dos, a priori parecía un poco complicado: dos pacientes, dos incisiones, dos collares, visitas dobles al veterinario... Pues bien, ha sido aun más complejo de lo que en un principio habíamos supuesto que iba a ser. Luna y Hada, Hada y Luna, hermanas y siempre amigas, después de la operación, comenzaron a llevarse mal y a atacarse la una a la otra, llegando al punto de odiarse cuasi a muerte. En un piso pequeño como el mío, esto ha generado un enorme problema ya que, obviamente, no podían estar en la misma habitación sin desencadenar la ¿I Guerra Gatuna? (no lo sé, la verdad es que no estoy muy al tanto de la Historia Felina). Esta rivalidad ha supuesto que Luna pasase las 24 horas del día en mi habitación (lo cual, por sí solo, ciertamente no es una gran diferencia), con todos sus bártulos dentro y con la puerta cerrada a cal y canto para que Hada no entrase en cualquier despiste. Un caos, vaya. Según fueron mejorando, poco después de que les quitasen los puntos, empezamos a aplicar lo que los conductistas clásicos (os sonará Pavlov, el del perro y la campanita) denominaban "desensibilización sistemática" que, en este caso, básicamente consistió en ir juntando a las gatas poco a poco, cada día algo más, hasta que dejaron de atacarse y de hablar un dialecto del Pársel entre ellas (para los que no estéis familiarizados con la heptalogía de Harry Potter, el Pársel es el idioma que hablan las serpientes). Finalmente, tras una ardua terapia, vuelven a ser amigas. ¡Objetivo conseguido!
En tercer y último lugar, como no podía ser de otra manera, se encuentran los exámenes. Para todo aquel que estudia una carrera, enero y mayo son sinónimo de agobio, tensión y, por qué no decirlo, malestar general; para un estudiante de medicina, además, es sinónimo de infierno. No es un infierno que queme como el típico, no, es uno que te deja enterrado entre hordas de papeles, libros, manuales y dispositivos electrónicos varios y que limita tu espacio vital a unos 2090 cm2 (una silla de estudio estándar). En honor a la verdad, dejando aparte el hecho de que tengo que volver a la engorrosa Médica II, no puedo quejarme de cómo ha ido el curso.
Y ahora ya, por fin, vamos a lo que nos ocupa, la lectura. Este mes os traigo un libro que, pese a ser corto y fácil de leer, tiene una profundidad bastante notable: El curioso incidente del perro a medianoche de Mark Haddon. Los que seguís este blog con regularidad, sabéis que siempre me gusta hablar del contexto histórico y social en el que un autor decide escribir su obra, ya que éste marca mucho tanto la trama principal como la forma de escribirla. En este caso, el único contexto importante y necesario es el médico.
El término TEA (Trastornos del Espectro Autista) engloba una serie de trastornos caracterizados por la presencia de alteraciones en la interacción social y comunicación y conductas estereotipadas. Dependiendo del trastorno existirá o no retraso en el desarrollo cognitivo. Dentro de este heterogéneo grupo se encuentran, entre otros, el Síndrome de Asperger. Pese a tener ciertas alteraciones en la interacción social así como un estrechamiento en sus intereses y actividades, la persona que padece Asperger no presenta ni alteraciones cognitivas (de hecho, suelen tener un CI bastante alto) ni del lenguaje, aunque éste pueda ser repetitivo, inexpresivo o pedante. Para los que seáis seriéfilos, el ejemplo paradigmático sería el Dr. Sheldon Cooper (uno de los protagonistas de The Big Bang Theory), si bien Sheldon también muestra características de otros trastornos, como el TOC o el trastorno esquizoide.
Sabiendo esto, es el momento de hablaros de Christopher John Francis Boone, protagonista indiscutible de esta novela. Christopher es un chico de 15 años que vive con su padre y con su hámster Toby en Swindon, Wiltshire, Reino Unido. Le gustan las matemáticas, las listas y el color rojo, en cambio odia el amarillo, llegando a anticipar cómo de bueno o de malo va a ser un día según el número de coches rojos o amarillos que ve en el autobús de camino al colegio.
Una noche, la vida de Christopher da un giro de 180º al encontrar a Wellington, el perro de su vecina, asesinado. Tras una incómoda visita a comisaría en la que los policías asumen que él está detrás de todo, decide investigar quién es el verdadero asesino de Wellington.
Aunque descubrir el misterio no le llevará demasiado tiempo, lo verdaderamente interesante y emocionante del libro son todos los pequeños obstáculos cotidianos que tendrá que vencer Christopher para lograr su objetivo. Para él, toda esta investigación supone en sí misma un auténtico reto. Por citar un ejemplo que no destripe nada importante, llega un momento en el que la búsqueda del asesino hace que Christopher tenga que desplazarse a Londres. Swindon es una ciudad situada al suroeste de Inglaterra por lo que, para llegar a Londres, Christopher deberá coger un tren. Superado el ya de por sí difícil trance de llegar a la estación de Swindon, conseguir averiguar qué tren debe coger para llegar a la capital londinense será todo un desafío ya que, entre otras cosas, deberá interaccionar con personas desconocidas y dejarse ayudar por ellas, lo cual para alguien como Christopher es tremendo.
A diferencia de lo que he hecho en otras ocasiones, no voy a hablar del resto de personajes ya que resulta improcedente e, incluso, contraproducente. Añadir, simplemente, que El curioso incidente del perro a medianoche nos permite ponernos en la piel de un muchacho asustado por naturaleza pero decidido a descubrir la verdad con una valentía que debe hacernos reflexionar (y mucho) a todos, una razón más por la cual es un libro altamente recomendable.
Para terminar, os dejo una de las tres frases que durante la lectura más llamaron mi atención. Real como la vida misma, y nunca mejor dicho. ¡Hasta pronto!
"Decía que a mí me gustaban las matemáticas porque son seguras. Decía que me gustaban las matemáticas porque consisten en resolver problemas, y esos problemas son difíciles e interesantes, pero siempre hay una respuesta sencilla al final. Y lo que quería decir es que las matemáticas no son como la vida, porque al final en la vida no hay respuestas sencillas."
En primer lugar, a principios de mayo asistí a la boda de mi gran amiga Inés con su no menos grande novio, César. Imagino que estaréis pensando que la celebración de una boda no le impide a una leer y, por supuesto, estáis en lo cierto. De hecho, creedme cuando os digo que no dejé de hacerlo. Tuve el impagable honor de dar un discurso durante la ceremonia, para lo cual me preparé leyendo y releyendo algunos clásicos de la Literatura, por ejemplo Don Juan Tenorio o Romeo y Julieta (si alguno no los ha leído, nunca está de más).
En segundo lugar (y para los que me conocéis, sabéis cómo de importante es para mí este motivo) mis gatas han estado algo pachuchas. En su último celo, decidimos que había llegado el momento de esterilizarlas ya que las pobres lo pasaban realmente mal. Siendo dos, a priori parecía un poco complicado: dos pacientes, dos incisiones, dos collares, visitas dobles al veterinario... Pues bien, ha sido aun más complejo de lo que en un principio habíamos supuesto que iba a ser. Luna y Hada, Hada y Luna, hermanas y siempre amigas, después de la operación, comenzaron a llevarse mal y a atacarse la una a la otra, llegando al punto de odiarse cuasi a muerte. En un piso pequeño como el mío, esto ha generado un enorme problema ya que, obviamente, no podían estar en la misma habitación sin desencadenar la ¿I Guerra Gatuna? (no lo sé, la verdad es que no estoy muy al tanto de la Historia Felina). Esta rivalidad ha supuesto que Luna pasase las 24 horas del día en mi habitación (lo cual, por sí solo, ciertamente no es una gran diferencia), con todos sus bártulos dentro y con la puerta cerrada a cal y canto para que Hada no entrase en cualquier despiste. Un caos, vaya. Según fueron mejorando, poco después de que les quitasen los puntos, empezamos a aplicar lo que los conductistas clásicos (os sonará Pavlov, el del perro y la campanita) denominaban "desensibilización sistemática" que, en este caso, básicamente consistió en ir juntando a las gatas poco a poco, cada día algo más, hasta que dejaron de atacarse y de hablar un dialecto del Pársel entre ellas (para los que no estéis familiarizados con la heptalogía de Harry Potter, el Pársel es el idioma que hablan las serpientes). Finalmente, tras una ardua terapia, vuelven a ser amigas. ¡Objetivo conseguido!
En tercer y último lugar, como no podía ser de otra manera, se encuentran los exámenes. Para todo aquel que estudia una carrera, enero y mayo son sinónimo de agobio, tensión y, por qué no decirlo, malestar general; para un estudiante de medicina, además, es sinónimo de infierno. No es un infierno que queme como el típico, no, es uno que te deja enterrado entre hordas de papeles, libros, manuales y dispositivos electrónicos varios y que limita tu espacio vital a unos 2090 cm2 (una silla de estudio estándar). En honor a la verdad, dejando aparte el hecho de que tengo que volver a la engorrosa Médica II, no puedo quejarme de cómo ha ido el curso.
Y ahora ya, por fin, vamos a lo que nos ocupa, la lectura. Este mes os traigo un libro que, pese a ser corto y fácil de leer, tiene una profundidad bastante notable: El curioso incidente del perro a medianoche de Mark Haddon. Los que seguís este blog con regularidad, sabéis que siempre me gusta hablar del contexto histórico y social en el que un autor decide escribir su obra, ya que éste marca mucho tanto la trama principal como la forma de escribirla. En este caso, el único contexto importante y necesario es el médico.
El término TEA (Trastornos del Espectro Autista) engloba una serie de trastornos caracterizados por la presencia de alteraciones en la interacción social y comunicación y conductas estereotipadas. Dependiendo del trastorno existirá o no retraso en el desarrollo cognitivo. Dentro de este heterogéneo grupo se encuentran, entre otros, el Síndrome de Asperger. Pese a tener ciertas alteraciones en la interacción social así como un estrechamiento en sus intereses y actividades, la persona que padece Asperger no presenta ni alteraciones cognitivas (de hecho, suelen tener un CI bastante alto) ni del lenguaje, aunque éste pueda ser repetitivo, inexpresivo o pedante. Para los que seáis seriéfilos, el ejemplo paradigmático sería el Dr. Sheldon Cooper (uno de los protagonistas de The Big Bang Theory), si bien Sheldon también muestra características de otros trastornos, como el TOC o el trastorno esquizoide.
