Llegamos a Cambridge a eso de las 11 con un sol de justicia sobre nuestras cabezas (de verdad) aunque, eso sí, con una ligera brisa. Con ese panorama, casi nada más llegar decidimos que en algún momento del día cogeríamos una barca para "navegar" por el río (por desgracia, no sólo nosotros tuvimos esta fabulosa idea).
Antes de empezar la visita, fuimos a la oficina de turismo. Según entramos, lo primero que vimos fue una Kate y un William de cartón acompañados por la abuela Isa (saltaba a la vista que las dos imágenes estaban unidas por más photoshop del debido... qué le van a hacer). Una vez recuperados de la impresión de haber visto a la realeza británica en una vulgar oficina de turismo, pasamos dentro (por la distribución, más parecía una sucursal bancaria).
Mapas en mano, nos pusimos a recorrer la ciudad, la verdad es que no es que sea inmensa (aunque sí inmensamente cara) pero tiene su cierto encanto. Lo más interesante de ver son los College (aquí serían algo así como los Colegios Mayores pero con docencia), siendo el más importante el King's College (es curioso descubrir que Enrique VIII estuviese tan interesado en el humanismo -fue él quien mandó construir la mayoría de los edificios de Cambridge- cuando, a la vez, era tan sumamente misántropo, de nuevo Freud podría entrar en escena...).
Pero vayamos al meollo del asunto: las barcas. Eran casi las dos de la tarde cuando nuestros ya ingleses estómagos rugían de hambre, así que decidimos coger una barca para poder comer bajo la apacible luz del sol (al menos ese era el plan). El barquero nos explicó cómo llevar la barca (venga sí, podéis cantar) e hizo un par de demostraciones. Parecía incluso hasta fácil. José, el marido de Mila, se ofreció voluntario para llevar la barca así que perfecto, oye, nosotros sólo teníamos que tumbarnos y listo (o al menos ese era el plan, repito).
¡Al principio conseguimos hasta que fuese recto! Después creo que Dios nos castigó: vimos una china con un vestido transparente y zapatos de tacón llevando uno de los barcos y nos empezamos a reír porque entre el sol y el viento a la pobre chica china se le veía todo. A partir de ese momento (ya os digo, castigo divino masivo) todo empezó a ir de mal en peor: la chica china se chocó contra nosotros con auténtica saña, José me echó medio río Camb encima (el otro medio no me lo echó porque lo necesitábamos para navegar, claro), así que empecé a oler casi peor que los patos que había antaño en el Parque O'Donnel, nos metimos debajo de un árbol cuyas ramas y hojas se extendían a lo largo de un buen tramo del río haciendo imposible la visión y, lo peor, ¡José se cayó! No al agua (recordad que no había suficiente, ya llevaba yo casi toda encima), sino en otro de los barcos. La gente que iba en el barco miró a José como si fuese poco más o menos que una cucaracha caída del cielo. Como suele decirse, "fue pa'verlo".
Hoy, como siempre, hemos tenido clase por la mañana. Murphy, o cualquiera de sus múltiples descendientes, me sigue demostrando día tras día que su Ley sigue totalmente vigente: mis deberes normalmente suelen consistir en ejercicios más una redacción; el otro día, siendo sincera, no me apetecía nada hacer la redacción así que decidí que si llegaba 10 minutos antes a clase podría improvisar algo sobre la marcha. Así lo hice y entregué mi redacción. Hoy me la han dado corregida: "Very good" y con un único fallo. Los demás días (incluida la tarde de ayer) dediqué, entre unas cosas y otras, casi 2 horas a cada redacción consiguiendo unos pobres y mediocres resultados. ¿Qué os dice eso? Yo todavía no sé exactamente qué me dice, pero nada bueno, eso seguro.
En fin, voy a irme despidiendo porque estoy literalmente agotada y mañana tengo que madrugar bastante.
¡Por cierto, se me había olvidado! Finalmente, el día 4 iré a ver el musical de "El Fantasma de la Ópera" al Her Majesty's Theatre (no es el Albert's Hall, pero oye, es El Fantasma).





