Sabiendo esto, es el momento de hablaros de Christopher John Francis Boone, protagonista indiscutible de esta novela. Christopher es un chico de 15 años que vive con su padre y con su hámster Toby en Swindon, Wiltshire, Reino Unido. Le gustan las matemáticas, las listas y el color rojo, en cambio odia el amarillo, llegando a anticipar cómo de bueno o de malo va a ser un día según el número de coches rojos o amarillos que ve en el autobús de camino al colegio.
Una noche, la vida de Christopher da un giro de 180º al encontrar a Wellington, el perro de su vecina, asesinado. Tras una incómoda visita a comisaría en la que los policías asumen que él está detrás de todo, decide investigar quién es el verdadero asesino de Wellington.
Aunque descubrir el misterio no le llevará demasiado tiempo, lo verdaderamente interesante y emocionante del libro son todos los pequeños obstáculos cotidianos que tendrá que vencer Christopher para lograr su objetivo. Para él, toda esta investigación supone en sí misma un auténtico reto. Por citar un ejemplo que no destripe nada importante, llega un momento en el que la búsqueda del asesino hace que Christopher tenga que desplazarse a Londres. Swindon es una ciudad situada al suroeste de Inglaterra por lo que, para llegar a Londres, Christopher deberá coger un tren. Superado el ya de por sí difícil trance de llegar a la estación de Swindon, conseguir averiguar qué tren debe coger para llegar a la capital londinense será todo un desafío ya que, entre otras cosas, deberá interaccionar con personas desconocidas y dejarse ayudar por ellas, lo cual para alguien como Christopher es tremendo.
A diferencia de lo que he hecho en otras ocasiones, no voy a hablar del resto de personajes ya que resulta improcedente e, incluso, contraproducente. Añadir, simplemente, que El curioso incidente del perro a medianoche nos permite ponernos en la piel de un muchacho asustado por naturaleza pero decidido a descubrir la verdad con una valentía que debe hacernos reflexionar (y mucho) a todos, una razón más por la cual es un libro altamente recomendable.
Para terminar, os dejo una de las tres frases que durante la lectura más llamaron mi atención. Real como la vida misma, y nunca mejor dicho. ¡Hasta pronto!
"Decía que a mí me gustaban las matemáticas porque son seguras. Decía que me gustaban las matemáticas porque consisten en resolver problemas, y esos problemas son difíciles e interesantes, pero siempre hay una respuesta sencilla al final. Y lo que quería decir es que las matemáticas no son como la vida, porque al final en la vida no hay respuestas sencillas."
domingo, 16 de marzo de 2014
Marzo 2014 (1ª parte, con suerte). Las cien mejores poesías de amor de la lengua castellana.
Hola a todos, hoy os traigo una primicia. ¿Por qué? Porque el libro del que voy a hablar se ha presentado esta tarde, hace escasamente 5 horas. No obstante, empecemos por el principio: qué hacía yo un sábado (sin exámenes de por medio, lo cual es casi milagroso) yendo a la presentación de un libro. Para entenderlo, tenemos que remontarnos 9 años...
Septiembre del 2005. Por aquel entonces yo tenía 14 años y comenzaba 3º ESO. La verdad es que, en general, estaba muy contenta. Los alumnos habíamos sido recolocados y en mi clase estaban prácticamente todos mis amigos y los que, por desconocimiento, aún no lo eran no tardaron en serlo, convirtiéndose muchos de ellos en grandes pilares en el futuro. Sin embargo, no es eso por lo que recuerdo con cariño ese año. Para todo estudiante, cada año tiene un significado especial por algo, por alguien o, a veces, por ambos. En mi caso, fue por lo segundo. Recuerdo muchos profesores a lo largo de mi vida (en honor a la verdad, no puedo quejarme demasiado de los que he tenido) pero hay una que marcó un antes y un después: Feli, mi profesora de Lengua y Literatura.
Supongo que ahora estaréis pensando que yo era de esas que en clase se ponía en la primera fila y siempre, siempre, tenía la mano levantada dispuesta a responder cualquier pregunta que se le pusiera por delante. Pues no. Aquel año, mi sitio fue la tercera fila de la tercera columna, es decir, la más cercana a la puerta (no me preguntéis cómo lo recuerdo porque no lo sé, pero así fue) y, aunque ciertamente siempre he sido buena estudiante, no era tan enfermiza como Hermione Granger (o al menos yo no me veía así).
Pero bien, vamos al lío, ¿por qué marcó un antes y un después? En primer lugar porque de ahí surgió una amistad que todavía hoy, muchos años y muchas experiencias después, sigue completamente vigente. En segundo, porque fue la primera vez (o de las primeras) que llegue a amar una asignatura, entendiendo por amar el hecho de que estudiarla no resultaba una obligación, sino más bien todo lo contrario. En tercer lugar porque, complementando las bases y principios que yo ya recibía en casa, fue una profesora que me enseñó a pensar y a ser crítica con lo que me rodeaba, ¡ojo! no crítica en el sentido de "todo me parece mal", sino a saber filtrar cualquier tipo de información, viniese ésta de dónde o de quién viniese. En cuarto y último lugar porque, aunque hoy esté en 5º de Medicina (con todas las luces y todas las sombras que eso pueda conllevar), durante mucho tiempo, años incluso, consideré muy seriamente la idea de ser periodista, y de eso la única culpable es Feli. Culpable por mandarnos hacer una redacción al mes durante todo el curso (recuerdo que en la primera teníamos que hablar sobre 'Héroes', yo hablé de Bush hijo, como antihéroe, claro está, no os vayáis a pensar), por sembrar en mí la sed de la cultura y del arte, de la gramática y de la dialéctica, grandes olvidadas hoy en día. Por todo esto y mucho más, puedo decir también que ella es una de las culpables de que yo sea, hoy por hoy, tal y como soy.
Pero volvamos al presente. Al finalizar mi etapa en el instituto, la relación profesora-alumna se tornó en amistad, amistad que nosotras cuidamos, escribiéndonos periódicamente y viéndonos cuando nos es posible. Así pues, siguiendo con nuestro ritual, el otro día recibí un correo suyo. Contenía una invitación para la presentación de un libro, Las cien mejores poesías de amor de la lengua castellana de Juan Francisco Peña, así que allí que me he ido.
Los más suspicaces puede que os hayáis dado cuenta de un detalle: si la presentación ha sido hace 5 horas... ¿cómo es posible que te hayas leído ya el libro? ¡Bravo, avispado lector, bravo! Sí, vale, bien, estoy haciendo un poco de trampa pero, de los 100, os aseguro que he leído más de 2 y más de 3, y estoy segura de que vosotros también. Además, la poesía no es como la novela. Podríamos hablar de Jane Eyre, de La ladrona de libros o de Anna Karénina y todos contaríamos más o menos lo mismo, matiz arriba, matiz abajo, porque la narración (sustento fundamental de una novela), es objetiva. La poesía, no. No tendría sentido que me pusiera a desgranar cada poema, verso por verso, palabra por palabra, porque lo que para mí puede ser desgarrador, sensual o erótico para otra persona puede tener un significado completamente diferente y, por consiguiente, hacerle sentir algo totalmente distinto.
No, hoy no voy a hablaros del libro, ni de los sonetos que lo componen, ni de por qué el estilo de Garcilaso es radicalmente opuesto al de Gil de Biedma. No, todas esas cosas es mejor descubrirlas por uno mismo. Sí puedo hablaros, en cambio, del tema del que versa el libro: el amor.
No os penséis que voy a hacer una disertación empalagosa sobre el tema, en absoluto. Mi opinión sobre el amor es la misma que Nietzsche tenía sobre Dios (supongo que sabéis lo que él pensaba de Él, pero si no buscadlo, es interesante). El otro día una amiga, a la que quiero y aprecio muchísimo y que sin duda se reconocerá en estas palabras, me dijo que el único amor que seguía existiendo es el amor a tu descendencia, frase dura donde las haya.
Reconozco que todo esto puede sonar algo cínico, pero la vida te enseña a serlo, es un mecanismo de supervivencia como otro cualquiera (¿veis?, más cinismo).
Como estudiante de medicina podría hablaros del amor desde una vertiente puramente científica y explicaros cómo cuando vemos a la persona amada la adrenalina se desata, aumentando nuestra frecuencia cardíaca, nuestra tensión arterial y, en general, todo nuestro metabolismo. Pero no haré eso porque eso sería simplificar demasiado y muy fríamente las cosas y, en realidad, contra todo pronóstico, soy toda una romántica. No una romántica empedernida, entendámonos, ciertamente me he moderado, no se ve igual el amor con 15 que con 20, como imagino que no se ve igual con 30 que con 50, pero la verdad es que lo soy.
Me parece importante aclarar que cuando digo romántica no me refiero a ver el mundo bajo un manto imperturbable de color rosa, a vomitar arco iris o a buscar día a día a un pitufo montado a caballo, fundamentalmente porque esa idea (tristemente arraigada en nuestra memoria colectiva) de que la mujer necesita ser salvada también me aumenta la adrenalina, pero por motivos bien distintos. No. Creo en el amor sincero, en uno que no necesita palabrería para ser real, en uno que nos complemente y madure con el tiempo, en uno que nos haga libres.
Algunos estaréis pensando que más que romántica, lo que soy es ingenua y puede que tengáis razón pero, de momento, dejadme que os conteste con esta frase que Juan Francisco Peña me ha escrito como dedicatoria en su libro:
Buenas noches y, con suerte, hasta dentro de unos días cuando quizá haya podido leer de verdad algún libro.
Septiembre del 2005. Por aquel entonces yo tenía 14 años y comenzaba 3º ESO. La verdad es que, en general, estaba muy contenta. Los alumnos habíamos sido recolocados y en mi clase estaban prácticamente todos mis amigos y los que, por desconocimiento, aún no lo eran no tardaron en serlo, convirtiéndose muchos de ellos en grandes pilares en el futuro. Sin embargo, no es eso por lo que recuerdo con cariño ese año. Para todo estudiante, cada año tiene un significado especial por algo, por alguien o, a veces, por ambos. En mi caso, fue por lo segundo. Recuerdo muchos profesores a lo largo de mi vida (en honor a la verdad, no puedo quejarme demasiado de los que he tenido) pero hay una que marcó un antes y un después: Feli, mi profesora de Lengua y Literatura.
Supongo que ahora estaréis pensando que yo era de esas que en clase se ponía en la primera fila y siempre, siempre, tenía la mano levantada dispuesta a responder cualquier pregunta que se le pusiera por delante. Pues no. Aquel año, mi sitio fue la tercera fila de la tercera columna, es decir, la más cercana a la puerta (no me preguntéis cómo lo recuerdo porque no lo sé, pero así fue) y, aunque ciertamente siempre he sido buena estudiante, no era tan enfermiza como Hermione Granger (o al menos yo no me veía así).
Pero bien, vamos al lío, ¿por qué marcó un antes y un después? En primer lugar porque de ahí surgió una amistad que todavía hoy, muchos años y muchas experiencias después, sigue completamente vigente. En segundo, porque fue la primera vez (o de las primeras) que llegue a amar una asignatura, entendiendo por amar el hecho de que estudiarla no resultaba una obligación, sino más bien todo lo contrario. En tercer lugar porque, complementando las bases y principios que yo ya recibía en casa, fue una profesora que me enseñó a pensar y a ser crítica con lo que me rodeaba, ¡ojo! no crítica en el sentido de "todo me parece mal", sino a saber filtrar cualquier tipo de información, viniese ésta de dónde o de quién viniese. En cuarto y último lugar porque, aunque hoy esté en 5º de Medicina (con todas las luces y todas las sombras que eso pueda conllevar), durante mucho tiempo, años incluso, consideré muy seriamente la idea de ser periodista, y de eso la única culpable es Feli. Culpable por mandarnos hacer una redacción al mes durante todo el curso (recuerdo que en la primera teníamos que hablar sobre 'Héroes', yo hablé de Bush hijo, como antihéroe, claro está, no os vayáis a pensar), por sembrar en mí la sed de la cultura y del arte, de la gramática y de la dialéctica, grandes olvidadas hoy en día. Por todo esto y mucho más, puedo decir también que ella es una de las culpables de que yo sea, hoy por hoy, tal y como soy.
Pero volvamos al presente. Al finalizar mi etapa en el instituto, la relación profesora-alumna se tornó en amistad, amistad que nosotras cuidamos, escribiéndonos periódicamente y viéndonos cuando nos es posible. Así pues, siguiendo con nuestro ritual, el otro día recibí un correo suyo. Contenía una invitación para la presentación de un libro, Las cien mejores poesías de amor de la lengua castellana de Juan Francisco Peña, así que allí que me he ido.
Los más suspicaces puede que os hayáis dado cuenta de un detalle: si la presentación ha sido hace 5 horas... ¿cómo es posible que te hayas leído ya el libro? ¡Bravo, avispado lector, bravo! Sí, vale, bien, estoy haciendo un poco de trampa pero, de los 100, os aseguro que he leído más de 2 y más de 3, y estoy segura de que vosotros también. Además, la poesía no es como la novela. Podríamos hablar de Jane Eyre, de La ladrona de libros o de Anna Karénina y todos contaríamos más o menos lo mismo, matiz arriba, matiz abajo, porque la narración (sustento fundamental de una novela), es objetiva. La poesía, no. No tendría sentido que me pusiera a desgranar cada poema, verso por verso, palabra por palabra, porque lo que para mí puede ser desgarrador, sensual o erótico para otra persona puede tener un significado completamente diferente y, por consiguiente, hacerle sentir algo totalmente distinto.
No, hoy no voy a hablaros del libro, ni de los sonetos que lo componen, ni de por qué el estilo de Garcilaso es radicalmente opuesto al de Gil de Biedma. No, todas esas cosas es mejor descubrirlas por uno mismo. Sí puedo hablaros, en cambio, del tema del que versa el libro: el amor.
No os penséis que voy a hacer una disertación empalagosa sobre el tema, en absoluto. Mi opinión sobre el amor es la misma que Nietzsche tenía sobre Dios (supongo que sabéis lo que él pensaba de Él, pero si no buscadlo, es interesante). El otro día una amiga, a la que quiero y aprecio muchísimo y que sin duda se reconocerá en estas palabras, me dijo que el único amor que seguía existiendo es el amor a tu descendencia, frase dura donde las haya.
Reconozco que todo esto puede sonar algo cínico, pero la vida te enseña a serlo, es un mecanismo de supervivencia como otro cualquiera (¿veis?, más cinismo).
Como estudiante de medicina podría hablaros del amor desde una vertiente puramente científica y explicaros cómo cuando vemos a la persona amada la adrenalina se desata, aumentando nuestra frecuencia cardíaca, nuestra tensión arterial y, en general, todo nuestro metabolismo. Pero no haré eso porque eso sería simplificar demasiado y muy fríamente las cosas y, en realidad, contra todo pronóstico, soy toda una romántica. No una romántica empedernida, entendámonos, ciertamente me he moderado, no se ve igual el amor con 15 que con 20, como imagino que no se ve igual con 30 que con 50, pero la verdad es que lo soy.
Me parece importante aclarar que cuando digo romántica no me refiero a ver el mundo bajo un manto imperturbable de color rosa, a vomitar arco iris o a buscar día a día a un pitufo montado a caballo, fundamentalmente porque esa idea (tristemente arraigada en nuestra memoria colectiva) de que la mujer necesita ser salvada también me aumenta la adrenalina, pero por motivos bien distintos. No. Creo en el amor sincero, en uno que no necesita palabrería para ser real, en uno que nos complemente y madure con el tiempo, en uno que nos haga libres.
Algunos estaréis pensando que más que romántica, lo que soy es ingenua y puede que tengáis razón pero, de momento, dejadme que os conteste con esta frase que Juan Francisco Peña me ha escrito como dedicatoria en su libro:
"Es vida perdida vivir sin amor"
Buenas noches y, con suerte, hasta dentro de unos días cuando quizá haya podido leer de verdad algún libro.
jueves, 27 de febrero de 2014
Febrero 2014. La ladrona de libros.
"A menudo deseo que todo esto acabe, Liesel, pero entonces, no sé cómo, pasa algo... tú bajas al sótano con un muñeco de nieve en las manos".
Hola a todos, espero que estéis bien. Como seguramente hayáis observado, este mes se me ha echado el tiempo un poco encima a la hora de actualizar el blog pero es que febrero... ha sido mucho febrero. Al interminable trajín de los exámenes se suma otro que, para los estudiantes de 5º, lleva siendo tema de conversación casi un mes: la elección de academia. ¿Academia para qué, os estaréis preguntando? ¡Ay, criaturitas, pues para el MIR! Ese examen de 235 preguntas que en 1º te parece lo más lejano del mundo, algo que sufren otros, pero que en 5º te acecha a cada minuto del día.
Además este mes he tenido una regresión a mi más tierna adolescencia, si no infancia. Seguro que ahora esperáis que haga un comentario precioso e incluso filosófico sobre la vida y sobre madurar (o sobre no hacerlo, que también hay casos). Pues no. Es mucho más simple que todo eso: se me ha roto el móvil. A priori puede parecer un tema algo frívolo y lo cierto es que sí, lo es; sin embargo, me ha hecho vivir en el caos absoluto durante varias semanas. Por citar un ejemplo os diré que me quedé con un libro de la biblioteca de la universidad casi 10 días más de lo permitido porque el aviso de finalización del préstamo te lo mandan (¿lo adivináis?) vía sms al móvil. La nota positiva es que he tenido algo más de tiempo libre. Tiempo que, entre otras cosas, he utilizado para leer.
Este mes me he permitido el lujo de empezar la entrada con una frase del libro escogido, La ladrona de libros. Podría haber elegido muchas otras pero me he decantado por esta porque, sin profundizar demasiado en la trama, es un buen resumen de lo que en ella ocurre.
A diferencia de lo que sucedía en Jane Eyre, el contexto histórico-social del autor no coincide en absoluto con el contexto de su novela. Markus Zusak, nacido en 1975 en Sidney, Australia, publicó La ladrona de libros en 2005, obteniendo desde entonces numerosos premios. Por hacer un poco de memoria (poca, que el 2005 nos pilla todavía cerca) en ese año la gripe aviar nos tenía a todos bastante histéricos, el huracán Katrina devastó la costa de Nueva Orleans, Merkel se convirtió en la primera canciller alemana y Amenábar ganó su primer Oscar gracias a Mar adentro.
Sin embargo, la vida que le tocó vivir a Liesel Meminger (protagonista de la novela) fue muy distinta: la acción comienza en enero de 1939 en Himmelstrasse, un pequeño pueblo cercano a Múnich, en la Alemania previa a la Segunda Guerra Mundial, con Hitler y su poderosísimo partido como telón de fondo.
La novela está dividida en diez partes, compuestas a su vez de varios capítulos y está contada por un narrador muy especial que nos guiará (con cierto cinismo e ironía, todo hay que decirlo) por la vida de Liesel Meminger, una niña de 10 años que, de la noche a la mañana, ve como todo su mundo se desmorona y cambia para siempre.
Liesel llega a Himmeltrasse tras un desgraciado viaje en tren en el que verá morir a su hermano y desaparecer a su madre. Allí la esperan los Hubermann, quienes habrán de convertirse en sus padres adoptivos. Por un lado, Hans Hubermann, dulce y sensible, será el que más rápidamente se gane el cariño y la admiración de la pequeña; por otro, la férrea Rosa Hubermann quien, pese a tener un carácter más tosco y desagradable que su marido, demostrará la misma bondad y coraje que él.
Aunque la vida de Liesel en Himmeltrasse no va a empezar con demasiado muy buen pie, poco a poco irá haciendo nuevos amigos (mención aparte merece el personaje de Rudy Steiner) y aumentando su confianza en sí misma, en gran medida gracias a su padre, quien le enseñará a leer. Llamadme romántica, pero el amor que Liesel empieza a manifestar por la lectura y las palabras se convierte para ella en una perpetua llama de luz, luz con la que no sólo iluminará a los demás sino con la que combatirá la potente y asfixiante oscuridad que se respiraba en la Alemania de 1939.
En un momento dado de la novela, casi rompiendo con todo lo anterior, la acción se traslada a Stuttgart, mostrándonos la Kristallnacht, La Noche de los Cristales Rotos. Max Vanderburg es un judío que, gracias a un amigo de la infancia (ahora militante del partido nazi), logra salvar milagrosamente la vida y esconderse. Meses después, y bajo una identidad falsa, Max consigue llegar a Himmeltrasse, donde se convertirá en poco menos que una sombra del sótano de los Hubermann. Enfermo, famélico, deprimido, sin ganas de vivir dominado por la culpa de haber dejado a su familia en Stuttgart, parece cuestión de tiempo que sucumba a la muerte. Será justamente Liesel la que con su luz ilumine la penosa existencia y atormentada alma de Max, hasta hacerle brillar con luz propia. A partir de ese momento la relación entre Liesel y Max les hará crecer personal y culturalmente de una forma totalmente insospechada, tanto para ellos, como para el lector.
Del argumento, no puedo contaros mucho más porque os destriparía grandes momentos que merecen ser descubiertos durante la lectura. Paso a hablar brevemente de los personajes principales:
- Liesel Meminger: protagonista indiscutible de la novela y de su vida (puede sonar evidente pero, honradamente, ¿cuántos podemos decir algo así?). Simboliza todo lo potencialmente simbolizable: la bondad, la nobleza, el coraje, el sacrificio, el amor. Todo. No os he exagerado cuando antes, comentando el argumento, os he dicho que Liesel es luz, toda ella es una gran estrella.
Es importante destacar la evolución tan marcada que sufre el personaje a lo largo de toda la novela: cuando conocemos a Liesel es una niña asustada que acaba de perder todo lo que la es querido y conocido, al despedirnos de ella, lo hacemos con cariño, respeto y admiración.
- Max Vanderburg: pese a no ser el héroe de la novela (digamos que es tan sólo un semihéroe), sí es mi favorito. Presentando también una importante crisis, creo que es el personaje más completo y más complejo, además de ser el más creíble, o al menos uno de los que más. Es interesante ver cómo cambia durante la obra, no sólo físicamente (donde los cambios son evidentes) sino, sobre todo, psicológicamente. En la primera parte de la novela, simboliza la culpa, la denominada "culpa del superviviente" y la consiguiente expiación que se autoimpone (en su caso, malvivir en un mínimo sótano). En la segunda parte, al igual que Liesel, simboliza la lucha, la resistencia, el deseo y la convicción de defender unos ideales justos por encima de todo, incluso aunque eso te cueste la vida.
Supongo que a estas alturas ya lo habréis adivinado, pero la frase que he escogido es de Max.
- Los Hubermann: como ya he comentado, en un primer momento pueden parecer un matrimonio demasiado diferente entre sí, incluso mal avenido. Sin embargo, conforme vas conociéndolos, te das cuenta de que Hans y Rosa, Rosa y Hans, no son tan distintos. Ambos resisten, ambos ayudan, ambos luchan. Uno lo hace por motivos algo más sentimentales, otro por motivos más racionales, pero ahí están los dos, jugándose sus trabajos, su casa e incluso su vida por salvar la de otro ser humano.
- Rudy Steiner: pone la nota cómica a la novela, lo cual le hace ser un personaje tremendamente necesario. Es el mejor amigo de Liesel pero, como todo el mundo sabe (Liesel incluida), está enamorado de ella desde el primer momento en el que la vio en el que, por cierto, ya os lo adelanto, ganó Liesel. Quizá es el personaje que menos cambia a lo largo de toda la novela, pero en realidad no le hace falta; representa la inocencia y la bondad, valores que nunca están de más pero que, desgraciadamente, tal y como pasara en 1939, muchas personas se empeñan en despreciar.
- El narrador: es muy difícil hablar de este "personaje" sin deciros de antemano quién es. Si estáis pensando en leer esta novela os daré un consejo: no leáis la contraportada antes de hacerlo. Puede que yo sea algo torpe pero, sin haberla leído previamente, no supe a ciencia cierta quién era el narrador hasta la página 244 (creo que tiene unas 580), es decir, hasta prácticamente la mitad del libro.
Es el narrador porque tiene que serlo, porque ningún otro hubiese podido hacerlo, porque estuvo allí, porque estuvo aquí, porque ha visto lo peor pero también lo mejor del ser humano.
Sobre la película, estrenada en enero de este año, simplemente añadir que es preciosa, fiel, tierna y diferente. Incluso para aquellos que estéis saturados o directamente hartos del tema de la Segunda Guerra Mundial, os recomendaría que la vieseis. No defrauda, merece mucho la pena.
Espero que os haya gustado el análisis. ¡Hasta el mes que viene!
Hola a todos, espero que estéis bien. Como seguramente hayáis observado, este mes se me ha echado el tiempo un poco encima a la hora de actualizar el blog pero es que febrero... ha sido mucho febrero. Al interminable trajín de los exámenes se suma otro que, para los estudiantes de 5º, lleva siendo tema de conversación casi un mes: la elección de academia. ¿Academia para qué, os estaréis preguntando? ¡Ay, criaturitas, pues para el MIR! Ese examen de 235 preguntas que en 1º te parece lo más lejano del mundo, algo que sufren otros, pero que en 5º te acecha a cada minuto del día.
Además este mes he tenido una regresión a mi más tierna adolescencia, si no infancia. Seguro que ahora esperáis que haga un comentario precioso e incluso filosófico sobre la vida y sobre madurar (o sobre no hacerlo, que también hay casos). Pues no. Es mucho más simple que todo eso: se me ha roto el móvil. A priori puede parecer un tema algo frívolo y lo cierto es que sí, lo es; sin embargo, me ha hecho vivir en el caos absoluto durante varias semanas. Por citar un ejemplo os diré que me quedé con un libro de la biblioteca de la universidad casi 10 días más de lo permitido porque el aviso de finalización del préstamo te lo mandan (¿lo adivináis?) vía sms al móvil. La nota positiva es que he tenido algo más de tiempo libre. Tiempo que, entre otras cosas, he utilizado para leer.
Este mes me he permitido el lujo de empezar la entrada con una frase del libro escogido, La ladrona de libros. Podría haber elegido muchas otras pero me he decantado por esta porque, sin profundizar demasiado en la trama, es un buen resumen de lo que en ella ocurre.
A diferencia de lo que sucedía en Jane Eyre, el contexto histórico-social del autor no coincide en absoluto con el contexto de su novela. Markus Zusak, nacido en 1975 en Sidney, Australia, publicó La ladrona de libros en 2005, obteniendo desde entonces numerosos premios. Por hacer un poco de memoria (poca, que el 2005 nos pilla todavía cerca) en ese año la gripe aviar nos tenía a todos bastante histéricos, el huracán Katrina devastó la costa de Nueva Orleans, Merkel se convirtió en la primera canciller alemana y Amenábar ganó su primer Oscar gracias a Mar adentro.
Sin embargo, la vida que le tocó vivir a Liesel Meminger (protagonista de la novela) fue muy distinta: la acción comienza en enero de 1939 en Himmelstrasse, un pequeño pueblo cercano a Múnich, en la Alemania previa a la Segunda Guerra Mundial, con Hitler y su poderosísimo partido como telón de fondo.
La novela está dividida en diez partes, compuestas a su vez de varios capítulos y está contada por un narrador muy especial que nos guiará (con cierto cinismo e ironía, todo hay que decirlo) por la vida de Liesel Meminger, una niña de 10 años que, de la noche a la mañana, ve como todo su mundo se desmorona y cambia para siempre.
Liesel llega a Himmeltrasse tras un desgraciado viaje en tren en el que verá morir a su hermano y desaparecer a su madre. Allí la esperan los Hubermann, quienes habrán de convertirse en sus padres adoptivos. Por un lado, Hans Hubermann, dulce y sensible, será el que más rápidamente se gane el cariño y la admiración de la pequeña; por otro, la férrea Rosa Hubermann quien, pese a tener un carácter más tosco y desagradable que su marido, demostrará la misma bondad y coraje que él.
Aunque la vida de Liesel en Himmeltrasse no va a empezar con demasiado muy buen pie, poco a poco irá haciendo nuevos amigos (mención aparte merece el personaje de Rudy Steiner) y aumentando su confianza en sí misma, en gran medida gracias a su padre, quien le enseñará a leer. Llamadme romántica, pero el amor que Liesel empieza a manifestar por la lectura y las palabras se convierte para ella en una perpetua llama de luz, luz con la que no sólo iluminará a los demás sino con la que combatirá la potente y asfixiante oscuridad que se respiraba en la Alemania de 1939.
En un momento dado de la novela, casi rompiendo con todo lo anterior, la acción se traslada a Stuttgart, mostrándonos la Kristallnacht, La Noche de los Cristales Rotos. Max Vanderburg es un judío que, gracias a un amigo de la infancia (ahora militante del partido nazi), logra salvar milagrosamente la vida y esconderse. Meses después, y bajo una identidad falsa, Max consigue llegar a Himmeltrasse, donde se convertirá en poco menos que una sombra del sótano de los Hubermann. Enfermo, famélico, deprimido, sin ganas de vivir dominado por la culpa de haber dejado a su familia en Stuttgart, parece cuestión de tiempo que sucumba a la muerte. Será justamente Liesel la que con su luz ilumine la penosa existencia y atormentada alma de Max, hasta hacerle brillar con luz propia. A partir de ese momento la relación entre Liesel y Max les hará crecer personal y culturalmente de una forma totalmente insospechada, tanto para ellos, como para el lector.
Del argumento, no puedo contaros mucho más porque os destriparía grandes momentos que merecen ser descubiertos durante la lectura. Paso a hablar brevemente de los personajes principales:
- Liesel Meminger: protagonista indiscutible de la novela y de su vida (puede sonar evidente pero, honradamente, ¿cuántos podemos decir algo así?). Simboliza todo lo potencialmente simbolizable: la bondad, la nobleza, el coraje, el sacrificio, el amor. Todo. No os he exagerado cuando antes, comentando el argumento, os he dicho que Liesel es luz, toda ella es una gran estrella.
Es importante destacar la evolución tan marcada que sufre el personaje a lo largo de toda la novela: cuando conocemos a Liesel es una niña asustada que acaba de perder todo lo que la es querido y conocido, al despedirnos de ella, lo hacemos con cariño, respeto y admiración.
- Max Vanderburg: pese a no ser el héroe de la novela (digamos que es tan sólo un semihéroe), sí es mi favorito. Presentando también una importante crisis, creo que es el personaje más completo y más complejo, además de ser el más creíble, o al menos uno de los que más. Es interesante ver cómo cambia durante la obra, no sólo físicamente (donde los cambios son evidentes) sino, sobre todo, psicológicamente. En la primera parte de la novela, simboliza la culpa, la denominada "culpa del superviviente" y la consiguiente expiación que se autoimpone (en su caso, malvivir en un mínimo sótano). En la segunda parte, al igual que Liesel, simboliza la lucha, la resistencia, el deseo y la convicción de defender unos ideales justos por encima de todo, incluso aunque eso te cueste la vida.
Supongo que a estas alturas ya lo habréis adivinado, pero la frase que he escogido es de Max.
- Los Hubermann: como ya he comentado, en un primer momento pueden parecer un matrimonio demasiado diferente entre sí, incluso mal avenido. Sin embargo, conforme vas conociéndolos, te das cuenta de que Hans y Rosa, Rosa y Hans, no son tan distintos. Ambos resisten, ambos ayudan, ambos luchan. Uno lo hace por motivos algo más sentimentales, otro por motivos más racionales, pero ahí están los dos, jugándose sus trabajos, su casa e incluso su vida por salvar la de otro ser humano.
- Rudy Steiner: pone la nota cómica a la novela, lo cual le hace ser un personaje tremendamente necesario. Es el mejor amigo de Liesel pero, como todo el mundo sabe (Liesel incluida), está enamorado de ella desde el primer momento en el que la vio en el que, por cierto, ya os lo adelanto, ganó Liesel. Quizá es el personaje que menos cambia a lo largo de toda la novela, pero en realidad no le hace falta; representa la inocencia y la bondad, valores que nunca están de más pero que, desgraciadamente, tal y como pasara en 1939, muchas personas se empeñan en despreciar.
- El narrador: es muy difícil hablar de este "personaje" sin deciros de antemano quién es. Si estáis pensando en leer esta novela os daré un consejo: no leáis la contraportada antes de hacerlo. Puede que yo sea algo torpe pero, sin haberla leído previamente, no supe a ciencia cierta quién era el narrador hasta la página 244 (creo que tiene unas 580), es decir, hasta prácticamente la mitad del libro.
Es el narrador porque tiene que serlo, porque ningún otro hubiese podido hacerlo, porque estuvo allí, porque estuvo aquí, porque ha visto lo peor pero también lo mejor del ser humano.
Sobre la película, estrenada en enero de este año, simplemente añadir que es preciosa, fiel, tierna y diferente. Incluso para aquellos que estéis saturados o directamente hartos del tema de la Segunda Guerra Mundial, os recomendaría que la vieseis. No defrauda, merece mucho la pena.
Espero que os haya gustado el análisis. ¡Hasta el mes que viene!
jueves, 16 de enero de 2014
Agosto (August: Osage County)
Hola a todos,
Todavía no ha terminado enero así que no, no escribo para hablaros de algún libro que haya leído, fundamentalmente porque en los últimos días no he tenido tiempo de leer nada que no sea el Farreras o mis (en ocasiones inabarcables) apuntes. No obstante, sí puedo decir que, de esa enorme lista de libros que mencioné la última vez, ya he seleccionado cuál será el próximo que leeré. De momento os dejo con la intriga.
Pese a estar en mitad de la época de exámenes (os aseguro que si no fuera así no hablaría del Farreras como "libro de lectura"), hay días en los que una necesita descansar, a veces simplemente para parar y resetear, a veces para celebrar triunfos, a veces para ambas. Así que ayer decidí ir al cine.
Hacía ya tiempo que había marcado en mi agenda la película Agosto como una de esas que uno no debe dejar pasar y la verdad es que, perdonad mi falta de modestia, acerté de lleno. A priori, si sólo ves el cartel de la película, incluso si únicamente lees la sinopsis, puede parecerte una película más, un drama más sobre la familia y las relaciones humanas. Pero ¡ay, amigos!, ¡qué familia! y, sobre todo, ¡qué drama! Es una película que literalmente te desgarra por dentro, no por lo cínica, ni por lo dura, ni siquiera por lo brutal que es, sino por lo real, por lo terriblemente real que es. Dudo que nadie que la vea (si es realmente honesto consigo mismo) pueda no sentirse identificado con uno, con dos, con tres personajes, con alguna trama, con alguna escena. Es una película que te implica y que se implica, lo cual es de agradecer.
Agosto es una película compleja, y como tal su sinopsis también debería serlo. Sin embargo, una fácil y simple bien podría ser esta: Meryl Streep. Sin haber visto Blue Jasmine de Woody Allen, y aclarando que sus películas me encantan (Match point o Midnight in Paris son de mis favoritas), si este año el Oscar a Mejor Actriz se lo lleva Cate Blanchett y no ella, se cometerá una absoluta injusticia. Y es que Meryl Streep, con sus 64 años como 64 soles (una edad en la que pocas siguen pudiendo pertenecer a ese paraíso terrenal al que llaman Hollywood), sostiene toda la película. Si bien la cinta está plagada de buenas interpretaciones (Julia Roberts interpreta sin duda alguna uno de los mejores papeles de su vida -me refiero, claro, en cuanto a complejidad y profundidad del personaje, no respecto a la fama que le haya reportado éste- y, por citar a tres que me conmovieron especialmente, Chris Cooper, Julianne Nicholson y Benedict Cumberbatch elevan el término de "personaje secundario" a un nivel poco explorado hasta ahora), es ella, Meryl, quien sirve de eje conductor para contar lo que Agosto pretende contarnos.
La historia se centra en los Weston, una peculiar y complicada familia con sus miembros bastante desperdigados y perdidos que, a consecuencia de la misteriosa desaparición del patriarca, Beverly Weston, debe reunirse y compartir el agobiante y bochornoso espacio en una mansión de Pawhuska, Oklahoma. No se puede decir mucho más de la trama sin destriparla, así que simplemente diré que aun en el caso de que no estuviese bien rodada y bien ambientada o no tuviese una buena fotografía o banda sonora, en realidad daría igual, pues es en la narración, en los mordaces, satíricos e hirientes diálogos, donde radica su verdadero encanto, su verdadera fuerza.
Sobre los personajes, en cambio, sí puede decirse algo más. Violet Weston, la matriarca, es una mujer de carácter difícil y controlador que se convierte desde el principio en el foco aglutinador de su familia pero también (y justo ahí radica su importancia) en el punto neurálgico de la reunión, lo cual le encanta. Sus hijas lejos de ser para ella un orgullo son, como poco, una decepción. Primero está Ivy, quien siempre está ahí, a su lado, dedicándose a ella y recibiendo a cambio un trato bastante poco amigable. De las tres es probablemente la más inteligente y, desde luego, la más en paz consigo misma. Después está Barbara (la favorita de Beverly) quien tiempo atrás puso tierra de por medio yéndose a vivir a Colorado con Bill, su marido. Acompañados por su hija Jean, vuelven juntos (que no revueltos) a la casa familiar, lo cual hará que los dos tengan que exponerse cara a cara con su futuro...y con su pasado. Por último está Karen, quien parece vivir completamente al margen de la realidad. Junto con Mattie Fae (hermana de Violet) es el contrapunto divertido e histriónico de esta tragicomedia. Aparece acompañada de su prometido, Steve Heidebrecht, un hombre que prácticamente le dobla la edad y que será uno de los detonantes para el desenlace de la película.
Mattie Fae, pese a que al principio se nos presenta como un personaje algo ridículo, dispuesto a poner la nota cómica, es mucho más de lo que dice y de lo que parece. De hecho, Mattie Fae es, sobre todo, lo que calla. Charlie Aiken, su marido, es seguramente el personaje más sensato y coherente. Representa la bondad, bondad que transmite a su hijo, Charlie. Charlie hijo es tratado demasiado a menudo, tanto por su madre como por su tía, como un tonto (algo así como la mascota de la familia) y la verdad es que cuando se nos presenta por primera vez, tendemos a confiar en Mattie Fae y Violet. No obstante, como ya he comentado, en esta película nadie es quien parece ser en un principio, y durante el desarrollo vemos como la riqueza interior de Charlie hijo supera con creces esa primera e injusta impresión que nos hemos llevado de él. Además, en cierto modo, es el personaje que nos hace mantener la esperanza.
No voy a decir más porque considero que esta es una película que hay que ver, que hay que experimentar y que hay que sentir, así que por mucho que intente hacer un análisis objetivo, nunca lo va a ser porque las relaciones humanas nunca lo son y nunca lo serán. Qué la disfrutéis.
Todavía no ha terminado enero así que no, no escribo para hablaros de algún libro que haya leído, fundamentalmente porque en los últimos días no he tenido tiempo de leer nada que no sea el Farreras o mis (en ocasiones inabarcables) apuntes. No obstante, sí puedo decir que, de esa enorme lista de libros que mencioné la última vez, ya he seleccionado cuál será el próximo que leeré. De momento os dejo con la intriga.
Pese a estar en mitad de la época de exámenes (os aseguro que si no fuera así no hablaría del Farreras como "libro de lectura"), hay días en los que una necesita descansar, a veces simplemente para parar y resetear, a veces para celebrar triunfos, a veces para ambas. Así que ayer decidí ir al cine.
Hacía ya tiempo que había marcado en mi agenda la película Agosto como una de esas que uno no debe dejar pasar y la verdad es que, perdonad mi falta de modestia, acerté de lleno. A priori, si sólo ves el cartel de la película, incluso si únicamente lees la sinopsis, puede parecerte una película más, un drama más sobre la familia y las relaciones humanas. Pero ¡ay, amigos!, ¡qué familia! y, sobre todo, ¡qué drama! Es una película que literalmente te desgarra por dentro, no por lo cínica, ni por lo dura, ni siquiera por lo brutal que es, sino por lo real, por lo terriblemente real que es. Dudo que nadie que la vea (si es realmente honesto consigo mismo) pueda no sentirse identificado con uno, con dos, con tres personajes, con alguna trama, con alguna escena. Es una película que te implica y que se implica, lo cual es de agradecer.
Agosto es una película compleja, y como tal su sinopsis también debería serlo. Sin embargo, una fácil y simple bien podría ser esta: Meryl Streep. Sin haber visto Blue Jasmine de Woody Allen, y aclarando que sus películas me encantan (Match point o Midnight in Paris son de mis favoritas), si este año el Oscar a Mejor Actriz se lo lleva Cate Blanchett y no ella, se cometerá una absoluta injusticia. Y es que Meryl Streep, con sus 64 años como 64 soles (una edad en la que pocas siguen pudiendo pertenecer a ese paraíso terrenal al que llaman Hollywood), sostiene toda la película. Si bien la cinta está plagada de buenas interpretaciones (Julia Roberts interpreta sin duda alguna uno de los mejores papeles de su vida -me refiero, claro, en cuanto a complejidad y profundidad del personaje, no respecto a la fama que le haya reportado éste- y, por citar a tres que me conmovieron especialmente, Chris Cooper, Julianne Nicholson y Benedict Cumberbatch elevan el término de "personaje secundario" a un nivel poco explorado hasta ahora), es ella, Meryl, quien sirve de eje conductor para contar lo que Agosto pretende contarnos.
La historia se centra en los Weston, una peculiar y complicada familia con sus miembros bastante desperdigados y perdidos que, a consecuencia de la misteriosa desaparición del patriarca, Beverly Weston, debe reunirse y compartir el agobiante y bochornoso espacio en una mansión de Pawhuska, Oklahoma. No se puede decir mucho más de la trama sin destriparla, así que simplemente diré que aun en el caso de que no estuviese bien rodada y bien ambientada o no tuviese una buena fotografía o banda sonora, en realidad daría igual, pues es en la narración, en los mordaces, satíricos e hirientes diálogos, donde radica su verdadero encanto, su verdadera fuerza.
Sobre los personajes, en cambio, sí puede decirse algo más. Violet Weston, la matriarca, es una mujer de carácter difícil y controlador que se convierte desde el principio en el foco aglutinador de su familia pero también (y justo ahí radica su importancia) en el punto neurálgico de la reunión, lo cual le encanta. Sus hijas lejos de ser para ella un orgullo son, como poco, una decepción. Primero está Ivy, quien siempre está ahí, a su lado, dedicándose a ella y recibiendo a cambio un trato bastante poco amigable. De las tres es probablemente la más inteligente y, desde luego, la más en paz consigo misma. Después está Barbara (la favorita de Beverly) quien tiempo atrás puso tierra de por medio yéndose a vivir a Colorado con Bill, su marido. Acompañados por su hija Jean, vuelven juntos (que no revueltos) a la casa familiar, lo cual hará que los dos tengan que exponerse cara a cara con su futuro...y con su pasado. Por último está Karen, quien parece vivir completamente al margen de la realidad. Junto con Mattie Fae (hermana de Violet) es el contrapunto divertido e histriónico de esta tragicomedia. Aparece acompañada de su prometido, Steve Heidebrecht, un hombre que prácticamente le dobla la edad y que será uno de los detonantes para el desenlace de la película.
Mattie Fae, pese a que al principio se nos presenta como un personaje algo ridículo, dispuesto a poner la nota cómica, es mucho más de lo que dice y de lo que parece. De hecho, Mattie Fae es, sobre todo, lo que calla. Charlie Aiken, su marido, es seguramente el personaje más sensato y coherente. Representa la bondad, bondad que transmite a su hijo, Charlie. Charlie hijo es tratado demasiado a menudo, tanto por su madre como por su tía, como un tonto (algo así como la mascota de la familia) y la verdad es que cuando se nos presenta por primera vez, tendemos a confiar en Mattie Fae y Violet. No obstante, como ya he comentado, en esta película nadie es quien parece ser en un principio, y durante el desarrollo vemos como la riqueza interior de Charlie hijo supera con creces esa primera e injusta impresión que nos hemos llevado de él. Además, en cierto modo, es el personaje que nos hace mantener la esperanza.
No voy a decir más porque considero que esta es una película que hay que ver, que hay que experimentar y que hay que sentir, así que por mucho que intente hacer un análisis objetivo, nunca lo va a ser porque las relaciones humanas nunca lo son y nunca lo serán. Qué la disfrutéis.
sábado, 4 de enero de 2014
Enero 2014. Propósitos. Jane Eyre.
Hola a todos,
Me abstengo de poner algo como "hola de nuevo" cuando llevo más de un año sin escribir porque podría sonar, cuanto menos, falso. Espero que estéis todos bien.
Estamos a 4 de enero, como quien dice el año acaba de empezar. 2014 podría haber entrado por la puerta grande, luciendo un sol poco habitual en estas fechas; sin embargo, como suele ser habitual, ha preferido hacerlo de una forma más discreta, con nubes, lluvia y viento. Todavía no ha transcurrido ni una semana de este año, así que lo de los "propósitos de Año Nuevo" está aún bastante en boga. Yo no suelo hacer este tipo de promesas porque sé por propia experiencia que nunca acabo cumpliéndolas. No obstante, este año me he propuesto una que considero bastante necesaria a la par que interesante.
Debido a la carrera (en el caso de medicina este nombre bien podría cambiarse por "maratón") la verdad es que no me queda demasiado tiempo libre. Aun así, el que tengo procuro aprovecharlo convenientemente. Los que me conocen saben, por ejemplo, que me encanta el cine y nunca digo que no a una buena película (incluso a una mala). Sin embargo, mi propósito de este año no tiene que ver con el cine sino con la literatura: en respuesta a una gran cantidad de libros pendientes por leer (que empieza a ser ya preocupante), me propongo durante este 2014 leer y comentar, como mínimo, 12 libros, es decir, 1 al mes. A priori, puede parecer un propósito fácil de cumplir, sobre todo contando con el verano, pero hasta que no se cumpla íntegramente, será eso, un propósito.
Respecto al mes de enero, ya he cumplido. Aquí os dejo mi comentario sobre Jane Eyre, de Charlotte Brontë.
Lo primero que quiero decir es que sí, Jane Eyre, es una novela romántica. Pero ojo, no entendamos romántica únicamente bajo el concepto de "pastelada insoportable" de transcurso y final previsibles, por favor, no miremos esta novela bajo el prisma de lo que hoy se entiende por "romántico".
Para comprender en profundidad determinados libros, creo que es crucial entender el contexto histórico-social del autor y/o de los personajes. En este caso, es el mismo.
Charlotte Brontë, nacida en abril de 1816 en Yorkshire, Gran Bretaña, publica Jane Eyre (su novela más conocida) en 1847. Por aquel entonces, la Reina Victoria y el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha ostentaban la corona británica. En mi modesta opinión, habiendo leído cosas sobre su reinado, considero que tanto Victoria como Alberto fueron personas adelantadas a su tiempo, gracias a los cuales se dio el impulso necesario y definitivo al arte y, sobre todo, a la ciencia.
En esta época (podría hacer un comentario mordaz añadiendo algo tipo 'como en todas', pero me lo voy a ahorrar) la mujer luchaba por hacerse hueco en un mundo regido y dominado por hombres, en el que la literatura no era sino un ejemplo más (las mismas hermanas Brontë recurrieron a varios pseudónimos a lo largo de sus vidas para poder ver publicadas sus obras). Y aquí es justamente donde el contexto enlaza con la obra puesto que, a todas luces, el personaje de Jane no es otra cosa que el alter ego de su autora y creadora.
Jane Eyre nos cuenta la historia de Jane, una joven maestra que, tras una miserable infancia, consigue un empleo en Thornfield Hall como institutriz de la pupila de Mr. Rochester, propietario de Thornfield. La novela está claramente dividida en tres partes: la infancia de Jane, su vida adulta como institutriz y el final.
Tras quedar huérfana, Jane es acogida por el hermano de su madre, Mr. Reed, quien muere antes del comienzo de la novela, haciendo que Jane quede bajo el amparo de su cruel y horrible tía, Mrs. Reed, y de sus no menos crueles y horribles primos, John, Georgiana y Eliza. Así, la niñez de Jane transcurre en la más absoluta tristeza, oscuridad e injusticia. A los 10 años, cuando empieza a rebelarse contra la tiranía de su tía, Jane es enviada a la escuela Lowood. Pese a no representar una mejora sustancial para ella en cuanto a trato adulto se refiere, sí lo supondrá en otros aspectos, como la amistad o el desarrollo de su ya arraigado sentido de la justicia. Allí conocerá a Helen Burns, su primera amiga, y a Mrs. Temple, una profesora que, tras la muerte de Helen por tuberculosis, se convertirá en el mayor apoyo para Jane dentro de Lowood.
Al cumplir los 18 años, convertida en maestra, Jane, mujer independiente y adelantada a su tiempo, busca trabajo por su cuenta, publicando un anuncio en el periódico. Éste sólo será respondido por Mrs. Fairfax, ama de llaves de Thornfield Hall, quien la acepta como institutriz de la pequeña Adèle Varens, protegida de Mr. Rochester. El viaje que Jane realiza desde Lowood a Thornfield supone, no sólo la transición de la primera a la segunda parte de la novela, sino el viaje hacia su propio destino.
Nada más llegar a Thornfield, y tras conocer a casi todos sus ocupantes, Jane comienza a sospechar que allí ocurre algo más de lo que a primera vista pueda parecer (no olvidemos que en el Romanticismo, el misterio es un tema recurrente). Adèle resulta ser una niña alegre y divertida (aunque, quizá, algo frívola) de la que enseguida se encariñará. Por primera vez en su vida, Jane comienza a sentir algo parecido a la alegría. Sin embargo, no será hasta la llegada de Mr. Rochester (mención aparte merece su primer encuentro, así que no voy a "spoilearlo") cuando se sienta realmente plena. Y no, no será sólo por amor (que, por supuesto, es uno de los temas centrales) sino porque, como ella misma dirá en uno de los momentos cumbre de la obra, "Amo este lugar, [...] porque no he sido rebajada a vivir entre seres inferiores ni excluida de toda relación con cuanto es superior y dinámico.".
No obstante, antes de llegar a ese cénit, suceden muchas cosas. Algunas divertidas (la escena de la gitana lectora de la buenaventura ha sido eliminada en la mayor parte de las versiones cinematográficas de la obra cuando, sin duda, es uno de los mejores momentos), otras que contribuyen a aumentar el misterio (como la aparición de Richard Mason) y, la mayoría, aquellas en las que se libra una sutil batalla de ajedrez entre dos reinas: la propia Jane y Blanche Ingram (dejo a vuestra elección decidir quién es quién en el tablero). Para los que no hayáis leído la novela ni visto ninguna de las adaptaciones, no desvelaré quién es Miss Ingram y por qué es importante para la trama, pero digamos que es un personaje imprescindible.
Sobre la tercera parte, el final, no diré demasiado, porque se producen muchos y variados descubrimientos que, de ser mencionados, arruinarían la lectura. Es una parte a la que, sin duda, es mejor llegar virgen. Sí mencionaré que se nos presentan cuatro nuevos personajes, de los cuales tres (John, Diana y Mary Rivers) acabarán siendo realmente importantes.
A continuación, paso a desgranar rápidamente la psicología de aquellos personajes que, a mi juicio, deben ser mencionados:
- Jane Eyre: como he mencionado antes, es sin duda el alter ego de Brontë, dotada de la voz que ella misma no tenía. Se nos presenta como un ser pequeño, débil, feucho y, a menudo, insignificante. Sin embargo, conforme avanza la obra, vemos como su bagaje interior es enormemente poderoso, lo que le hace brillar con luz propia muy por encima de las demás. Podemos considerarla, además, una feminista, dispuesta a luchar por su papel en particular y el de todas las mujeres en general en el mundo ("[...] pero la realidad es que las mujeres sienten igual que los hombres, que necesitan ejercitar sus facultades y desarrollar sus esfuerzos con sus hermanos masculinos, aunque ellos piensen que deben vivir reducidas a preparar budines, tocar el piano, bordar y hacer punto, y critiquen o se burlen de las que aspiran a realizar o a aprender más de lo acostumbrado a su sexo.").
- Mr. Edward F. Rochester: dueño de Thornfield, es un hombre brusco e impetuoso que resulta ser el personaje más interesante por los momentos de crisis que sufre a lo largo de la obra. Acostumbrado a las frivolidades y banalidades propias de la época, en Jane percibe algo nada corriente y muy alejado del estereotipo de mujer con el que suele tratar.
Simboliza no sólo el amor sino la capacidad de redención y expiación mediante ese amor. En fondo, que no en forma, es comparable a la última escena de Don Juan Tenorio.
No os he mencionado a Pilot, el perro de Rochester, pero considero que, en su mudo pero locuaz discurso, simboliza la bondad de su amo.
- Blanche Ingram: la total y absoluta némesis de Jane. Es un ser vacuo y banal, sin ningún tipo de aspiración personal más allá, claro está, de la económica. Es ridiculizada en varios momentos por la autora, si bien de una manera muy elegante.
- Mrs. Fairfax: ama de llaves de Thornfield, pronto se convertirá en amiga de Jane. Es una mujer buena y cariñosa por naturaleza que, claramente, simboliza los preceptos morales estándar de la época victoriana.
- Adèle Varens: es un personaje entrañable y carismático, creado para dulcificar tanto a la novela como al propio Thornfield Hall. Sin embargo, no por ello Adèle deja de ser importante. Cuando la conocemos, es una Pequeña Miss Ingram en potencia; cuando la dejamos, se nos cuenta cómo se ha convertido en una joven buena, de buenos y fuertes principios. ¿Qué aporta, pues, a la obra? Sin duda, Adèle es una alegoría de la educación, más concretamente del derecho a la educación de la mujer que la autora tanto defendía.
- Helen Burns: pese a aparecer solamente en unos pocos capítulos, es un personaje clave para entender a Jane. Helen acepta, con perfecta sumisión, poniendo la otra mejilla, los férreos castigos que en Lowood se le imponen por "sus múltiples defectos". Si bien Jane no comulga con esta postura, sí admira a Helen por su capacidad para hacerlo sin que en ella exista odio ni rencor. Helen simboliza la religión y como (en palabras de la propia Jane) "las leyes y los principios [de Dios] no son para observarlos cuando no se presenta la ocasión de romperlos, sino para acordarse de ellos en los momentos de prueba".
Hasta aquí mi análisis de la novela Jane Eyre. Para los que la hayáis leído, espero que os haya gustado, para los que no, espero además haber picado vuestra curiosidad y que os decidáis a leerla. Para los que no la queráis leer, existen varias versiones cinematográficas y, dado que en varias ocasiones las he mencionado, creo que es necesario comentar brevemente algunas:
- 1983: miniserie de 11 capítulos protagonizada por Zelah Clarke y Timothy Dalton y producida por la BBC. No puedo dar mi opinión porque no la he visto completa.
- 1996: película dirigida por Franco Zeffirelli y protagonizada por Charlotte Gainsbourg, William Hurt y Anna Paquin. Pese a que cinematográficamente hablando es aceptable, deja bastantes temas sin abordar.
- 2006: miniserie de 4 capítulos protagonizada por Ruth Wilson y Toby Stephens y producida por la BBC. Para mí, de todas las que he visto, es con diferencia la mejor: buenos actores protagonistas (con buena química entre ellos) que saben llevar el peso de su acción, fiel adaptación y muy bien llevada a la pantalla.
- 2011: película dirigida por Cary Fukunaga y protagonizada por Mia Wasikowska y Michael Fassbender. Buena película y buena fotografía.
¡Hasta el mes que viene!
Me abstengo de poner algo como "hola de nuevo" cuando llevo más de un año sin escribir porque podría sonar, cuanto menos, falso. Espero que estéis todos bien.
Estamos a 4 de enero, como quien dice el año acaba de empezar. 2014 podría haber entrado por la puerta grande, luciendo un sol poco habitual en estas fechas; sin embargo, como suele ser habitual, ha preferido hacerlo de una forma más discreta, con nubes, lluvia y viento. Todavía no ha transcurrido ni una semana de este año, así que lo de los "propósitos de Año Nuevo" está aún bastante en boga. Yo no suelo hacer este tipo de promesas porque sé por propia experiencia que nunca acabo cumpliéndolas. No obstante, este año me he propuesto una que considero bastante necesaria a la par que interesante.
Debido a la carrera (en el caso de medicina este nombre bien podría cambiarse por "maratón") la verdad es que no me queda demasiado tiempo libre. Aun así, el que tengo procuro aprovecharlo convenientemente. Los que me conocen saben, por ejemplo, que me encanta el cine y nunca digo que no a una buena película (incluso a una mala). Sin embargo, mi propósito de este año no tiene que ver con el cine sino con la literatura: en respuesta a una gran cantidad de libros pendientes por leer (que empieza a ser ya preocupante), me propongo durante este 2014 leer y comentar, como mínimo, 12 libros, es decir, 1 al mes. A priori, puede parecer un propósito fácil de cumplir, sobre todo contando con el verano, pero hasta que no se cumpla íntegramente, será eso, un propósito.
Respecto al mes de enero, ya he cumplido. Aquí os dejo mi comentario sobre Jane Eyre, de Charlotte Brontë.
Lo primero que quiero decir es que sí, Jane Eyre, es una novela romántica. Pero ojo, no entendamos romántica únicamente bajo el concepto de "pastelada insoportable" de transcurso y final previsibles, por favor, no miremos esta novela bajo el prisma de lo que hoy se entiende por "romántico".
Para comprender en profundidad determinados libros, creo que es crucial entender el contexto histórico-social del autor y/o de los personajes. En este caso, es el mismo.
Charlotte Brontë, nacida en abril de 1816 en Yorkshire, Gran Bretaña, publica Jane Eyre (su novela más conocida) en 1847. Por aquel entonces, la Reina Victoria y el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha ostentaban la corona británica. En mi modesta opinión, habiendo leído cosas sobre su reinado, considero que tanto Victoria como Alberto fueron personas adelantadas a su tiempo, gracias a los cuales se dio el impulso necesario y definitivo al arte y, sobre todo, a la ciencia.
En esta época (podría hacer un comentario mordaz añadiendo algo tipo 'como en todas', pero me lo voy a ahorrar) la mujer luchaba por hacerse hueco en un mundo regido y dominado por hombres, en el que la literatura no era sino un ejemplo más (las mismas hermanas Brontë recurrieron a varios pseudónimos a lo largo de sus vidas para poder ver publicadas sus obras). Y aquí es justamente donde el contexto enlaza con la obra puesto que, a todas luces, el personaje de Jane no es otra cosa que el alter ego de su autora y creadora.
Jane Eyre nos cuenta la historia de Jane, una joven maestra que, tras una miserable infancia, consigue un empleo en Thornfield Hall como institutriz de la pupila de Mr. Rochester, propietario de Thornfield. La novela está claramente dividida en tres partes: la infancia de Jane, su vida adulta como institutriz y el final.
Tras quedar huérfana, Jane es acogida por el hermano de su madre, Mr. Reed, quien muere antes del comienzo de la novela, haciendo que Jane quede bajo el amparo de su cruel y horrible tía, Mrs. Reed, y de sus no menos crueles y horribles primos, John, Georgiana y Eliza. Así, la niñez de Jane transcurre en la más absoluta tristeza, oscuridad e injusticia. A los 10 años, cuando empieza a rebelarse contra la tiranía de su tía, Jane es enviada a la escuela Lowood. Pese a no representar una mejora sustancial para ella en cuanto a trato adulto se refiere, sí lo supondrá en otros aspectos, como la amistad o el desarrollo de su ya arraigado sentido de la justicia. Allí conocerá a Helen Burns, su primera amiga, y a Mrs. Temple, una profesora que, tras la muerte de Helen por tuberculosis, se convertirá en el mayor apoyo para Jane dentro de Lowood.
Al cumplir los 18 años, convertida en maestra, Jane, mujer independiente y adelantada a su tiempo, busca trabajo por su cuenta, publicando un anuncio en el periódico. Éste sólo será respondido por Mrs. Fairfax, ama de llaves de Thornfield Hall, quien la acepta como institutriz de la pequeña Adèle Varens, protegida de Mr. Rochester. El viaje que Jane realiza desde Lowood a Thornfield supone, no sólo la transición de la primera a la segunda parte de la novela, sino el viaje hacia su propio destino.
Nada más llegar a Thornfield, y tras conocer a casi todos sus ocupantes, Jane comienza a sospechar que allí ocurre algo más de lo que a primera vista pueda parecer (no olvidemos que en el Romanticismo, el misterio es un tema recurrente). Adèle resulta ser una niña alegre y divertida (aunque, quizá, algo frívola) de la que enseguida se encariñará. Por primera vez en su vida, Jane comienza a sentir algo parecido a la alegría. Sin embargo, no será hasta la llegada de Mr. Rochester (mención aparte merece su primer encuentro, así que no voy a "spoilearlo") cuando se sienta realmente plena. Y no, no será sólo por amor (que, por supuesto, es uno de los temas centrales) sino porque, como ella misma dirá en uno de los momentos cumbre de la obra, "Amo este lugar, [...] porque no he sido rebajada a vivir entre seres inferiores ni excluida de toda relación con cuanto es superior y dinámico.".
No obstante, antes de llegar a ese cénit, suceden muchas cosas. Algunas divertidas (la escena de la gitana lectora de la buenaventura ha sido eliminada en la mayor parte de las versiones cinematográficas de la obra cuando, sin duda, es uno de los mejores momentos), otras que contribuyen a aumentar el misterio (como la aparición de Richard Mason) y, la mayoría, aquellas en las que se libra una sutil batalla de ajedrez entre dos reinas: la propia Jane y Blanche Ingram (dejo a vuestra elección decidir quién es quién en el tablero). Para los que no hayáis leído la novela ni visto ninguna de las adaptaciones, no desvelaré quién es Miss Ingram y por qué es importante para la trama, pero digamos que es un personaje imprescindible.
Sobre la tercera parte, el final, no diré demasiado, porque se producen muchos y variados descubrimientos que, de ser mencionados, arruinarían la lectura. Es una parte a la que, sin duda, es mejor llegar virgen. Sí mencionaré que se nos presentan cuatro nuevos personajes, de los cuales tres (John, Diana y Mary Rivers) acabarán siendo realmente importantes.
A continuación, paso a desgranar rápidamente la psicología de aquellos personajes que, a mi juicio, deben ser mencionados:
- Jane Eyre: como he mencionado antes, es sin duda el alter ego de Brontë, dotada de la voz que ella misma no tenía. Se nos presenta como un ser pequeño, débil, feucho y, a menudo, insignificante. Sin embargo, conforme avanza la obra, vemos como su bagaje interior es enormemente poderoso, lo que le hace brillar con luz propia muy por encima de las demás. Podemos considerarla, además, una feminista, dispuesta a luchar por su papel en particular y el de todas las mujeres en general en el mundo ("[...] pero la realidad es que las mujeres sienten igual que los hombres, que necesitan ejercitar sus facultades y desarrollar sus esfuerzos con sus hermanos masculinos, aunque ellos piensen que deben vivir reducidas a preparar budines, tocar el piano, bordar y hacer punto, y critiquen o se burlen de las que aspiran a realizar o a aprender más de lo acostumbrado a su sexo.").
- Mr. Edward F. Rochester: dueño de Thornfield, es un hombre brusco e impetuoso que resulta ser el personaje más interesante por los momentos de crisis que sufre a lo largo de la obra. Acostumbrado a las frivolidades y banalidades propias de la época, en Jane percibe algo nada corriente y muy alejado del estereotipo de mujer con el que suele tratar.
Simboliza no sólo el amor sino la capacidad de redención y expiación mediante ese amor. En fondo, que no en forma, es comparable a la última escena de Don Juan Tenorio.
No os he mencionado a Pilot, el perro de Rochester, pero considero que, en su mudo pero locuaz discurso, simboliza la bondad de su amo.
- Blanche Ingram: la total y absoluta némesis de Jane. Es un ser vacuo y banal, sin ningún tipo de aspiración personal más allá, claro está, de la económica. Es ridiculizada en varios momentos por la autora, si bien de una manera muy elegante.
- Mrs. Fairfax: ama de llaves de Thornfield, pronto se convertirá en amiga de Jane. Es una mujer buena y cariñosa por naturaleza que, claramente, simboliza los preceptos morales estándar de la época victoriana.
- Adèle Varens: es un personaje entrañable y carismático, creado para dulcificar tanto a la novela como al propio Thornfield Hall. Sin embargo, no por ello Adèle deja de ser importante. Cuando la conocemos, es una Pequeña Miss Ingram en potencia; cuando la dejamos, se nos cuenta cómo se ha convertido en una joven buena, de buenos y fuertes principios. ¿Qué aporta, pues, a la obra? Sin duda, Adèle es una alegoría de la educación, más concretamente del derecho a la educación de la mujer que la autora tanto defendía.
- Helen Burns: pese a aparecer solamente en unos pocos capítulos, es un personaje clave para entender a Jane. Helen acepta, con perfecta sumisión, poniendo la otra mejilla, los férreos castigos que en Lowood se le imponen por "sus múltiples defectos". Si bien Jane no comulga con esta postura, sí admira a Helen por su capacidad para hacerlo sin que en ella exista odio ni rencor. Helen simboliza la religión y como (en palabras de la propia Jane) "las leyes y los principios [de Dios] no son para observarlos cuando no se presenta la ocasión de romperlos, sino para acordarse de ellos en los momentos de prueba".
Hasta aquí mi análisis de la novela Jane Eyre. Para los que la hayáis leído, espero que os haya gustado, para los que no, espero además haber picado vuestra curiosidad y que os decidáis a leerla. Para los que no la queráis leer, existen varias versiones cinematográficas y, dado que en varias ocasiones las he mencionado, creo que es necesario comentar brevemente algunas:
- 1983: miniserie de 11 capítulos protagonizada por Zelah Clarke y Timothy Dalton y producida por la BBC. No puedo dar mi opinión porque no la he visto completa.
- 1996: película dirigida por Franco Zeffirelli y protagonizada por Charlotte Gainsbourg, William Hurt y Anna Paquin. Pese a que cinematográficamente hablando es aceptable, deja bastantes temas sin abordar.
- 2006: miniserie de 4 capítulos protagonizada por Ruth Wilson y Toby Stephens y producida por la BBC. Para mí, de todas las que he visto, es con diferencia la mejor: buenos actores protagonistas (con buena química entre ellos) que saben llevar el peso de su acción, fiel adaptación y muy bien llevada a la pantalla.
- 2011: película dirigida por Cary Fukunaga y protagonizada por Mia Wasikowska y Michael Fassbender. Buena película y buena fotografía.
¡Hasta el mes que viene!
miércoles, 1 de agosto de 2012
Crónica de las andanzas de una medicucha por Colchester: parte VIII
Bien, bien, bien, siento decepcionaros pero no, no he muerto, ni tampoco nadie me ha tirado por un puente (ja, ja, chiste fácil). La verdad es que ha sido una semana bastante movidita, entre los Juegos, la playa, las clases, el paquete de Oreos que me como cada día... No me queda tiempo para nada.
Para los que el viernes no vierais la tele, he de deciros que la Ceremonia de Apertura de los JJOO fue fantástica: una coreográfica representación de la Historia reciente de Reino Unido (la Revolución Industrial, las manifestaciones en defensa de la Igualdad de la Mujer, la música...), Voldemort haciendo de las suyas, Rowan Atkinson interpretando 'Carros de Fuego' al piano como sólo Mr Bean podría hacerlo (lo único malo de esto fue que prácticamente nadie se fijó en la orquesta), Daniel Craig dando vida a su ya conocido James Bond y The Queen (Isa, para los amigos) que no tuvo ni que actuar porque básicamente hizo de sí misma aunque, eso sí, nos hizo creer que se tiraba de un helicóptero con Daniel Craig y por ahí... no paso.
Sin embargo lo MEJOR de todo -con diferencia además, ¿eh?- es que España no llevó el choni-chándal. ¡Bravo! Sólo por eso nos mereceríamos, por lo menos, una medalla de oro.
El sábado, aún con la resaca de los Juegos, fuimos a la playa. Sí, a la playa, sí, ese sitio con agua salada y arena, lo conocen también aquí. Sin embargo, como ya he manifestado en un par de ocasiones, tengo la cuasi certeza de que ese tal Murphy del que todo el mundo habla o ha hablado alguna vez era, claramente, inglés: toda la semana haciendo un sol de justicia (os hablo de 30º) y el sábado, al despertarme, lluvia. Estupendo. Luego el día mejoró, pero no tanto como para bañarnos en el Mar del Norte... Lástima.
Entre tanto, los deberes se me iban acumulando. ¿Os acordáis que hace unos cuantos días hablé de Literatura inglesa? Bien. El otro día tuve que hacer algo similar a nuestro comentario de texto con 6 poemas. La verdad es que yo no llamaría "poesía" a tener que empollarme el diccionario para poder entender una sola frase del poema, pero oye se ve que los ingleses y yo tenemos puntos de vista algo distintos.
Ya en serio, uno de los poemas realmente me gustó. Se le conoce como Stop all the clocks, aquí os dejo el vídeo de una muy británica película en la que lo recitan:
Para los que el viernes no vierais la tele, he de deciros que la Ceremonia de Apertura de los JJOO fue fantástica: una coreográfica representación de la Historia reciente de Reino Unido (la Revolución Industrial, las manifestaciones en defensa de la Igualdad de la Mujer, la música...), Voldemort haciendo de las suyas, Rowan Atkinson interpretando 'Carros de Fuego' al piano como sólo Mr Bean podría hacerlo (lo único malo de esto fue que prácticamente nadie se fijó en la orquesta), Daniel Craig dando vida a su ya conocido James Bond y The Queen (Isa, para los amigos) que no tuvo ni que actuar porque básicamente hizo de sí misma aunque, eso sí, nos hizo creer que se tiraba de un helicóptero con Daniel Craig y por ahí... no paso.
Sin embargo lo MEJOR de todo -con diferencia además, ¿eh?- es que España no llevó el choni-chándal. ¡Bravo! Sólo por eso nos mereceríamos, por lo menos, una medalla de oro.
El sábado, aún con la resaca de los Juegos, fuimos a la playa. Sí, a la playa, sí, ese sitio con agua salada y arena, lo conocen también aquí. Sin embargo, como ya he manifestado en un par de ocasiones, tengo la cuasi certeza de que ese tal Murphy del que todo el mundo habla o ha hablado alguna vez era, claramente, inglés: toda la semana haciendo un sol de justicia (os hablo de 30º) y el sábado, al despertarme, lluvia. Estupendo. Luego el día mejoró, pero no tanto como para bañarnos en el Mar del Norte... Lástima.
Entre tanto, los deberes se me iban acumulando. ¿Os acordáis que hace unos cuantos días hablé de Literatura inglesa? Bien. El otro día tuve que hacer algo similar a nuestro comentario de texto con 6 poemas. La verdad es que yo no llamaría "poesía" a tener que empollarme el diccionario para poder entender una sola frase del poema, pero oye se ve que los ingleses y yo tenemos puntos de vista algo distintos.
Ya en serio, uno de los poemas realmente me gustó. Se le conoce como Stop all the clocks, aquí os dejo el vídeo de una muy británica película en la que lo recitan:
[...]
"He was my North, my South, my East and West,
my working week and my Sunday rest,
my noon, my midnight, my talk, my song;
I thought that love would last for ever: I was wrong."
[...]
Por fin llegamos al día de hoy, y lo cierto es que ha sido una auténtica pasada. Teníamos que hacer un vídeo en inglés en el que saliéramos hablando. Finalmente, nuestro vídeo es una parodia de las noticias de la BBC unido a diferentes sucesos que han ocurrido durante este mes. Creo que nos lo van a dar en un DVD, pero si por un casual también lo subiésemos a Youtube, os pondré el enlace.
Voy a tener que ir despidiéndome ya, porque, tal y como me pasó la semana pasada, el trabajo empieza a acumularse, sin embargo, no quiero irme sin felicitar (un día más) a la FABULOSA UAH, particularmente a la FABULOSA FACULTAD DE MEDICINA, por su FABULOSO TRABAJO. ¡Seguid así!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








